Manuel Sánchez-Campillo reseña Inmersión

 Inmersión        A Win Wenders le ha llegado su momento. Laureado, tan amado como odiado por la crítica, su último largometraje, Inmersión, ha sido calificado de pomposo, excesivo en sus ambiciones, fatigoso, mal contado, sin magnetismo. Esto en España, porque en EE. UU. o en el Reino Unido no han sido menos clementes: recargada, adornada hasta la asfixia, guion ridículo –de Erin Dignam–, batiburrillo torpe, confusa. Es posible que muchos le tuvieran ganas y han aprovechado la oportunidad para apuntillarlo; sin embargo, no les falta razón a algunos de ellos. A pesar de que yo entré en la sala con cierta expectación, mi ánimo fue fluctuando a lo largo de su excesivo metraje –qué empeño tonto en alargar las películas–, sin llegar nunca a seducirlo.

         Es cierto que Wenders ha tenido la habilidad de elegir bien a los dos actores: Alicia Vikander y James McAvoy. Probablemente, otra pareja no hubiera mantenido el tipo ante algunas ridiculeces de los diálogos. Con todo, yo soy bastante condescendiente con los efectos ridículos del amor. Pocos seríamos capaces de superar, sin resultar risibles, la exposición abierta de nuestras expresiones más íntimas dichas a nuestro amante.

         InmersiónEsta pareja se conoce en un idílico hotel cerca de la costa. Allí vivirán un amor con todos sus ingredientes resumidos en unos días: acercamiento, cena, paseos por la playa, conversaciones con una copa sobre lo que pretenden en la vida, sexo pasional, sexo tranquilo, discusión y reconciliación. En algo me han recordado, salvando las distancias, a Julie Delpy y Ethan Hawke en la trilogía de Richard Linklater. Pasados esos días, tendrán que separarse en el hotel. Él, que trabaja para los servicios de inteligencia, habrá de marcharse a una misión con la promesa de que se volverán a ver, con el sentimiento de que han vivido un gran amor. Será esta sensación, cierta y verdadera para el personaje de McAvoy, la que lo mantenga vivo mientras es rehén de uno de los señores de la yihad.

             InmersiónEse tiempo de cautiverio en el que ella espera su llamada y él lucha para no derrumbarse psicológicamente, se llena de movimientos simbólicos de los personajes –McAvoy es arrojado a un zulo mientras ella desciende por la escotilla de un barco–, que los unen en la lejanía. También ella, bióloga marina, vivirá su particular bajada al Hades con un incidente dentro del submarino que manejan para llegar al fondo del mar. Con ese tono poético, simbólico, impregnado de connotaciones religiosas –cabe recordar que, para el próximo Festival de Cannes, del 8 al 19 de mayo, se presentará su documental Pope Francis. A man of His Word, sobre el Papa Francisco–, el espectador llegará a una conclusión, más que interpretable creo que deliberadamente confusa. A Wenders, antiguo cineasta experimental, le ha dado miedo filmar un final feliz por el que se le podría tachar de convencional. Pero tampoco lo contrario resultaría verosímil en el discurso de la película. Con lo que ha optado por tomar el camino de en medio: recurrir al mar como gran elemento metafórico de toda la obra y velar las últimas imágenes sobre un fondo en blanco hasta que lleguen los títulos de crédito.

Inmersión

Inmersión         Me deja un sabor más agrio que dulce, dominado por la impresión de que su cine se ha hecho viejo. Mejor no volver a El cielo sobre Berlín, estremece pensar cómo a un artista se le puede desmoronar su arte. Lo decía al principio, le ha llegado el momento.