Enrique Gallud Jardiel reseña en verso My Fair Lady

MyUna noche londinense

va a la ópera un pelmazo

y a la salida se encuentra

allí con un amigacho

a quien no había visto nunca

—no es suceso tan extraño,

que era amigo por correo—.

Charlan y, al cabo de un rato,

establecen una apuesta:

que en mucho menos de un año

Myconseguirá que hable bien

y no diga nada raro

una florista que allí

les quiere vender un ramo

y por cuya boca salen

—además de escupitajos—

unas frases muy terribles,

unos conceptos muy malos,

unos insultos atroces,

anacolutos, pleonasmos,

miles de cacofonías,

rayos, culebras y sapos.

My

(Pero ahora que me doy cuenta:

aún no les he presentado

a los actores del drama.

Henry Higgins es el raro

y el coronel amiguete

se llama Pickering o algo;

ella es Eliza Doolitle,

la que habla que da asco.

Ya está hecho. Proseguimos.)

 

MyPues bueno, se dan un plazo,

se lleva a la chica a casa

(mas no para nada malo);

nada más llegar allí

la desnuda… y le da un baño

y empieza a hacerle ejercicios

aburridos y diarios

sobre cómo pronunciar

el idioma shekspiriano,

cómo lavarse los dientes,

Mycómo comer en un plato,

cómo hacerse bien el moño

y otros ejercicios básicos

de la buena sociedad

de ese mundo victoriano.

 

 

Pero de pronto aparece

su padre, un tipo simpático,

que le guiña un ojo a Higgins

y le propone un buen trato:

usufructuará a la niña

al profesor, siempre y cuando

éste le pague un pastón.

El otro accede encantado,

porque el precio que le piden

le parece bien barato.

Compra a Eliza y se la queda

para su uso privado

mientras el padre se larga

tan contento con sus cuartos.

 

My

¿Qué pasa a continuación?

¿Lo que nos imaginamos?

Pues no, porque el Higgins ni

siquiera le mete mano,

bien porque eso está mal visto

en el Imperio Británico

o porque el profesor tiene

su pizca de ramalazo.

MySe limita a darle clases

para que pueda ir a Ascot

con una pamela más

grande que un circo romano.

En fin: la chica se aprende

por lo menos lo más básico:

cómo saludar a un duque

y cómo pelar un plátano

sin emplear, por error,

el cuchillo del pescado.

 

MyBien. La llevan a una fiesta

que da la Reina en palacio

y le dicen que es princesa

a un conde checoeslovaco

que no descubre el embuste

porque está un poco tocado.

Vuelven a casa de Higgins

a celebrar el engaño

Myy a la pobre de la Elisa

no le hacen ningún caso,

con lo que ella, mosqueada,

va y le pone como un trapo

al profesor majadero,

que no se había percatado

de que la chiquita estaba

tan maciza como el mármol,

con un cuerpo que invitaba

a pegarle un buen bocado.

 

Ella se siente dolida

de que le ignore el pazguato

y se dedica a ligarse

a uno que no ha dado un palo

al agua en su vida, porque

es noble y «aristocrato».

 

My¿En qué acaba esta historieta,

este ingente despilfarro

de imaginación inglesa?

(Perdonen por el sarcasmo.)

Pues en que Elisa le quita

al profesor los zapatos

y le trae las pantuflas

y así se acaba el relato.

(Esta concatenación

de sucesos tan extraños

es un non sequitur en

cualquier tierra de garbanzos.)