Francisco Javier Rodríguez Barranco

          Para quienes pensamos que la cocina es una habitación inútil en una casa, una película de ambiente culinario es como si nos estuvieran hablando de ciencia-ficción. Ése es, pues, el contexto entre fogones en que se mueve Brasserie Romantiek (2012), de Joël Vanhoebrouck, una película belga (sí, más allá de Bruselas existe un país), que se une a otras del mismo país que han llegado recientemente a nuestras pantallas, como Hasta la vista (2011), de Geoffrey Enthoven, parcialmente rodada en Torremolinos y con título original en español, basada en hechos reales e inmensamente humana, galardonda como mejor película en los Festivales de Valladolid y Montreal, Premio del público a la Mejor película europea en los Premios del cine europeo; o Dos días, una noche (2014), de Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne, basada en varios cientos de millones de historias reales, y que cuenta también con un impresionante glosario de nominaciones y premios internacionales, de los que sólo mencionaré los Premios Guldbagge a la Mejor película extranjera, o el de Mejor actriz a Marion Cotillard en los Premios del Cine Europeo.

                 Situadas mínimamente, pues, las coordenadas culturales, podemos referirnos ahora a las temáticas, de las que la cocina constituye la principal, y se inspira, por lo tanto, en un amplia muestra de películas del mismo género, de las que recordaré El festín de Babette (1987), de Gabriel Axe, Como agua para chocolate (1992), de Alfonso Arau, Chocolat (2000), de Lasse Hallström, Chef (2014), de Jon Favreau, o la castiza Fuera de carta (2008), de Nacho G. Velilla, entre una lista que es extensísima, si bien no todas las producciones de la misma calidad, obviamente. El lado perverso de la gastronomía lo constituye, sin duda La gran comilona (1973), de Marco Ferreri.

           Algo que sí ofrece de diferente Brasserie Romantiek sobre las producciones más recientes de temática similar es que lo que sucede en el comedor es tan importante o más que lo que ocurre en la cocina, que cumple la función de realidad entre bastidores. No se trata, por lo tanto, de una desazón de chefs por lograr el mejor plato o subir en la jerarquía de las guías especializadas al respecto, sino de las vivencias de los clientes del restaurante. En ese sentido, podría parecerse algo a El festín de Babette, donde las secuencias de los comensales son esenciales, pero en la película de Vanhoebrouck lo verdaderamente interesante es todo el juego de relaciones en cada una de las diversas mesas.

         

            Se trata de la cena del Día de San Valentín y se ofrece una cena sólo para parejas, entre las que hay de todo: historias que se mantienen, aventuras contra natura, el recuerdo de viejos amores, amores de internet, matrimonios que han terminado, relaciones que se desvanecen, ilusiones que no cuajan, interacciones con la plantilla del restaurante, etc. Si bien, de manera cuantitativa, predominan los finales desgraciados, por lo que bajo un tono de celebración aparente, asistimos a toda una galería de desacuerdos de pareja, por lo que, lo que comienza con un tono agradable se encamina hacia finales más bien sombríos. Caramelos con corazón amargo, pero no podemos aplicar en propiedad la etiqueta de tragicomedia, sino que se trata más bien de una comedia dramática en una noche en que San Valentín se sentía poco motivado, estaba con la depre, o simplemente se sentía guasón.

            Podemos aproximarnos a esta película bajo la óptica de los filmes con protagonismo colectivo, que es lo que realmente ocurre en ella, así como dos piezas esenciales de la piel de todo, como La colmena (1982), de Mario Camus, Tiovivo C. 1950 (2004), de José Luis Garci, y por supuesto, nadsa que ver con las anteriores, pero muy colectiva, Short Cuts (1993), de Robert Altman . Cabe señalar, sin embargo que en el caso de Brasserie Romatiek, se eluden los espacios abiertos y se limita casi todo al salón comedor o a la cocina, dentro de un tiempo muy concreto, que es el de una cena supuestamente especial, todo ello con una cierta textura teatral.

            Y hasta ahí puedo contar, no porque no quiera desvelar datos de la trama, sino porque realmente no hay nada más que contar.

            Al iniciar esta saga de artículos me propuse hablar sólo de las películas que me gustaran, y es lo que he hecho con todas las que he citado en relación con Brasserie Romantiek. Por eso he citado tantas, y otras muchas que se han quedado en el tintero.

           Ay, ay, ay, si es que ya ni San Valentín es San Valentín, ni las tragicomedias son tragicomedias, ni los corazones son como los que cantaba Willy de Ville. Total, que me van a permitir ustedes que, en cuestión de escenas de ambiente culinario, me quede con la de Meg Ryan y Billy Cristal en Cuando Harry encontró a Sally (1989), de Rob Reiner.