Francisco Javier Rodríguez Barranco reseña La reina del miedo

miedo                Bueno, sí, pero al final del día, cuando se quita uno los calcetines para entregarse a un merecido descanso, resulta que se encuentra a solas consigo mismo. ¡Menuda faena! (“Faena” con “p”, ya saben ustedes a qué me refiero). Porque ahí ya no valen ni el oropel ni el postureo, que es exactamente la situación en que se halla Tina (diminutivo de “Robertina”) en la primera escena de La reina del miedo (2018), dirigida (junto con Fabiana Tiscornia), escrita y protagonizada por Valeria Bertuccelli: una mujer que vive desasosegada, prácticamente por todo: un simple apagón eléctrico puede constituir motivo suficiente para que requiera un despliegue de la empresa con quien tiene contratada la seguridad de la casa. Merecido, sin duda, ¿descanso? Ja, ja, qué risa, tía Felisa.

                Esta película nos sitúa así ante una mujer encastillada en sus propias fobias y Tina aparece en todas las escenas del filme, por lo que constituye, obviamente, el hilo conductor de la historia y protagonista única, pero los demás personajes, que cumplen la función de piedras espinosas en el devenir de Rober, que también es denominada así en esta cinta, tampoco parecen demasiado rebosantes de empuje.

              miedoEn mayor o menor medida, unos por cuestiones personales, como es el caso de Eli, la criada interna en la casa de Tina, y otros a causa de enfermedades severas, como es la situación del amigo enfermo en Europa, Bertuccelli desarrolla un mundo carente de horizontes.

                La reina del miedo despliega, así, una situación que es como una casa sin ventanas. Inmovilismo vital, valga el oxímoron, pues ya desde Aristóteles sabemos que lo que distingue una roca de un coral, es que éste puede crecer, tiene una cierta movilidad y, por tanto,  se trata de un organismo vivo. Sin embargo, en esta película nada se mueve: el jardinero utiliza una y otra vez el mismo argumento (“Está vivo”) para no cortar un árbol, por ejemplo, mientras que Tina insiste en que lo cercene. Finalmente es así, por lo que el único organismo que todavía podía disfrutar de una savia vitalizante acaba convertido en atrezo de escenario, naturalmente muerto.

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           En alguna ocasión, Bertuccelli ha comentado que no es cinéfila (otro oxímoron), pero ¿qué sabrá ella de su película si tan sólo es la directora, guionista y actriz principal? Considero, por ello, que este largometraje tiene un ilustre antecedente remoto en el esquema desarrollado por Luis Buñuel en El ángel exterminador (1962). En la obra del español no se explicita la causa del inmovilismo, pero se muestra tal cual en la película. En la obra de la argentina, los personajes aparecen dotados de una cierta movilidad, conducen autos por las calles, por ejemplo, pero sí se explicita la razón de su anclaje: el miedo.

                Los temores como las grandes tenazas de nuestros actos que ha de recordarnos necesariamente El miedo a la libertad, publicado inicialmente en 1941, de Erich Fromm, cuando el mundo entero era presa del horror. Como todos sabemos, ese libro del filósofo se refiere sobre todo a los factores sociales y políticos asociados al miedo, pero también hay espacio para la esfera individual. Así, la hablar de la destructividad, afirma que “También puede ser una angustia constante —aunque no necesariamente consciente— que se origina en la perpetua sensación de una amenaza por parte del mundo exterior. Este tipo de angustia constante deriva de la posición en que se halla el individuo aislado e impotente, y constituye la otra fuente de la reserva de destructividad que en él se deposita”[1]. Y algo hay de eso en la película que nos ocupa.

 miedo               Consciente o inconscientemente, los personajes de La reina del miedo se autodestruyen por unas angustias que no caben dentro de unos márgenes racionales. De manera muy principal Tina es quien acapara mayor dosis de angustia por cualquier signo que le parezca amenazador, como un apagón eléctrico, el pánico escénico (es actriz de teatro en el filme) o el evitar determinadas cosas, como la hierba, al caminar en algo que tiene mucho de los tormentos obsesivos, tal y como sucede a Melvin, protagonista de Mejor imposible (1997), de James L. Brooks, interpretado por Jack Nicholson: resulta por ello paradójicamente triste que el personaje que más valor demuestra en esta cinta es el enfermo terminal. Es como si el mensaje de la película consistiera en que la certeza de los miedos racionales nos permitieran un arrojo final. El árbol muere, el amigo va camino de ello y tan sólo quedan los fantasmas inmóviles. El impulso vital desaparece: ya lo comentamos más arriba en sintonía con Aristóteles.

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                También me parece significativo que el único motivo real de miedo para Tina llega en el último fotograma del filme, que por supuesto, no voy a desvelar.

                Tina habla, habla y habla por el teléfono móvil, como una vía de escape, algo de lo que también trata Fromm en su libro: las diferentes evasiones que el ser humano procura, pero es incapaz de quedarse a solas con ella misma. Resulta también paradójicamente triste que sea ese amigo enfermo en Europa a quien tan poco tiempo de vida le queda ya sea quien se ocupe de las cuestiones logísticas relacionadas con el viaje de regreso de Tina a Buenos Aires, pues resulta de todo punto evidente, que ella por no quiere volver a quedarse sola enfrentada a sus fobias atosigantes.

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                En cuanto al discurso narrativo, son varios los flancos desde los que puede abordarse La reina del miedo. Podríamos hablar de la enfermedad recién mencionada. Cabría aludir a una muestra del teatro dentro del cine, pues Tina, como ya hemos señalado es actriz escénica, algo que tan buenos frutos ha deparado en la historia reciente del cine, pues las tablas constituyen el eje que soporta tan oscarizadas películas como Todo sobre mi madre (1999), de Pedro Almodóvar, Birdman (2014), de Manuel González Iñárritu, o El viajante (2016), de Asghar Farhadi. Pero es realmente la persona, la raíz misma donde se gestan los oscuros temores del ser humano lo que articula las diferentes escenas del largometraje de que estamos tratando.

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              Y si ello se desarrolla con el magisterio proverbial de Valeria Bertuccelli, que pertenece a esa saga de intérpretes para quienes parece que cualquier papel es pan comido, a nadie puede sorprender que fuera galardonada con el premio a la Mejor actriz en el Festival de Sundance.

 

[1] Véase en la página 215 de la edición bonaerense de la editorial Paídos.