Francisco Javier Rodríguez Barranco reseña la última tarde en el FCAT de 2018

Tarifa, 6 de mayo de 2018

 Última               De manera tradicional, la última tarde en el FCAT suelen pasarse las películas ganadoras en las diferentes secciones, pero no de manera exclusiva pues también se programan otros filmes dentro de las diferentes secciones que componen el evento.

                Así, dentro de la Sección Afroscope se ha proyectado Yaaba (1989), de Idrissa Ouedraogo, que obtuvo en el Festival de Cannes el Premio FIPRESCI, ex equo con Sexo, mentiras y cintas de vídeo, una película que lanzó a la fama a Steven Soderbergh.

                En cuanto a la película de Burkina Faso, asistimos a algo que se halla muy próximo a un cuento tradicional, donde los protagonistas son dos niños y una anciana considerada bruja en el poblado y defendida por dichos niños: de hecho el chico la llama “Yaaba”, que significa ‘abuela’. La situación que se plantea, así como las propias estéticas de los modos de vida, las casas y la indumentaria de los personajes, son intemporales. Muy bien podríamos hallarnos en la Edad de Piedra, pero el hecho de que hablen francés nos inclina a pensar que nos hallamos ante una situación colonial o poscolonial.

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Fotograma de ‘Yaaba’

              Pero yo creo que lo anterior es muy importante y, de hecho, constituye la clave de la película, puesto que lo que Ouedraogo ofrece es una situación del hombre enfrentado a sí mismo, en contacto total con una naturaleza, que no le distrae demasiado, dado que se trata de parajes desérticos. Las diferentes peripecias que se narran, de las que la más importante es la decisión de expulsar a la anciana por bruja, no son demasiado complejas y de alguna manera anticipan A través de los olivos (1994), de Abbas Kiarostami, quitando la parte del cine dentro del cine, por supuesto. Pero lo verdaderamente importante es ofrecer a un hombre sin más recursos ante la vida que su propia persona.

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Fotograma de ‘I Am Not a Witch’

            La segunda película de la tarde fue I Am Not a Witch (2017), de Rungano Nyoni, que ha sido posible gracias a una co-producción del Reino Unido, Francia, Alemania, si bien la jovencísima directora, la acción y el ambiente en general de esta película corresponde a Zambia, y si, como ya comentamos si Supa Modo (2018), de Likarion Wainaina, se adentra en regiones inusuales dentro de la filmografía subsahariana, como son el intimismo y la fantasía, cuando la crítica ha señalado de manera reiterada que el cine de esa parte del mundo se caracteriza por el alto contenido social y político de sus propuestas, I Am Not a Witch se vale de otro recurso altamente novedoso: lo grotesco trágico, lo que según la sinopsis oficial se trataría de un caso de realismo mágico, que no comparto, dado que lo mágico no es tal, según pasaremos a comentar a continuación: realismo sí, pero no mágico y a partir de ahí se construye la tragedia.

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Fotograma de ‘I Am Not a Witch’

              Consiste la historia, por lo tanto, en una situación que escapa a toda lógica: en una determinada región de Zambia las mujeres a las que se considera brujas se las encierra en una especie de reserva y constituyen un atractivo turístico: incluso los occidentales blanquitos se hacen selfies con ellas, todo ello, ni que decir tiene, con toda elegancia y suavidad en las formas. Es lo que hay.

                En ese contexto, Shula, interpretada por Maggie Mulubwa, un papel por el que ha merecido el Premio a la Mejor actriz en la 15 edición del Festival de Cine Africano de Tarifa y Tánger (FCAT), es una niña extraña, inadaptada y rechazada por la comunidad a la que ha llegado casi como una zombi, todo lo cual le vale la condena a bruja y el internamiento correspondiente, algo que ella, por otro lado, ha de aceptar como mal menor, pues según le informan la otra opción es convertirse en cabra.

                Ya se ve que el tema de las brujas es recurrente en el mundo subsahariano.

 Última               La película ganadora del FCAT ha sido Rosas venenosas (2018), de Ahmed Fawzi Saleh, quien ya desde el principio deja claro que no se lo va a poner fácil al espectador pues se inicia el filme con un canalillo de aguas fecales sobre el que se realiza una larga toma cenital. Y la cinta transcurre así, mostrándonos un ambiente urbano degradado, paraíso de la suciedad y las basuras en una ciudad egipcia, donde el protagonista, sin ir más lejos, realiza uno de los trabajos más penosos que imaginarse puedan: empleado en una tenería.

                Los problemas que se plantean en este largometraje son los, por desgracia, habituales en el continente africano: la miseria absoluta y la necesidad de emigrar a otro lugar, en este caso Italia.

                 Se trata, por lo tanto, de una película con un alto contenido documental, según ha destacado el jurado, pero quiero llamar la atención sobre el gran destacar el gran valor cinematográfico de la protagonista femenina, interpretada por Mariam Al Ferjani, pues cada una de sus miradas es el eco de su mundo interior, pero sobre todo de la sociedad que se despliega ante sus ojos.

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Fotograma de ‘I Am Not a Witch’

          De ahí que la segunda escena de este filme es un largo plano que acompaña a la protagonista por detrás mientras recorre las calles emporcadas vestida de blanco y con toga sobre la cabeza, por lo que la primera imagen que tenemos de ella es como un fantasma ambulante. Y se acaba el filme con la elocuente mirada de Al Ferjani en un contexto que no voy a desvelar.

            Con todo, gran parte de mérito cinematográfico de esta cinta radica en su lenguaje discontinuo, de tal modo, que aunque la narración es lineal, una escena no es la que sucede a la anterior, sino que entre una y otra ha sucedido algo que el espectador ha de inferir. No es que se trata de una proyección interactiva, pero Rosas venenosas exige un espectador activo o, al menos, atento.

           Así pues, en una misma tarde se ha podido viajar en Tarifa por Burkina Faso, Zambia y Egipto gracias al FCAT.

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