Francisco Javier Rodríguez Barranco – Presencias imperfectas en el Festival de Cine Africano de Tarifa

Tarifa, 30 de abril de 2017

            TarifaEl problema de la alfombra roja es que los colores nos impiden ver el cine. Por eso, cuando un Festival se celebra sin alfombra roja y además con el amor con que se organiza desde hace ya catorce años el Festival de Cine Africano de Tarifa, el resultado no puede ser decepcionante y por eso se puede afirmar que éste es el segundo en importancia de los festivales de propuestas africanas en el mundo, que desde el año pasado ha regresado a su ubicación natural de Tarifa, con una extensión a Tánger, después de una experiencia cordobesa de varios años, a mi modo bastante fructífera.

            De la programación de hoy, mermado quizá por la fatiga propia del viaje al punto más meridional de la Península Ibérica, tan sólo he asistido a dos proyecciones, pero de lo que ha escaseado en cantidad, ha rebosado en calidad. Se trata de la tunecina Ya man Aach (2012) de Hinde Boujemaa,  traducida a una lengua europea como It Was Better Tomorrow, precedida del corto también tunecino “La laine sur le dos”, de Latfi Achour, y la película argelina Atlal (2016), de Djalmar Kerkar.

            Comparten las tres filmes el trasfondo de la realidad sociopolítica de los países del norte de África. En cuanto al corto, podemos afirmar que refleja con eficacia y sobriedad un episodio más de la corrupción policial, ambientada en este caso en un contexto extremo: el desierto. Y en lo que se refiere a los dos largometrajes, el de Boujemaa toma como referencia la primavera árabe, que se inició precisamente en Túnez, la fallida primavera árabe pudiéramos decir, y el decenio de actividad terrorista en Argelia, es decir, la década de los noventa, en el de Kerkar.

            Y comparten también ambos largometrajes la textura documental: un falso documental podemos considerar Ya man Aach, un documental en sentido propio, Atlal, así como el hecho de constituir magistrales ejercicios de intrahistoria, según no tardaremos en comentar.

            TarifaSin más dilación, podemos valorar ahora las señas de identidad de ambos filmes y lo primero que llama la atención de It Was Better Tomorrow es que se trata de una película rodada en 2012, es decir, poco más de un año de iniciadas las, digamos, revoluciones de la primavera árabe, pero el enfoque que se ofrece es bastante decepcionante. Todo el largometraje se centra en una mujer, descaradamente excluida de la sociedad, madre de cuatro hijos, que concentra ese ejercicio de intrahistoria que mencionábamos más arriba. De alguna manera, el fracaso vital de esta mujer, Aida, personifica el fracaso social de los movimientos teóricamente liberadores que se iniciaron a finales de diciembre de 2010. Después vendrían las primeras elecciones libres en la Historia de Túnez, que no lo fueron tanto, puesto que el pueblo no estaba preparado para ello y tan sólo los islamistas se movilizaron para conseguir el voto de los ciudadanos.

            El resultado final es el horizonte actual de pena de Aida, que no parece más halagüeño en el futuro, todo lo contrario: historias cotidianas que nos permiten comprender la magnitud del desgarro socio-político. Incluso en un momento dado se añoran los tiempos de la colonia, porque ya que te van a amargar la vida, al menos que no lo hagan tus propios compatriotas.

            TarifaEn cuanto a la técnica narrativa, debemos destacar el diálogo directo de los actores con la cámara, como si estuvieran respondiendo a alguna pregunta; la sucesión discontinua de episodios, de tal modo que el espectador no puede quedarse apalancado en su butaca esperando que las escenas se desplieguen displicentemente delante de él, sino que es necesaria su participación activa para unir los diversos momentos del filme; y algo que también veremos en Atlal: el poder de la imagen, puesto que en numerosos pasajes los diálogos se reducen al mínimo o simplemente desaparecen, para que sean las diferentes escenas por sí mismas, sin apoyo vocal, quienes construyan la película. Nos hallamos, pues, ante una presencia, Aida, que habla por sí misma, pero de la que no puede afirmarse que se trata de una personalidad estructurada, sino todo lo contrario: delimita los perfiles imprecisos de una presencia imperfecta.

            Atlal significa ‘ruinas’, en plural, así como las presencias frente a las ruinas, según nos aclara su director en la presentación de la película. Y de eso va este filme: de presencias ruinosas.

            Se inicia todo con una grabación de 1998 en VHS, que muestra la destrucción de diez años de guerra civil, pues no de otro modo cabe considerar esa década de lucha antiterrorista, y sirve a Kerkar para situar su documental, donde ya podemos adelantar que se produce una maravillosa simbiosis entre la exposición objetiva de la realidad y el tratamiento poético.

            TarifaUna vez más, las imágenes se cargan de elocuencia, `puesto que los diálogos se reducen al mínimo necesario y la técnica narrativa de que se valió el director fue conectar empáticamente con algunas de las personas que padecieron la guerra de los noventa, cuyos efectos permanecen veinte años después, y dejar que se explicaran. Has tal punto llega esa conexión y hasta tal punto el director deja hablar a las imágenes, que una de las personas le propuso enseñarle fotos de la época del conflicto y Kerkar las mostró a la cámara con total naturalidad.

            No hay mujeres en este largometraje, circunstancia que no pasó desapercibida a la audiencia y así se le preguntó al director en el diálogo posterior a la proyección, quien nos comentó que si no hay mujeres en su película es porque no las hay en la zona que él ha analizado y que, por lo tanto, esa ausencia es la más elocuente de las presencias. Presencias imperfecta, una vez más. Presencias desparecidas.

            Y debemos destacar el elemento fuego, que es fundamental en Atlal. Para Heráclito era el principal de los elementos, puesto que unificaba toda la materia en cenizas (toda la materia, menos el agua: ese pequeño detalle sorpresivamente se le escapó, a él que era tan de meter la mano en los ríos), pero para Kerkar es una plasmación del fuego vital que se imponen cada uno de los personajes después de tanta devastación, que no son personajes, como ya hemos comentado, sino personas reales, según ya se ha comentado

            Que nadie espere, por lo tanto, lugares comunes en el cine africano, puesto que este continente ha evolucionado hacia plasmaciones complejas de la realidad.