Manuel Sánchez-Campillo – Life: el abrazo del pulpo

                Aunque parezca raro por su nombre y apellido, el director Daniel Espinosa es un sueco de origen chileno que con Life (2017) filma su sexto largometraje. Uno de los atractivos del filme es que los personajes se mueven a lo largo de la estación espacial en un estado permanente de gravedad cero. La cámara los va acompañando moviéndose con ellos arriba y abajo, a derecha e izquierda, como si sus movimientos dentro de la nave formaran parte de una danza cotidiana. La película se ve con interés y su director sabe graduar la tensión hasta el momento último, donde, por cierto, no sabremos quién de los dos supervivientes de la Estación Espacial llega a la Tierra. Será una de las sorpresas que se reserve Espinosa, incluso para, si se tercia, filmar una segunda parte.

              Contiene, sin embargo, uno de esos momentos que resultan innecesarios para el desarrollo de la historia: Rebeca Ferguson se hace una herida en un dedo de la que brotará una gota de sangre que permanecerá en ingravidez. La herida y la gota de sangre se llevan un primer plano, aunque luego no veremos que haya consecuencia alguna para el personaje. Es uno de esos momentos que no aportan nada, que no contribuyen al avance del relato.

              Es uno de los científicos de la Estación Espacial el que extrae de una muestra de Marte una célula eucariota para la que reproduce unas condiciones de vida que le permitan dividirse y crecer. El ser que surge posee inteligencia y, sobre todo, maldad, o instinto de supervivencia, que para algunos será lo mismo.

          La película no oculta sus deudas con Alien, el octavo pasajero (1979), de Ridley Scott, incluso en esa baba viscosa que segrega, o con los filmes de serie B en las secuencias donde los personajes huyen del alien cerrando una escotilla contra la que se estampa el “bicho”.

        Con todo, lo que más me ha dado que pensar de esta película es una cierta coincidencia, a la hora de diseñar el alien, con otra del pasado año, La llegada (2016), de Denis Villeneuve  –espléndida visualmente–. Los dos directores han optado por imaginar a los seres extraterrestres como octópodos que se mueven con tentáculos pegajosos.

           Creo que las películas de ciencia ficción en las que aparecen seres de otros mundos, en realidad, del mundo que nos están hablando no es de ese tan lejano sino del nuestro. De ahí que, con el paso de los años, a muchos de estos largometrajes les busquemos un sentido metafórico. Pues bien, mi pregunta tiene que ver con el sentido que para nosotros puedan tener esos seres, de dos películas tan distintas, que se sostienen con tentáculos, capaces, en particular el alien de Life, de abrazarnos con la fuerza de la muerte.