Manuel González Sánchez – Tres precisiones sobre una escena de El resplandor

           resplandorHay películas que conviene visitar periódicamente porque sabes que contienen suficientes elementos como para que, en un nuevo visionado, descubras un detalle preciso y revelador. Películas que, cuando uno las ve por primera vez, intuye detrás de lo que ha visto otra película por desentrañar; películas que aparecen por tu vida una y otra vez. Es lo que le ha sucedido al escritor Simon Roy con El resplandor (1980), de Stanley Kubrick. Lo cuenta en su libro Mi vida en rojo Kubrick –libro que esta revista recomienda–. Desde que por casualidad la descubrió de niño mientras sus padres la veían, el filme se le ha hecho presente en su vida repetidamente con un valor semántico.

            La última vez que la he visto, me he encontrado en una escena tres momentos que se me habían pasado desapercibidos. Me refiero a cuando Jack Nicholson encuentra a Shelley Duvall en el vestíbulo donde él ha escrito un buen taco de hojas con una sola frase repetida cientos de veces. Eso sí, una frase que va formando figuras sobre el papel, a modo de caligramas. Ella ya sabe que su marido ha perdido totalmente la cabeza y que les va a hacer daño. Va armada con un bate de béisbol que empuña con poca destreza.

          Pues bien, de donde sale Torrance, que la va buscando, no me parece que sea un lugar elegido al azar. La cámara se sitúa en una pared que da al vestíbulo. Vemos parte de éste y parte de esa pared, de la que cuelgan una buena colección de fotografías. Ya saben que una de ellas se lleva el final de la película. De esas fotografías, en la secuencia de la que hablo, solo vemos el marco. Torrance aparecerá entonces colocándose dentro del plano. Ese movimiento del personaje sugiere que sale de la pared donde se exhiben esas fotografías; pareciera que hubiera cobrado vida desde su propia fotografía, que se hubiera bajado de ella para cometer el crimen. Torrance avanza y se encuentra con su mujer, que, asustada, camina hacia atrás balanceando el bate. Él le pide que lo suelte; ella, que no se acerque. Llegan a las escaleras.

           El bate pasa cada vez más cerca del rostro de su marido. Es entonces cuando él la llama “Wendy, luz de mi vida”. Si cambiamos Wendy por Lolita daremos con el comienzo de la novela de Vladimir Nabokov, obra que, dieciocho años antes, el mismo Kubrick se encargó de su adaptación. El rostro de Jack Nicholson oscila entre parecer desencajado o falsamente dulce para decirle a su mujer que lo que pretende es aplastarle el cráneo. Shelley Duvall conseguirá golpearlo en la cabeza. El modo de filmar la caída hacia atrás del marido, me ha recordado la del detective Arbogast de Psicosis (1960): la expresión de sorpresa, los brazos levantados y el cuerpo desplomándose hacia atrás rodando por las escaleras.

            La explicación de la escena queda en manos de los eruditos cinéfilos, pero ese personaje que parece descolgarse de una fotografía –Stanley Kubrick comenzó como fotógrafo en la revista gráfica Look–; que cita al Nabokov de Lolita y se cae hacia atrás por unas escaleras tan cinematográficamente como el personaje de Hitchcock, ese Jack Torrance ha esbozado en ese momento tres pinceladas de la vida del propio director de El resplandor. No sé si lo que digo posee algún valor que permita comprender otras escenas de la película o ayudar a su sentido global, pero, desde luego, merece la pena comprobarlo en próximos visionados.