Francisco Javier Rodríguez Barranco – Yo no soy tu negro en el Festival de cine Africano de Tarifa

1 de mayo de 2017

            “Yo no soy un negrata. Yo soy un hombre”, afirma James Baldwin en I Am Not Your Negro (2016), de Raoul Peck, un documental que se basa precisamente en los textos de Baldwin sobre los tres grandes líderes antisegregacionistas asesinados en Estados Unidos: Medgar Evers. Malcom X y Martin Luther King, tres nombres que empiezan por “m”, la misma letra que inicia la palabra “murderer”. “Por eso los blancos deberían preguntarse por qué han inventado ese concepto”, continúa Baldwin en el filme de Peck. Se refiere, evidentemente al concepto negrata.

            La sensación es que, lo cual se plasma así también en la película que estamos mencionado, que una vez que los negros dejaron de ser necesarios para recoger algodón la sociedad blanca ha querido deshacerse de ellos de la manera más repugnante posible y si en su mano estuviera el aplicar una solución final, cuyos derechos de autor hay que buscar en el régimen nazi, la aplicarían.

            Pero la sociedad estadounidense ha llegado hasta donde ha llegado porque durante demasiado tiempo dispuso de una mano de obra barata.

Negro

            En cuanto a cuestiones meramente fílmicas, esta película, cuyo género es el documental, según se ha comentado más arriba, tiene una importante textura narrativa, puesto que se articula sobre los recuerdos de Baldwin en los años más duros de la lucha por los derechos civiles.

            Esa misma interrelación entre lo narrativo y lo documental, y viceversa, ha presidido en gran medida las películas que hoy en visto dentro del Festival del Cine Africano de Tarifa.

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Fotograma de “Tourbillons”

         Podemos así continuar nuestro análisis por dos proyectos de Alain Gomis con más de quince años: un cortometraje, “Tourbillons” (1999) y un largo, L’Afrance (2001), que establece un juego de palabras entre África y Afrancia, que será la idea que presida ambas filmaciones, dado que lo que Gomis pretende mostrar en estos años de postcoloniamismo, referido concretamente a Senegal, es algo mucho peor que las deplorables condiciones sociales, políticas, económicas, etc, de las antiguas colonias, sino el desarraigo identitario que ha sucedido cuando los inmigrantes en la antigua metrópoli se quedan en tierra de nadie: nunca serán aceptados como ciudadanos de pleno derecho en las sociedades europeas, pero han perdido ya las raíces de sus respectivos países.

            NegroY puede que ésa sea la consecuencia más cruel de una situación, el colonialismo, donde las personas de los países ocupados habían perdido ya su dignidad humana. “¡Hijo de nadie!”, increpan a El Hadj, el protagonista del filme, en un momento dado y es que es así, porque lo que El Hadj vive es una situación esquizofrénica, materializados en sus dos amores, uno en cada país: en Francia será siempre un negro, en Senegal será siempre un francés.

            En cuanto a la técnica cinematográfica, esta película se construye sobre una sucesión de numerosas escenas discontinuas, que obligan al espectador, tal y como ayer vimos en la producción tunecina Ya man Aach, a participar activamente en la comprensión de la historia: como ya aludí, nos hallamos, pues, ante una ficción con textura documental.

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Fotograma de “Nyo Vweta Nafta”

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Fotograma de “Reluctantly Queer”

           La tarde se inició con cuatro cortometrajes, si bien el último de ellos con sus cuarenta y dos minutos de duración se acerca más a un mediometraje. El primero de esos cortos fue el mozambiqueño “Nyo Vweta Nafta”, de Ico Costa, donde se muestra toda la sencillez y toda la complejidad de las vidas sin horizontes. El segundo fue una propuesta ghanesa, “Reluctantly Queer”, de Adoma Akosua Owusu, que puede traducirse por ‘Homosexual a mi pesar’, donde a través de una carta a su madre, montada sobre unas imágenes, que más parecen fotos en blanco y negro que escenas, se ofrece al espectador el compromiso y la dureza de admitir la condición homosexual en determinadas sociedades, casi todas las sociedades del mundo, en realidad.

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Fotograma de “Foyer”

Una propuesta muy experimental, que se vio continuada por el tercero de los cortometrajes, en este caso tunecino, titulado “Foyer”, es decir, ‘Folio’, de Ismail Bahri, y es que tenía que suceder y ya ha sucedido: en ocasiones las escenas sustituyen a los diálogos, pues se cargan de toda la elocuencia que permiten las imágenes, pero en este caso las conversaciones sustituyen a las escenas, dado que toda la filmación consiste en un papel colocado delante de la cámara, que es lo único que ve el espectador, con las únicas variaciones de color que las condiciones lumínicas imponen. Sólo se escuchan voces, que al estar subtitulada la película se reproducen centradas, pero que en su versión original, dejan la pantalla totalmente desnuda de cualquier elemento figurativo. Y sin embargo, con sólo escuchar los comentarios de las personas que se acercan a la cámara, este cortometraje te cuenta todo: las penosas condiciones sociales de Túnez, el obsesivo control policial, la fracasada revolución reciente, etc. De ahí el gran mérito de esta arriesgada apuesta de Bahri.

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Fotograma de “Le jardin d’essai”

Particularmente interesante se nos antoja el mediometraje “Le jardín d’essai”, de Dania Reymond, puesto que mediante las interacciones mutuas de realidad y ficción se confecciona una metáfora de la sociedad argelina, que mira al mar que puede liberarla de sus penurias, o bien encerrarla en ellas. La cuestión consiste en la grabación en un parque de una película sobre un supuesto asedio a un palacio de los tiempos de las mil y una noches. Pues bien, en muy apretada síntesis, tenemos que Dania Reymond, que es una directora de carne y hueso, rueda una película que va sobre el rodaje de una película con sus tres momentos básicos de casting, ensayos y filmación, lo cual es una ficción, que a su vez se remonta a otra ficción, el supradicto asedio a un palacio, que es una metáfora de algo tan real como la dureza de la vida argelina. No me parece un empeño menguado.

            Y lo que quiero destacar con todo esto, es decir, con los cuatro cortometrajes comentados, o tres cortometrajes y un mediometraje, es que la voluntad de hacer cine supera todos los obstáculos que se le impongan y los cineastas con verdaderas cualidades creativas reinventarán el cine todo lo que sea necesario para sacar adelante su arte. Creo que el cine iraní tiene también mucho que decir a ese respecto.

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Fotograma de “Facing the Wall”

Por fin, el día se ha cerrado con dos producciones de marcado carácter femenino: un corto, “Facing the Wall”, de la directora Etíope Alamok Davidian, y el largometraje L’abre sans fruit (2016), de la directora nigeriana Aicha Macky. En cuanto al trabajo de Alamok, hemos de señalar en primer lugar, que si bien ella es etíope, hace mucho que vive en Israel, lo cual es algo muy común entre la población etíope, que ha encontrado ahí un país de acogida, y que es precisamente la situación que se muestra en pantalla el desgarro de una adolescente etíope, separada de su amor por las condiciones socio-políticas de su lugar de origen. Primer amor, primer dolor, bueno, vale, pero cuando se escribió eso se pensó en la idiosincrasia afectiva que rodea a esos amores iniciáticos. Lo que resulta incluso más duro de asimilar es que el dolor de amor venga provocado por la necesidad de buscar refugio en otro país. Totalmente cargada de intención, por lo tanto, una escena del ojo de la chica que cubre toda la pantalla y en cuya pupila se ve alejarse al joven.

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Fotograma de “L’abre sans fruit”

Aicha Macky

         L’abre sans fruit, ‘El árbol sin fruto’ es un documental con textura narrativa, e incluso autobiográfico, dado que cuenta el trauma de la infertilidad en Níger, algo que Aicha vivió en carne propia, así como la muerte de su madre en el parto de uno de sus hermanos. Y digo que esta película tiene textura de historia puesto que no se construye sobre una serie de entrevistas, documentos de la época o estadísticas con datos objetivos, según suele ser lo habitual en el género documental, sino sobre una serie de escenas que reproducen la cuestión a los ojos del espectador. No se trata, por lo tanto, de un análisis metódico, a pesar de la formación sociológica de la directora, sino de situar el problema en sus coordenadas afectivas, que son profundas y muy dolorosas para la mujer nigeriana, puesto que será a ella a quien se achaque siempre la esterilidad, permitiendo al marido contraer nuevas nupcias, e incluso repudiarla.

            Como reflexión final, me gustaría comentar que cada vez con mayor decisión el cine actual, sobre todo en los países, digamos, subdesarrollados, pero también en los, digamos, desarrollados, no se limita a contar historias, sino que opta por ofrecer historias con todas las implicaciones cualitativas que ello significa.