Francisco Javier Rodríguez Barranco – Las blancas intenciones en el Festival de Cine Africano de Tarifa

Tánger, 3 de mayo de 2017

           Una de las características esenciales del FCAT es que pretende ser un puente cultural entre las dos orillas del estrecho de Gibraltar. De ahí, por ejemplo, que Mane Cisneros, en nota de prensa de 31 de mayo de 2009, con motivo de la clausura de la correspondiente edición de este certamen, resaltó que el “Cinenómada en las dos orillas”, con proyecciones en nueve municipios gaditanos más Tánger y Tetuán, ha sido un puente real de unión cultural de las dos orillas del Estrecho. La directora del festival ha asegurado que este proyecto se va reforzar en ediciones venideras, para lo que espera que sigan manteniendo su colaboración la Diputación de Cádiz, la Fundación Dos Orillas y el Instituto Cervantes.

            En la presente edición, sin embargo, tan sólo Tánger y Puerto de Santa María amplían el abanico de ciudades sede, pero aun así creo que nos hallamos ante un evento único, que se celebra a caballo de dos continentes y que se propone unir mundos tan próximos y tan distantes como Europa y África.

            Por este motivo, hoy he iniciado la segunda parte del FCAT en la ciudad de Tánger, donde se ha proyectado Wùlu (2015), de Daouda Coulibaly, una coproducción de Mali, Senegal y Francia, si bien la acción, que recorre varios países del oeste de África, se sitúa básicamente en Bamako.

            Y lo primero que debemos preguntarnos, ya que estamos hablando de países africanas, es cómo nace, por ejemplo Gambia, en el medio de Senegal. Muy sencillo, los ingleses metieron un barco de guerra a recorrer corriente arriba el río Gambia disparando cañones y la frontera con Senegal, por aquel entonces bajo dominación francesa se estableció en el alcance de las balas. Tan irreal cómo eso.

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Ibrahim Koma, izquierda, protagonista de Wùlu, durante la presentación de esta película en la cinemateca de Tánger, dentro del FCAT

              Pero también deberíamos preguntarnos cómo nacen, en general, las fronteras en África, un continente donde las identidades nacionales se fijaron de manera natural entre los diferentes pueblos existentes antes de la llegada del hombre blanco. Nada más alejado de la esencia africana que una barrera entre dos países con sus controles aduaneros, etc. No creo que sea necesario insistir demasiado en cómo se colonizó y descolonizó ese continente, puesto que es de sobra conocido.

             blancaEl caso es que un buen día el hombre blanco se va de allí, pero no se va y no por la dependencia económica todavía vigente de las antiguas colonias con respecto a la exmetrópoli (el caso de los ingleses y la Commonwealth es de traca), sino porque ha desvinculado a las culturas milenarias que ahí se daban antes de la llegada de los rubitos de sus formas tradicionales de vida (recordemos que el resto homínido más antiguo procede precisamente de África) para enajenarlos, nunca mejor dicho, en unos modos de vida y bajo unos intereses netamente europeos. En eso consisten las intenciones blancas: no se trata ahora de una explotación directa de los recursos humanos y mineros que atesora África, sino de degradarlos moralmente a imagen y semejanza de los anteriores dominadores.

                Y eso es lo que se ve en Wùlu, un título que toma un término de la cultura original maliense, donde los wúlus pertenecen al quinto y último nivel humano, el más degradado. De hecho, “wùlu” significa ‘perro’.

            La película de Coulibaly gira alrededor del tráfico de droga entre Mali, Senegal y Guinea Conakry principalmente, pero no es una mera película de gangsters, porque ya hay muchas de ese género, sino que Wùlu pretende ser un análisis de las putrefacciones personal y social: los tratos a la sombra de una jaima ya no son para negociar el paso de las caravanas, sino para otro tipo de pactos mucho menos decorosos, por no decir repugnantes.

             ¿Habrá algo más ajeno a la idiosincrasia africana que la cocaína y sus blancas propiedades psicotrópicas? Quizá tan sólo las fronteras, como decíamos antes, sean más extrañas a este continente que la cocaína.

            ¿Quién ordena al protagonista de la película asesinar a un compañero? El hombre blanco. ¿Quién maneja los hilos de todo esto? El hombre blanco. ¿Quién obtiene las máximas ganancias con el mínimo riesgo? Sí, lo habéis adivinado: el hombre blanco.

           Y las cosas son así, hermanos. Lamento que hayáis tenido que enteraros por mí. Porque lo que este filme quiere destacar es la sucesiva vileza del ser humano. Pero si es que ni siquiera hay investigación policial. De hecho, la lucha antidroga se limita a los controles aduaneros, porque no es la cuestión delictiva lo que interesa a Coulabaly, sino el progresivo descenso a las simas del empobrecimiento moral de la persona, donde manos blancas van marcando generosamente el camino.

          blancasEn cuanto a las aspiraciones sociales lo que se muestra en este largometraje es que el referente siguen siendo los antiguos colonizadores, porque los valores burgueses europeos, como el amor por el lujo desmedido o la elegancia canalla, son los que imperan en la vida africana hasta el extremo de haberla convertido en una sociedad extraña de sí misma porque sigue mirando al hombre blanco, que ya no la somete mediante el látigo y las armas, sino gracias a procedimientos mucho más sutiles y por ello de mucha mayor eficacia: la fascinación por una vida que no es la propia africana, para lograr la cual no dudarán en acudir a la escuela de la corrupción y la droga, según le ha enseñado el antiguo amo.

            Por ello, no me parecen fútiles las escenas intercaladas de vacas africanas en el matadero que aparecen en Wùlu con un dramatismo sin edulcorantes, como no podía ser de otra manera.