Manuel Sánchez-Campillo

                  Digámoslo desde el principio para que nadie se sienta engañado: si Cincuenta sombras de Grey (2015), de Sam Taylor-Wood, era mala, Cincuenta sombras más oscuras (2017), de James Foley, es peor. Parece ser que la directora de la primera parte, por diferencias de criterio estético con la escritora E. L. James, se negó a continuar con la franquicia. Hizo bien, porque todo va encadenado: si de ese libro es difícil sacar un buen guion, de ese guion es imposible sacar una buena película. De hecho, da la impresión de que, a veces, los actores se ven huérfanos, pues ni ellos mismos se creen lo que tienen que interpretar. Pongo un ejemplo: Christian Grey aparece con unas bolas chinas para que Anastasia Steele las lleve durante una cena. Ella, ingenua, le pregunta qué son… A ver quién se cree que una joven, que ha pasado más de una noche en la habitación de un tipo donde tiene toda clase de cachivaches para el disfrute sexual, una joven que pertenece al siglo XXI y trabaja en una editorial, resulta que no sabe lo que son unas bolas chinas… Así le va durante toda la película. En realidad, el propio casting está mal escogido. Supongo que los músculos de Jamie Dornan y las largas piernas de Dakota Johnson animarán la libido de unas y otros; sin embargo, la pareja se muestra demasiado adolescente, con lo cual, se pierde picardía y misterio. Ni Kim Basinger encaja en ese grupo. Carece del orgullo y la altivez que se le ha de suponer a la maestra que ha iniciado a Christian Grey en la parafilia del sadismo. Cuánto hubiera ganado ese hombre si se hubiera pasado unos días leyendo Justine, del Marqués de Sade; cuánto disfrutarían los espectadores si dedicaran un tiempo a las novelas de Sacher-Masoch. Y es que convendría echar la vista atrás, al origen.

                Con todo, la película no dejará de ser un éxito económico, pues el beneficio que reportará es mucho mayor que lo invertido en ella, a tenor de lo que se aprecia en la puesta en escena de las distintas secuencias. Están construidas, sobre todo, con planos medios y planos americanos, evitando, en la medida de lo posible, los planos generales; de tal manera que, a pesar de que Christian Grey gana 24.000 dólares cada cuarto de hora, se procura contextualizar mínimamente a los personajes para no tener que montar una escenografía que esté a la altura del dinero que maneja Grey. Con ataviar a unos cuantos actores con vestidos largos o pajarita, ponerles una máscara y un par de camareros alrededor sosteniendo bandejas de champán, se monta una fiesta de máscaras que sería la envidia de cualquier magnate. Es decir, se da gato por liebre. Y algo parecido sucede con el montaje de las escenas de sexo. Aquí los planos son de corta duración, ya que hay que insertar primeros planos que sirvan, por ejemplo, para sustituir los pechos de Dakota Johnson. Ella tiene bastante con lanzar resoplidos una y otra vez como si la asustaran.

                He de reconocer, sin embargo, que la película y el best seller no tienen competencia como fenómeno sociológico, quizás lo más interesante de todo esto. La sala de cine estaba llena hasta la cuarta fila, las mujeres calzaban botas largas y vestían de negro, y aquí y allá se diseminaban grupitos de adolescentes, algo que verdaderamente me da que pensar, pues resulta sintomático que en la industria del entretenimiento, de la cultura si se quiere, coincidan los gustos de los adolescentes con los de los adultos. Que estén leyendo los mismos libros, viendo las mismas adaptaciones cinematográficas, las mismas series, o jueguen a parecidos videojuegos da idea de la inmadurez, no solo estética, que se ha instalado en nuestra sociedad. Pareciera que suspiramos por una imposible pubertad, sin miedo al ridículo.