Francisco Javier Rodríguez Barranco – El mimbre de los cestos en Wonder Wheel

Wonder                Lo bueno que tiene la Navidad es que los días señalados duran lo mismo que cualquier otro día del año. ¿Ustedes se imaginan, por ejemplo, una Nochebuena que durara treinta y ocho horas o cuarenta y cinco? Espantoso, sencillamente espantoso. También podrían durar menos de veinticuatro horas, pero ya con que se alarguen lo que una jornada normal me doy por satisfecho.

                Sobre todo porque en esas fechas no se puede hacer nada. No se puede ir a ningún sitio (bares, tiendas, cine) después de las ocho, porque es Nochebuena. No se puede ir a ningún museo, porque es Navidad. No se puede quedar con nadie, porque todo el mundo está ocupado con las cosas familiares. No se puede visitar ninguna ciudad diferente de la propia, porque está todo cerrado. No se puede hacer ninguna excursión a ninguna población próxima porque si hay transporte público, los horarios son patéticos los principales días. Etcétera. De manera que nos hallamos ante las fechas más pavorosas del calendario.

                Pues bien, mira tú por dónde, quizá para compensar un poco tan fúnebre panorama, este año ha llegado en el centro de las fiestas la última película, por ahora, de Woody Allen. Concretamente, Wonder Wheel (2017), donde entre todos los actores, resplandece, sin duda, Kate Winslet, a quien corresponde el papel más amargo, es decir, Ginny, dentro de un filme bastante cargadito de amargura.

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                Y el director neoyorquino se vale de una serie de mimbres para construir su trama, que merecen ser enumerados o, al menos, mencionados. Observamos así que la acción se traslada a los años cincuenta en Conney Island, lo cual podría implicar un delicado toque vintage con su dulce melancolía ad hoc, si no fuera por el pequeño detalle de que Woody pretende establecer un paralelismo entre una feria decadente y la vida. Incluso el propio nombre de la película se electriza de ironía, pues la rueda de existencias a las que asiste el espectador es cualquier cosa menos maravillosa, habida cuenta de que desde el primer momento se nos ofrece la vida en el parque de atracciones bajo un halo de resignación. Y para que no falte de nada, los momentos más dramáticos de la cinta se resuelven bajo los acordes azucarados de “Conney Island Washboard”. Un delicioso toque de perversidad a cargo de nuestro caro realizador.

                Otro de los mimbres que utiliza Allen son las referencias clásicas o de autores consagrados, con particular énfasis en las tragedias. Se habla así de Edipo y de Hamlet, pero también de Eugene O’Neill, de quien se destacan sus recreaciones sobre la condición humana, nunca bajo una óptica demasiado encomiástica, por decirlo de la manera más suave posible. Y quiero aludir aquí a algo que forma parte de mi etapa de estudiante de Filosofía, dado que Richie, interpretado por Jack Gore, el hijo de Ginny, está obsesionado por las hogueras, siendo así que para Heráclito el fuego era el más excelso de los elementos al convertir objetos de muy diferente naturaleza en una mezcla de la misma ceniza. De ser correcta esta modesta interpretación personal, la referencia a Heráclito debería llevarnos también al dolor por el paso del tiempo, que es una de las señas de identidad del director de Annie Hall.

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                Tampoco es ajeno a este largometraje el entramado propio de la vida como teatro, y viceversa. Podemos comprobarlo en las siguientes situaciones, además de las referencias sugeridas en el párrafo anterior: Ginny es una actriz fracasada que conoció a su primer marido dentro del mundillo de la farándula y ahora se gana la vida como camarera en un restaurante de almejas, pero realmente ella no sirve mesas, sino que interpreta el papel de una camarera, puesto que ésa no es su actividad laboral de sus sueños; Mickey, interpretado por Justin Timberlake, anhela ser un poeta, pero un poeta autor teatral, y a través de ese prisma percibe la realidad. Etcétera. De manera que nos hallamos ante el gran teatro del mundo, con todas las evocaciones calderonianas que eso implica.

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                Otro de los mimbres fundamentales en este filme son las referencias filosóficas que planean sobre las acciones que se desarrollan en la pantalla y que de alguna manera se concentran en el amigo a quien Mickey pide consejo.

 Wonder               Porque eso es precisamente lo que debemos buscar en esta película de Woody Allen: un sentido. Y es que, si nos fijamos en la mera acción, se trataría de un melodrama, como hay miles. Pero ése no es el caso del director de Manhattan (ciudad y película): debemos buscar en él una intención o, con otras palabras, qué cesto quería hacer con esos mimbres. Y mucho me temo que en este caso he de coincidir con lo que la crítica cinematográfica ha dicho al respecto, dado que considero que nos hallamos ante uno de los filmes más afiladamente pesimistas del cineasta que nos ocupa.

                Percatémonos tan sólo en cómo se construyen los personajes, donde todos son víctimas y verdugos simultáneamente. Todos hacen daño a todos sin que se lo hayan propuesto, empezando por uno mismo, como debe suceder en la destrucción bien entendida, y para un personaje que intenta mantener unas señas de pureza, Carolina, interpretada por Juno Temple, resulta que es una mujer marcada porque en su primerísima juventud se enamoró de un mafioso bastante predecible: con otras palabras, un asesino.

 Wonder               No resulta extraño, por ello, que el amor, lejos, muy lejos, de constituir un sentimiento ennoblecedor de la persona se convierte en el hilo conductor de todas las inmundicias y todas las desgracias que se despliegan a sus anchas en este filme. No quiero arruinar al argumento a quienes todavía no han asistido a la proyección de esta película, pero si el amor de Carolina por un gánster la deja en grave peligro para su vida, los sucesivos de amores tóxicos de Ginny dejan detrás de sí un reguero de vidas destrozadas. Incluso una de las tesis que se defienden en esta cinta es que la necesidad del amor o, simplemente, de alguien a tu lado es una tensión mucho más poderosa que el amor en sí. El frío de las almas en pleno verano.

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                Se trata, por tanto, del Woody Allen más directo en sus postulados, sin eufemismos ni paños calientes en forma de humor, como ha mostrado en otras muchas ocasiones que están en la mente de todos. Pero no nos hallamos ante lo mejor de este director, quizá precisamente por la falta de sutileza expositiva, y no creo que este filme pase a formar parte del imaginario colectivo de quienes su obra con fidelidad.

                 Quizá su estreno en plenas Navidades tenga algo que ver con ese sentimiento corrosivo de la felicidad.