Francisco Javier Rodríguez Barranco

            BEAT, la Muestra de cine de autor en el cine Albéniz, de Málaga se ha cerrado con la proyección de Sólo el fin del mundo (2016), la última película del director canadiense Xavier Dolan. Antes, el viernes 9 de diciembre, pudimos disfrutar de Toni Erdmann (2016), de Mauren Ade, que al día siguiente sería la triunfadora absoluta en la entrega de premios del cine europeo, pero si tenemos en cuenta que esta producción alemana no llega a las pantallas españolas hasta enero del año que viene, me parece una gozada este adelanto que nos ha permitido la BEAT.

Si comenzamos nuestro análisis sobre Sólo el fin del mundo, a eso se reduce el argumentario de Louis, protagonista de la película, en opinión de la madre o, al menos, todo su repertorio en el ámbito familiar, dado que, paradójicamente, se ha labrado un nombre como escritor, es decir, como muñidor de lexemas. Tres palabras incluso después de haber estado doce años fuera del hogar familiar.

Sólo el fin del mundo se nos presenta como una situación en que Louis regresa a casa después de más de una década ausente, según acabamos de mencionar, para anunciarles su muerte y es inevitable la comparación con la anterior película del jovencísimo Dolan, Mommy (2014), puesto que ambas analizan el entorno familiar, en las dos la madre desarrolla un rol sui generis, y no existe la figura paterna. En esta pareja de largometrajes, además, el protagonista es un hijo varón que padece importantes enfermedades: trastorno de personalidad en el caso de Mommy, algo que apunta a físico, puesto que no explicita demasiado, en el de Sólo el fin del mundo. Y en este binomio fílmico, la fotografía (en los casos a cargo de André Turpin) y la música son esenciales: mucho rock en Mommy, una banda sonora exquisita en Sólo el fin del mundo; cuadros 1:1 en Mommy, profusión de primeros planos cejados en Sólo el fin del mundo. Volveremos sobre esta última cuestión.

Porque la familia, seamos realistas, es el primer núcleo social, según hemos estudiado, el más pequeño y el más próximo a la persona, precisamente por ello el más destructivo, quizá porque “social” y “soledad” empiezan por la misma sílaba. En la familia se acunan las frustraciones, los traumas más arraigados, las situaciones más dolorosas para el individuo. La familia es algo así como un vínculo perpetuo con lo que más nos hace sufrir, porque uno puede cambiar de muchas cosas: de trabajo, de pareja, de ciudad, de estilo de ropa, etc. Pero nunca se puede cambiar de familia, por mucho que pasen doce años, ni tampoco de equipo de fútbol, aunque esto último me parece discutible. La familia es sólo el fin del mundo, la aniquilación de la persona sobre unos paradigmas atávicos, pero, vamos, que eso es lo que plasma Dolan en su filme y no tiene por qué coincidir con mis propias opiniones.

Y para desarrollar lo anterior, nos sitúa el cineasta canadiense ante cinco caracteres bien definidos: la madre, que personifica la inconsistencia, Antoine, el hijo mayor, que materializa la brutalidad, Louis, la melancolía, Suzanne, la hermana menor, da cuerpo a la fragilidad y Catherine, la mujer de Antoine, a la perplejidad y quizá una cierta atracción hacia Louis, que tiene poco futuro, puesto que éste es gay. Muy destacable es también que entre cada hermano, así a ojo de buen cubero, haya unos diez años de diferencia, lo que nos sitúa prácticamente ante tres generaciones diferentes, dado que hoy en día, el salto generacional se da cada década.

¿Qué puede hacer Louis, un temperamento sensible, ante un contexto que le ahoga? Escapar, desarrollar su potencial creativo y escribir postales a su familia cuando llegan los cumpleaños, porque éste es uno de los medios más bellos de comunicarse las personas, si no el que más, pero también de los más sucintos. Tres palabras, insisto, tres palabras es todo lo que Louis puede compartir con su familia. Pero aun así vuelve al hogar familiar, aunque ya se corresponde físicamente a otra casa, para completar su sufrimiento cuando siente que le queda poco de vida.

Algo mencioné más arriba acerca de la técnica fotográfica utilizada por Dolan y sobre ello quiero volver ahora, puesto que la narración se construye sobre una sucesión de primeros planos, pero no tomados de frente, sino de manera oblicua, lo que obliga a los actores a girar la cabeza para que podamos verles ambos ojos. Unos primeros planos, además, que están cargados de una enorme elocuencia y es algo digno de alabar en esta producción, habida cuenta de que, es obvio, que el director ha obligado a los actores a que sacaran lo máximo de unas miradas inclinadas que llenan la mirada en numerosas ocasiones, como digo, y en no pocas, sin texto.

Otras veces hay abundancia de texto, como en la escena en que Louis y Antoine discuten en el coche de éste, donde lo novedoso es que la toma se hace desde el asiento de atrás, como si un tercer pasajero estuviera siendo testigo de ella. De ahí que se vean los reposacabezas de los asientos delanteros, como no podía ser de otra manera, la carretera por la que progresan, y tan sólo en posiciones muy forzadas, cuando tuercen la testa, el perfil de los actores.

“Expresión” y “exprimir” son dos palabras con la misma raíz etimológica y eso es lo que ha acometido Dolan con el reparto, que empieza y termina con cinco actores: exprimir al máximo sus posibilidades interpretativas.

Las escenas se desarrollan, bien en diálogos a dos, bien sentados todos alrededor de la mesa de comer, pero considero esencial resaltar que el drama familiar se desarrolla sin que sepamos exactamente cuál es. Quizá necesite explicarme un poco: lo que quiero decir es que películas sobre la familia, en general, o sobre el drama familiar, valga la redundancia, en particular, hay millones extendidas por todo el cine de todas las latitudes, pero tarde o temprano acabamos sabiendo a qué responde exactamente el trauma.

Vienen a mi memoria ahora mismo la danesa Celebración (1998), de Thomas Virterberg, y la uruguaya La culpa del cordero (2012), de Gabriel Drak, donde existe una causa concreta (multicausa en el caso de la producción hispanoamericana recién enumerada) que lo explica todo. Lo mismo podríamos decir de la pieza teatral Todos eran mis hijos (1947), de Arthur Miller, entre un sinfín de ejemplos. Pero en el caso de la película de Dolan que estamos considerando ignoramos de principio a fin las razones de la amargura, empezando por lo más inmediato: ¿por qué Louis se va da casa con veintidós años y no regresa hasta que tiene 34? No lo sabemos, ni el director quebequés se molesta lo más mínimo en explicitarlo, porque ése es exactamente el mensaje que quiere transmitir: no existe una causa para el drama: la familia es el drama. La familia sólo es el fin del mundo: si es que no puede estar más claro.

         Juste la fin du monde en el título original ¿Tres palabras? Todavía nos sobran dos.