Francisco Javier Rodríguez Barranco – Películas ganadoras en el Festival de Cine Africano de Tarifa

7 de mayo de 2017

          El pasado viernes 5 de mayo tuvo lugar el acto de clausura de la 14ª edición del Festival de Cine Africano de Tarifa y se hicieron públicas las películas ganadoras, algunas de ellas ya comentadas en estas reseñas: Premio al Mejor documental en la sección Hipermetropía para Atlal, de Djamel Kerkar y Premio a la Mejor actriz para Honorine Munyole, por su papel en Maman Collonelle, lo que nos permite comprender la corriente creativa que impera hoy dia en los documentales, puesto que esta película es realmente un documental.

          Ayer sábado volvieron a proyectarse las prordcciones galardonadas y hubo también margen para la proyección de alguna película no incluida en el palmarés. Entre ellas, Il va pleuvoir sur Conakry (2016), del director guineano recientemente fallecido Cheik Fantamady Camara.

            Il va pleuvoir sur Conakry, es decir, ‘Lloverá sobre Conakry’ es una película que apela al humor como medio para no desarrollar actitudes intransigentes.

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             Sin embargo, la situación que plantea es lo suficientemente trágica, pues sobre un contexto de subdesarrollo en Guinea Conakry, tan habitual en África, se sitúa la rigidez islámica, que además convive con los ritos animistas ancestrales. Y es que, seamos realistas, tan antinatural es el Islam en África, como el cristianismo que se impuso a los esclavos en Brasil y en Nueva Orleans: en estas regiones americanas se desarrolló el sincretismo que tan bien describe Jorge Amado en sus novelas sobre la vida en Salvador de Bahía, mientas que en Guinea Conakry, a juzgar por la película de Camara, cohabitan una y otra actitud religiosa, más bien con influencias de lo animista sobre lo musulmán, puesto que vemos que el imán mantiene su fetiche.

            En ese ambiente se desarrolla el amor de dos jóvenes y la película va desplazando del foco de lo que es una comedia romántica a las cuestiones religiosas o políticas, pues se da un Ministerio de los Cultos.

            ¿El futuro es mujer, según afirma Marco Ferreri en su filme de 1984? Pues puede que sí, puesto que a pesar del tono amable con que Camara quiere dotar a Il va pleuvoir sur Conakry, la película no elude en absoluto la dureza de la situación y el embarazo fruto del amor no institucional no parece una mala opción.

            ganadorasEl premio a la Mejor película árabe de ficción ha recaído en el largometraje tunecino Akher wahed fina (2016), de Ala Eddine Slim, una película sin diálogos: no es que sea muda o sin sonido, de hecho hay ruidos de fondo que centran el contexto de las escenas, incluso en ocasiones se oyen las voces inidentificables de la multitud que rodea al protagonista en la gran ciudad, es que no hay diálogos en una película ambientada en los tiempos actuales, lo que de alguna manera recuerda a El perdido (2016), de Christophe Farnarier, ganadora de la sección Zonazine en el Festival de Málaga de 2016, pero con una diferencia importante: en la película de Farnarier hay un afán de huida, de perderse voluntariamente, mientras que en la de Slim asistimos a una búsqueda, o al menos así lo he interpretado yo, dado que no es un largometraje que haga grandes concesiones al espectador.

            Nos encontramos, efectivamente, en Akher wahed fina, que puede traducirse por ‘El último de nosotros’, de hecho el título en inglés es The Last Of Us, con un protagonista en un progresivo esfuerzo de hallarse a sí mismo, libre de todo lastre externo. El hombre que camina, que se esfuerza por la supervivencia. El hombre que se integra en la naturaleza, que se funde con ella. El hombre desnudo en la pura esencia de ser hombre.

            Y, por fin, la ganadora absoluta como Mejor película de ficción de la presente edición del FCAT ha sido Félicité (2017), de Alain Gomis, del que ya habíamos visto en este Festival dos películas retrospectivas: un corto “Tourbillons” (1999) y el largometraje, L’Afrance (2001), de lo que algo ya hemos comentado en reseñas anteriores.

            Digamos que esas dos filmaciones del director franco-senegalés que nos ocupa, comparten el ser reflexiones sobre la identidad africana en un país de emigración, concretamente Francia, mientras que Félicité nos enfrenta a la realidad africana en Kinshasha, capital del Congo, en el epicentro del África negra y, como valoración inicial, podemos comentar que la propuesta de Gomis entronca directamente con dos cuestiones que ya comentamos en relación con Maman Colonelle: la necesidad imperiosa de que sea la propia comunidad quien resuelva los problemas de sus miembros con donaciones voluntarias, ante la inexistencia de soluciones oficiales, y la depredación del hombre por el hombre, pues ante una situación de miseria absoluta, asistimos a la insensibilidad de las personas, que lejos de hacer causa común de la pobreza cierran sus corazones a la solidaridad o el calor humano.

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            Por ello, cuando la protagonista, magníficamente interpretada, por Véro Tsachanda Beya, se enfrenta al drama de ver a su hijo a punto de perder una pierna en un hospital miserable tras haber sufrido un accidente de moto, tiene que padecer la crueldad de todo el equipo médico, que le exige una cifra desorbitada de dinero para acometer la intervención quirúrgica, así como de sus propias compañeras de infortunio, que le roban lo recaudado para medicinas.

            ganadorasFélicité, que así se llama también la protagonista del filme, nombre evidentemente irónico, se gana la vida como cantante en un antro de algún barrio miserable de Kinshasha, lo que convierte a la película de Gomis en un filme de la infravida urbana en una capital de Estado, como ya desarrollara Luis Buñuel en México y algo más recientemente su mejor alumno Arturo Ripstein en Principio y fin (1993), por ejemplo, o César Gaviria en La vendedora de rosas (1998).

           ganadorasDentro de esas coordenadas, quizá la principal aportación de Gomis es que, sin abandonar ni un ápice el retrato de la degradación social del África descolonizada, esa estética de arrabal, ahonda en el perfil psicológico de los personajes, lo que se logra gracias a la actitud general de los principales personajes, pero sobre todo merced a la mirada desapasionada de Félicité, o directamente, a la mirada muerta de su hijo: sin duda por ello, Gomis se detiene en infinidad de primeros planos sobre Félicité, dado que él, según mi apreciación personal, quiere, y consigue, hacer un largometraje social, pero también busca, y logra, proyectar la miseria ambiental sobre el alma de los principales personajes.

          De ahí que esta magnífica película se configure con una clara intención social, pero también psicológica.

        ganadoras¿Y qué se puede hacer en esta situación, cuando te ves obligado a vivir en condiciones extremas? Pues Félicité opta por observar la vida con una cierta sensación de irrealidad, como si no formara parte de ella: de tan real que es, al final la existencia se deshilacha en sombras y las personas se convierten en bultos. En un momento dado, los vecinos, por ejemplo, se desdibujan en perfiles casi transparentes. Igualmente irreales me parecen los momentos en que aparece una orquesta de africanos interpretando exquisiteces de música clásica o piezas corales, tan excelsas como las instrumentales, en medio de la pobreza total.

        El mundo onírico es otra solución, pero en los sueños de Félicité ella se ve a sí misma caminando sola en la noche, o internándose en el agua. Pero una realidad tan abrumadora como la que estamos esbozando necesita un bálsamo surrealista y por eso, en una de las pocas escenas amables del filme, un okapi sustituye a todos los borrachos pendencieros del bar donde canta Félicité y se deja abrazar por ella.

       Como valoración final, me gustaría mencionar esta corriente actual de filmes sociales que se diferencian de sus predecesores neorrealistas italianos, puesto que en estos largometrajes de posguerra el cine busca la realidad, mientras que en Félicité, de Alain Gomis, o en Zoe (2016), por ejemplo, del español Ander Duque, como ya señalamos en su lugar, es la realidad quien busca al cine.

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       Y ya sí, ahora sí acabo, pero quiero dejar una última reflexión: hace tiempo que África llama a nuestras puertas y no me refiero sólo a las trágicas noticias que vemos en los informativos con frecuencia obscena. Hablo también de cuestiones creativas. Creo que lo mínimo que se merece este continente, tan concienzudamente esquilmado, es que prestemos oídos a sus propuestas estéticas. Félicité ha formado parte de la Sección oficial de la última Berlinale y ha obtenido el oso de plata, lo que es una grandísima noticia: ahora tan sólo falta que el cine africano goce de la distribución que merece en las salas occidentales.