Manuel Sánchez-Campillo – Sofocos y menopausia en 50 primaveras

                SofocosNunca he entendido muy bien que las distribuidoras mantengan a una lumbrera encargada de cambiar los títulos de las películas. Con las novelas parece que hay algo más de respeto, un editor se lo piensa un par de veces; pero en el cine no se tienen escrúpulos, como si se atribuyeran la superioridad de corregir a una directora, en este caso, que se habrá pasado un tiempo dándole vueltas al magín para hallar unas pocas palabras que recojan la esencia de lo que quiere contar. 50 primaveras (2017) es como han llamado al filme de Blandine Lenoir; Aurore es el original francés. Aurora es el nombre de la protagonista, que, precisamente se despide de su trabajo como camarera porque está harta de escuchar al idiota de su jefe llamarla Samantha. Del nombre propio de su personaje se sirve la directora para evocar todo lo que quiere sugerir, y no casa demasiado bien con las 50 primaveras de marras.

Sofocos     Aurora es una mujer llegada a la menopausia que se percata de lo injusta que es la vida para una mujer en esa edad. No es solo que los sofocos la hagan sentir una y otra vez que ya no es la misma, con el temor añadido de creer que los demás se dan cuenta de que se está licuando por dentro y por fuera, sino que se va desvalorizando como mujer y como persona. Se lo escucha por televisión a una catedrática junto a un grupo de ancianas en una residencia en la que acaba de entrar a trabajar. La profesora viene a decir que los hombres pueden llegar al final de sus días habiendo aprendido a perder el miedo; en el caso de una mujer, el paso del tiempo consiste, pura y llanamente, en una pérdida de valor. De ahí esa manía de su mejor amiga por los hombres maduros que salen con jovencitas.

Sofocos

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          El público de la sala de cine –éramos cuatro– nos reíamos con la broma de la puerta automática que no se le abría al querer salir de la oficina de empleo, a ella, que está menopáusica, no a una pareja de jóvenes a la que se le abre con total normalidad. A este respecto está muy bien contrastada en la película la relación entre Aurora, que siente, sin verbalizarlo, que está llegando a su declive y los que están comenzando a caminar por la vida: una hija que se queda embarazada, otra que vive su primer desengaño amoroso, o esa adolescente con la que se cruza por una calle en cuesta: ella caminando hacia arriba, la muchacha deslizándose en un monopatín en sentido contrario.

         Son escasos los planos en los que no aparece la protagonista Agnès Jaoui, no porque haya que recrearse en su belleza –tiene la voluptuosa rotundidad de las formas que corresponden a ese momento de su vida– sino porque da todo un recital de interpretación. Uno asiste a todas las decepciones que van cargando al personaje, que procura mantenerse firme hasta estallar en llanto en la soledad de su habitación. Apenas veremos sus lágrimas –se pondrá de espaldas, además– porque no es en los momentos dramáticos donde únicamente brilla Agnès Jaoui, sino en esos tiempos medios cercanos a la comedia.

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          Reencontrará al novio que tuvo con 18 años y la invitará a una cena con espectáculo. Les será difícil hablar, pues cuando intentan iniciar la conversación las cantantes comienzan a entonar un aria. Sin embargo, con ese fondo musical, se establecerá entre ellos un juego de miradas y gestos que expresa todo lo que los personajes, en particular Aurora, están sintiendo. El abrazo final a ese amor con el que termina la película será el que la redima.