Francisco Javier Rodríguez Barranco – Las dos orillas en el Festival de Cine Africano de Tarifa

Tánger, 5 de mayo de 2017

      Dentro de la programación de FCAT en Tánger, hemos asistido al pase de dos propuestas con marcada presencia española. Por orden cronológico: Quivir (2014), de Manu Trillo, y Mimosas (2016), de Oliver Laxe. Como valoración global, creo que ambas propuestas expanden la idea que normalmente se tiene del cine español, sobre todo al cine español actual, pues en ninguna de ellas aparecen héroes adolescentes de teleserie con el chicle en la boca que interpretan como pueden tramas trilladas, sino que, cada una a su manera, nos hallamos ante dos interesantísimos y originalísimos proyectos, según no tardaremos en comprobar.

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Cartel de Minmosas en la Cinematheque de Tánger

En cuanto a Mimosas, ya desde el mismo título, he de reconocer que no me enterado de gran cosa. Se trata, creo, de un ejercicio de clasicismo e irracionalidad con un argumento que tiene poco de lógico. ¿Puede tratarse de una película de aventuras? Pues sí. De hecho, la sinopsis oficial habla de una caravana en la cordillera del Atlas y de una persona que es reclutada para vigilarla, pero eso lo vemos en los primeros cinco minutos, por lo que más que una sinopsis consiste en un resumen del inicio del filme. A partir de ahí el espectador se siente perdido (o al menos este espectador) y no comprende nada de lo que sucede en el largometraje (sigo hablando en primera persona).

     ¿Puede tratarse de una metáfora de la soledad? ¿Puede tratarse de una paráfrasis de las frustraciones y la futilidad de los afanes? ¿Puede tratarse de una exégesis del amor al ser humano y la reconciliación universal? La verdad es que un poco de todo eso hay, pero ya digo que no he comprendido muy bien este largometraje, segmentado en tres partes, cada una de ellas con aspiraciones místicas. En todo caso me parecido entrever un esfuerzo de cine puro. ¿El cine por el cine? Yo diría que sí. Pero no quiero responder a mis propias preguntas con otra pregunta.

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Fotograma de Mimosas

       La primera proyección del día, sin embargo, ha sido el documental Quivir, cuyo nombre, según manifestación de Manu Trillo al final de la película, es un homenaje a la grandeza de los hombres del campo. No olvidemos que “kabirun” es una palabra que procede el árabe y significa ‘grande’. De ahí que “Guadalquivir” signifique ‘río grande’.

       Pero podemos profundizar en nuestro análisis, puesto que lo que este filme nos plantea es la igualdad esencial de los seres humanos a uno y otro lado del estrecho de Gibraltar, tomando como base el trabajo de los corcheros en Alcalá de los Gazules y en Chefcheouen, y ya que nos hemos puesto en plan etimológico, podemos traer a estas líneas que el topónimo “Jaén”, procede precisamente de Chaouen, de ahí que la proximidad de una y otra región, el sur de Europa y el Norte de África, se nos antoje aún mayor.

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Equipo técnico de Quivir durante la presentación en el FCAT de Tánger

        Y lo que vemos en el documental es el trabajo y la realidad social de los corcheros en ambas orillas del mar Mediterráneo y las enormes similitudes entre ambos. Cambian las formas: la ropa y la forma de coger el hacha, por ejemplo; pero en lo fundamental es lo mismo: un trabajo penoso, que requiere el esfuerzo de toda la familia para poder subsistir. En España no trabajan los niños, pero no es nada más que porque la ley educativa obliga a la escolarización obligatoria hasta los dieciséis años.

      “Humano, humanos”, se afirma en un momento dado del documental y eso es lo que Quivir quiere enfatizar: no en vano este proyecto ha sido dirigido por un biólogo y un antropólogo.

      Y se sitúa todo en el campo, es decir, la madre naturaleza, la madre Tierra: “Pacha Mama” dicen en las regiones andinas para referirse a la Tierra. El origen de nuestro sustento, salvo que vivas en el litoral marítimo. En otro momento dado de la película afirma uno de los corcheros españoles que no comprende cómo pueden desenvolverse en las ciudades durante todos estos años de crisis, dado que en el campo, mejor que peor, siempre se encuentra algo con lo que alimentarse. Recuerdo, por ejemplo, haber oído a mis antepasados, que eran labradores, que en el campo realmente no se pasó hambre en la posguerra, porque, como poco, siempre había garbanzos para un cocido. Por ello, esa voluntad de paralelismo entre las sociedades rurales se adentra en lo telúrico, en los arcanos del ser humano, en la quintaesencia de los seres vivos.

      Si quisiéramos ponernos bíblicos, diríamos que del barro creó dios a Adán, pero no queremos ponernos bíblicos, aunque sí quiero recordar el magnífico libro de Vicente Aleixandre Pasión de la Tierra.

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Rodaje de Quivir

La técnica narrativa del documental se articula de manera que se van intercalando imágenes de las faenas de obtención del corcho a uno y otro lado del Estrecho, de tal manera que en algunos momentos no está claro si lo que se ve transcurre en Marruecos o en España, hasta que escuchas hablar a alguien y si lo hace en árabe, ha de ser allá. Otro recurso potente para el mensaje que se quiere transmitir es el del intercambio de fotografías, que han sido tomadas por Manu Trillo, en blanco y negro además para mayor sensación de intemporalidad. De este modo, los integrantes de ambas comunidades se van conociendo y comparan mutuamente los aspectos.

     Hasta que llega el momento es que los corcheros españoles cruzan el Estrecho y conocen personalmente a sus colegas marroquís en su lugar de trabajo y con el fruto de su trabajo: las gruesas láminas de corcho apiladas.

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Corcheros españoles en Quivir con sus familias

     La película se cierra con los créditos, como suelen hacer todos los filmes, pero en este caso se muestran simulando un álbum de fotos (ay, ay, ay, cómo se le nota a Manu su pasión por la fotografía), donde también los nombres de los intervinientes aparecen intercalados: español, marroquí, español, marroquí, etcétera.

     En todo caso ha sido una tarde-noche para dotar al mar Mediterráneo de su propia esencia: un mar de culturas, un mar que une.