Francisco Javier Rodríguez Barranco

           el_gran_hotel_budapest_26954Si tuviéramos que definir lo kafkiano en dos palabras, diríamos que es lo absurdo trágico, un binomio del que los hermanos Coen se han quedado con el primer elemento y han construido un cine basado esencialmente en lo absurdo cómico. Para esta pareja de cineastas hemos de buscar constantemente referencias literarias, sobre las que no voy a extenderme ahora, a la espera de que llegue otra de sus películas a las pantallas españolas y entonces sí pueda extenderme a mis anchas, y de esas referencias librescas tan habituales en el universo coeniano, creo que las dos que más se aproximan a la película que ahora comento, es decir, El gran hotel Budapest (2014), de Wes Anderson, galardonada con el Premio BAFTA al Mejor guion, y cuyo título debiera ser El Gran Budapest hotel, pero bueno, son O Brother! (2000), una personalísima e inspiradísima recreación de la Odisea, de Homero, y Un hombre serio (2009), donde el mundo kafkiano se plasma con el estilo propio de los Coen, así como el Libro de Job, de la Biblia, por lo esperpéntico de la fuga de la cárcel compartido por El gran hotel y O Brother!, y por la impasibilidad ante el infortunio inevitable que se da en Un hombre y en el filme de Anderson.

            Podemos buscar otras muchas posibilidades de lo absurdo narrativo casi desde los mismos orígenes del cine en las películas de los hermanos Marx, y para su complicidad con la literatura, nada mejor que los guiones cinematográficos firmados por Enrique Jardiel Poncela, que llegó a trabajar en Hollywood, y a quien pertenece una de las frases más certeras sobre esta industria, cito de memoria: “Lo único que importa de una película son los diez últimos minutos”.

          27570Un componente absurdo, con esa cosilla autodestructiva tan suya, hay en Toma el dinero y corre (1969), de Woody Allen, como es de sobra conocido, así como, igualmente conocido es el absurdo de Amelie (2001), de Jean-Pierre Jeunet; y por supuesto en Amanece, que no es poco (1989), de José Luis Cuerda, que de alguna manera significó el canto del cisne de la década de los ochenta. El flanco sangriento del absurdo cómico lo constituye Quentin Tarantino.

           Aunque necesariamente, entre una fecunda filmografía, hemos de poner El gran hotel Budapest en relación con la otra gran película de Wes Anderson: Los Tenembaums. Una familia de genios (2001), tan deliciosamente construida que cualquier atisbo de racionalidad parecería, por mera subversión de ideas, un planteamiento absurdo. Repiten reparto dos actores con los que Anderson parece sentirse a gusto de manera especial: Bill Murray y Owen Wilson, si bien en el caso de El gran hotel reducidos sus papeles a poco más que cameos, pero ambas pelis comparten el abundante reparto de actores, aunque no se puede hablar en propiedad de una película colectiva.

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          La naturalidad social de lo ilógico en Los Tenembaums se corresponde con la exquisitez de la incoherencia de El gran hotel Budapest, una producción que se basa en unos escritos de Stefan Zweig, por lo que vamos afilando el perfil de lo narrativo fílmico en clave surrealista, entendido surrealismo no como en sentido propio lo definió André Breton, sino como la propensión hacia las reflexiones en dimensiones alternativas. El sello Anderson se aprecia así con claridad.

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          Básicamente, El gran hotel consiste en la exégesis de Mr. Gustave, interpretado por Ralph Finney, gobernante del Gran Budapest, cuya personal visión del mundo consiste en alabar el color de uñas de una duquesa muerta, heredar un cuadro de dudoso mérito, filosofar-arengar a la plantilla del hotel antes que empiecen a cenar, dejarse adorar y adorar a señoras de más de ochenta años, siempre rubias, sexo incluido, o ejercer labores directivas en una sociedad secreta de colegas en hoteles similares al suyo, arropado todo ello por un estilo exquisito, algunos de cuyos ejemplos son: desear que tengan un buen día a unos reclusos a los que acaba de servir un refrigerio; reflexionar acerca de que una pelea en la que perecen los dos contendientes puede considerarse como tablas; o saludar de la siguiente manera a la agresividad de unos soldados, de cuya actitud no cabe esperar nada bueno, entre otras cosas porque acaban de detener el tren donde viajan Mr. Gustave junto a Zero y Agatha:

         —Nunca antes habíamos tenido el honor de saludar a los Escuadrones de la Muerte.

         Como muestra de una educación primorosa. Sin ironía.

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        Y ése es otro de los enfoques válidos para esta película: el trasfondo de la más cruel de las guerras, y es que no olvidemos que El gran hotel Budapest se construye sobre textos de Zweig. Sin embargo la película no es un alegato pacifista, tampoco lo es bélico, evidentemente, sino que el conflicto armado, así como otras muertes que se dan sino que las hostilidades, o el rigor primitivo del sistema carcelario configuran el contexto adecuado donde se despliegan los actos inconsistentes. Pongamos otro ejemplo: en un momento dado alguien dispara en la balaustrada del primer piso del patio del hotel, lo que provoca que todos los militares, compañeros en el mismo ejército, salgan de las habitaciones a disparar, pero disparar por disparar, unos contra otros, hasta que, sin dar crédito a lo que ves sus ojos, aparece el oficial de más alta graduación, detiene el tiroteo y pregunta:

          —¿Pero sé puede saber a quién están disparando ustedes?

        De esa manera, cuando la violencia no es fruto de una maldad deliberada, sino tan sólo la proyección de unas mentes que no elaboran conceptos con la coherencia que debiera, se refuerza la idea del ser humano como ente ilógico.

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           En definitiva, lo que este largometraje nos ofrece es un profundizar en la naturaleza absurda del individuo, más que un análisis histórico de la Segunda Guerra Mundial. Es la persona y no la sociedad lo que interesa al director de este filme, y por ello no me parece casual que los clientes del hotel sean grandísimos solitarios que ocupan mesas individuales en el comedor como la cosa más normal del mundo, todo ello con el estilo Anderson de lo irracional cómico y gran énfasis en esta ocasión de las maneras exquisitas.