Francisco Javier Rodríguez Barranco reseña el libro Vidas de gentuza, de Enrique Gallud Jardiel

              ¿Qué nos hace convertirnos en gentuza? ¿Hay alguien que soñara con ser gentuza cuando se hallaba en la más tierna infancia? No, de verdad, yo no conozco a nadie que a la pregunta “¿Qué quieres ser de mayor?”, respondiera: “¿Yo? Gentuza”. Por lo tanto, ¿cómo se ha acuñado a lo largo de la historia de la humanidad tan amplio rosario de gentuzas? Se impone, pues, contestar a esa cuestión, que es lo que acomete Enrique Gallud Jardiel en Vidas de gentuza.

                Parodia así Gallud algunos de los ejemplos más granados y todavía se deja en el tintero unos pocos de los más significados, como Pol Pot, que se cargó él solito a la cuarta parte de la población de Camboya durante los tres años que duró el régimen de los jemeres rojos. Todo un record de eficacia destructiva Quien sí aparece en Vidas de gentuza es Mao Tse Tung, que un buen día se convirtió en Mao Zedong y todos nos preguntamos por qué nos cambiaban los esquemas mentales de esa manera, del mismo que Pekín dejó de ser Pekín para convertirse en Beijing. Paradigmas orientales. Pues bien, Mao, como digo, el padre espiritual de Pol Pot, sí se reseña en el libro de Gallud en un ingenioso romance, del que me permito citar los siguientes versos:

Según los comentaristas,

los muertos que resultaron

de que él echara una firma

fueron setenta millones,

de forma aproximativa.

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Fotograma de la película ‘¡Vivir!’

                Mao Tse Tung o Mao Zedong, el gran genocida cultural, paladín de la verdad absoluta, algo que viene a ser bastante habitual entre los adscritos a la cofradía de la gentuza. Si todavía queda alguna duda sobre el virtuosismo exterminativo de Mao (Tse Tung o Zedond), se recomienda ver ¡Vivir! (1994), de Zhang Yimou.

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Fotograma de ‘Ivan, el Terrible’

                Hombre, uno ya sabe que eso de ser zar no es ninguna bicoca, que la aristocracia rusa, más conocida como boyardos, siempre estaba al acecho de poner y quitar zar, como antaño hicieran las legiones romanas con los emperadores de turno. Por eso si uno, el bueno de Iván, que quizá hubiera sido un chico majo de haber nacido en otra coyuntura, ha pasado a la historia por su proverbial crueldad, es cosa de no levantarle demasiados altares. Veamos cómo lo narra Gallud en Vidas de gentuza fingiendo una autobiografía de su espíritu: “Para acabar con la dominación tártara a lo largo del Volga hube de conquistar los khanatos, habitados por tártaros, churases, maríes, mordvinos, udmurtos e incluso algunos murcianos llegados de lejos. Ofrecí perdonarles la vida a los khanes tártaros a cambio de la receta de su famosa salsa. Pero cuando la probé, no me gustó nada, por lo que cambié de parecer y los hice descuartizar a todos”. Lo que nos brinda una magnífico ejemplo del estilo humorístico de Gallud: la ironía se mezcla con lo cotidiando en un contexto de supuesta exégesis. Para más información sobre el terrible Ivan, recomiendo  las dos partes de Ivan, el Terrible (1944 y 1958), de Sergei Eisenstein.

                Desde luego que los italianos tienen una manera bastante singular de celebrar el Día del Amor. Debe ser cosa de los sanvalentines fechos al itálico modo. No sé. El caso es que no ha mucho pasé unos días en Chicago y realicé una visita guiada por el barrio de los gangsters: la esquina junto al cine Biograph donde fue madrugado Dillinger, los antaño bares de consumo clandestino de alcohol, el garaje donde Tánatos se impuso a Eros el 14 de febrero de 1929, etc. “¡Unos monstruos! ¡Los gangsters eran unos monstruos!”; se desgañitaba el guía en su explicación, como si no fuéramos capaces de deducirlo por nosotros mismos. Y claro Al Capone merece un lugar de excepción en ese rosario de atrocidades. En palabras de Gallud dentro de Vidas de gentuza: “Pues ya se sabe: un poco de todo. Yo y mis hombres con­trolábamos el juego, la prostitución y la venta de alcohol, además de tener el monopolio exclusivo de las napolitanas de crema, que vendíamos a unos precios muy elevados, obteniendo sustanciales ganancias. Yo me ocupaba de dar las órdenes, llevar la contabilidad y asustar a los chicos”. Siendo así que Al no sabe cuánta gente mató exactamente, pero está todo anotado en los libros. Mero cálculo contable de déficit y superávit: candidez negra y rechifla histórica, pues Al Capone fue encarcelado por algunos ligeros desajustes contables.  Sobre las vicisitudes que llevaron a Al Capone a la trena, me permito recomendar Los intocables de Eliot Ness (1987), de Brian de Palma.

Fotograma de ‘Los intocables de Eliot Ness’

                No son éstas evidentemente las únicas semblanzas de gentuza que contiene el libro de Gallud: el empalador Vlad, el lascivo Enrique VIII, el asesino Nerón, el tránsfuga Fouché, el chaquetero Carlos III, gloria de la Ilustración española, así como el cruel Diofanto, entre una larga lista, también merecen un estudio especial en el libro que nos ocupa, que es así mismo una buena mezcla de géneros, pues la poesía se mezcla con el teatro, la entrevista fingida, la cronología sarcástica, etcétera. Pero ha de consignarse que el autor no nos ofrece una imagen almibarada del horror, sino que proporciona generosamente una nueva manera de acercarse a él. Risa amarga, pero risa donde se plasma la debilidad mental de la gentuza reseñada. En todo caso, una risa que no se detiene, sino más bien ilumina algunos de los momentos más lacerantes de la existencia de la humanidad.

                De todo punto recomendable una obra que, publicada por la editorial Sial, ha salido al mercado cuando nos hallamos celebrando el cincuenta aniversario de 2001, una odisea del espacio, de Stanley Kubrick, como es de sobra conocido, un filme donde se fantasea con el primer acto violento de la historia del hombre, cuando todavía pertenecíamos al estadio australopiteco. De ahí que podamos inferir que no se han producido cambios importantes de actitud desde nuestros más remotos albores, pues seguimos matándonos con descomunal eficacia, cada vez con métodos más sofisticados de masacrar.

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Enrique Gallud Jardiel

                Eligió Gallud para su libro, digamos, personajes del pasado, pero no tenemos más que repasar cualquier noticiario para comprender el inmenso caudal de felonías que forma parte de nuestra vida diaria.

                El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla, según una conocida sentencia. El que la conoce, también. Disfrutemos, pues, de este libro como un bálsamo necesario, pues Gallud se aproxima bastante a la cuadratura del círculo al unir en una obra lo espantoso y lo cómico con el fin de poner el foco en las atrocidades.