Francisco Javier Rodríguez Barranco – Lumière o ¿Qué es el cine?

 Lumière               La temporada de cine de 2017 ha traído la deliciosa recopilación ¡Lumière!, que lleva el subtítulo Comienza la aventura, puesto que ésa es exactamente la intención de este filme: mostrarnos el séptimo arte desde el mismísimo momento que los hermanos Auguste y Louise Lumière grabaron la salida de la fábrica en Lyon que en lo que hoy lleva el nombre de calle de la Primera Película en marzo de 1895.

                Narrada y realizada por Thierry Frémaux, que dirige el Festival de Cannes desde 2011 y el Instituto Lumière de Lyon, y con la valiosa colaboración de Bertrand Tavernier, además del largometraje iniciático mencionado en el párrafo anterior, ¡Lumière! se compone de otros 107 micrometrajes de cincuenta segundos de duración rodados entre 1895 y 1905, se estructura en una serie de secciones como las dedicadas a la infancia o la fantasía y se monta sobre la música de Camille Saint-Saëns. Realmente, no hay quien dé más.

                Durante esta cinta se alude a la influencia que esos filmes apenas intuidos ejercieron sobre los grandes cineastas que componen nuestro imaginario cinematográfico, como Eisenstein, Kurosawa, Ozu, John Ford o Cameron (sí, Cameron también), además de Scorsese a quien se graba saliendo de la misma fábrica de Lyon donde todo comenzó.

Lumière                Todavía en 1902, cuando George Méliès rodó Viaje a la luna, el cine era algo que se proyectaba en las barracas de feria. Pocos años después de esta producción de Méliès, dos poderosas filmográficas, Pathé y Gaumont conseguirían convertir el cine en algo urbano, burgués, con proyecciones estables en los teatros de las ciudades. Fantômas fue el gran protagonista de la mutación del cine de arte en industria.

                Pero en 1902 lo que se veía en las pantallas era algo popular, una atracción más junto a los hombres forzudos, las damas barbudas, los carruseles, etcétera, etcétera, etcétera. Por eso, la gran labor de Méliès fue la conversión de algo aún por definir en un objeto estético, pues su Viaje a la luna, con sus 16 minutos de duración, marcaron un hito en la historia del cinematógrafo.

                Viudo, arruinado y decepcionado, en su peor momento vital, tras la Primera Guerra Mundial, Méliès se reencontró con una anterior actriz, Jeanne D’Alcy, que regentaba un negocio de juguetes y golosinas en la estación parisina de Montparnasse, con quien se casó y mantuvo dicho negocio, donde fue reconocido por León Druhot, director de Ciné-Journal, que reivindicó su figura hasta que en 1931 se le concedió la Orden de la Legión de Honor. En tal acto tomó la palabra Louis Lumière para declarar: «Rindo homenaje en usted al creador del espectáculo cinematográfico»; lo que con otras palabras significa que no basta con inventar el cine: además hay que dotarle de contenido y de arte.

              Pero ya la cosa empezaba a desmadrarse en los primeros compases de la década de los treinta y la coordenada industrial y, por lo tanto, comercial del cine empezaba a imponerse sobre la artística y la fábrica de pesadillas se asentaba firmemente en el panorama social. De ahí que Peg Entwistle se suicidó el 18 de septiembre de 1932 arrojándose desde el cartel de Hollywood. Pocos días después llegó a casa de sus padres una carta para concederle el papel principal de una mujer al borde de la locura que acaba suicidándose.

                LumièreEl caso es que en ¡Lumière! Frémaux analiza cada uno de los 108 micrometrajes y quiero quedarme con dos de sus ideas fundamentales: la cuidada selección de los encuadres para conseguir un efecto artístico, como la llegada del tren a la estación de La Ciotat, cuya proyección en café parisino, según la leyenda, tanto asustó a los espectadores, donde se consigue un efecto de profundidad gracias a la disposición en diagonal de la llegada del ferrocarril; y la figura humana en lo que en ella pueda haber de ternura, como la escena en la que Auguste Lumière da de comer a su hija, humor, como en la escena en que un gamberrete pisa la manguera a un jardinero, o denuncia social, como en la escena en que la esposa del gobernador de Indochina y una amiga o familiar, lujosamente vestidas, arrojan monedas a los niños, del mismo modo que se da de comer a las palomas en los parques, una secuencia que nos sacude como si se tratara de un fotograma vivo con forma de látigo.

                Nace así el cine como una pieza esencial sin la cual somos incapaces de comprender nuestras actuales vidas y aunque desde que ello sucedió en 1895 hasta nuestros días no han transcurrido una cifra redonda, de ésas que acaban normalmente en cero o en cinco, sino ciento veintidós años, creo que es un buen momento para valorar qué es el cine, o cómo lo veo yo, lo que según la filosofía kantiana concentrada en la Crítica de la razón pura, constituye lo máximo que este limitado mortal es capaz de aprehender: cada uno comprende el mundo dentro de sus particulares coordenadas.

  Lumière              Y bien, sí, estoy dispuesto a aceptar que el cine es una fábrica de sueños, siempre y cuando a uno no le suceda lo que a Peg; tampoco se me hace indigesto admitir que el cine es una evasión de las particulares circunstancias para recrearse con las de unos personajes de ficción; mucho más arduo se me hace reconocer que el cine ha sido utilizado como eficaz herramienta propagandística por los regímenes totalitarios: ya sabemos todos, por ejemplo, el amor de Lenin por el cine por todo lo que ésta ayudaba a la causa soviética y Mussolini fundó Cinecittà con esa misma idea propagandística: menos mal que luego vino Fellini para dignificar esas instalaciones.

                Pero quiero aportar un enfoque algo más personal, Me gusta el cine, quiero decir que me gusta ir al cine y sentarme en la soledad de una sala oscura. Si luego, además, la película es buena, ni les cuento. Pero ese momento en que se apagan las luces y se proyecta algo, que ya no pertenece a este mundo, sino, en todo caso, a las fantasías personales de cada director, es el instante en el que puedo dejar de fingir de ser quien soy para ser yo realmente, como en los viajes, sólo que sin necesidad de repantigarme en los parques donde está prohibido pisar el césped o la necesidad moral de transgredir. En el cine soy yo, tal cual. Alejarme para ser yo mismo en otras latitudes o desconectar del mundo para idénticos fines.

  Lumière         Mi cerebro descansará del humano batallar durante el tiempo que dure la proyección y no tendré que atender otras cuestiones nada más que recordar el nombre de los personajes, como mucho. Tan sólo quedarme ahí relajado durante un par de horas, aproximadamente, olvidado totalmente de la circunstancia y la circunstancia olvidada de mí. Eso es ya suficiente recompensa. Mi espacio, así lo siento yo, mi espacio en esta vida es el de mi butaca mientras duran las imágenes. Nadie lo interrumpirá, siempre y cuando  todos los espectadores hayan desconectado sus teléfonos móviles al ocupar sus localidades, y en medio de todo ese negro asisto en cada sesión al parto cotidiano de mi verdadera realidad en realidades diferentes.

  Lumière       Momento introspectivo al máximo. Ecuación integral de mi persona, donde todo se reduce a unos ojos —mis ojos— que miran. Todas las llamas se apagan para permitir el milagro del aliento personal. Identidad sin solución de continuidad. Eclosión de la esfera individual. Mucho mejor que el yoga, ¿dónde va a parar? Porque aquí no hace falta que nadie te dirija el pensamiento ni los movimientos. O mejor aún, no pensar, pero para eso hace falta que la película te guste, lo cual separa radicalmente una buena de otra mala: en los filmes de calidad, en los filmes que te absorben, nunca mejor dicho, tu persona se diluye en unas escenas o unas situaciones que a partir de ese momento se incorporan a tu índice de vivencias, mientras que en una película mala, o simplemente un largometraje que no te interese, tu persona no deja nunca de ser tu persona, se establece una barrera infranqueable entre la pantalla y tú mismo que no te permite el alumbramiento en otras regiones, cósmicas o íntimas.

 Lumière      ¿Qué es mejor? ¡Ah, no sé! Eso depende de cada cual. Yo, desde luego, que también soy de ansiedad y pensamiento, como todo ser humano, necesito que se desinfle el andamio de desasosiegos que componen nuestro disfraz cotidiano y se reduzca todo a una sombra en una butaca de cine, a ser posible ancha y mullidita, que uno ya tiene sus años.

         ¿Res cogitans? Pero, por favor: a lo sumo desintegrarte en la oscuridad de un cine y que las imágenes te lleven. Ya está. ¿Para qué más? Non cogito, ergo sum. No pienso, luego vivo. Poco más que un bit de información innecesaria en la inmensidad de la pantalla, aunque ahora no son más que engendros electrónicos, sin cortinillas rojas, antesalas de todos tus anhelos, que se corrían al inicio de cada sesión. Clinc, clinc, clinc, clinc. Eran otros tiempos. Reducido todo a lo que ven tus ojos. Res mirans.

        Una cosa que mira y que la vida se despliegue delante de uno.