Francisco Javier Rodríguez Barranco – La tragedia inteligente en Tres anuncios en las afueras

anuncios                Bueno, sí, reconozco que Tres anuncios en las afueras (2017), de Martin McDonagh, es una inmensa excepción a la general desatención que los guiones cinematográficos reciben en nuestros días, pero claro es que a esta película, que ha obtenido un ramillete importante de galardones, incluidos los Globos de oro en diferentes categorías, así como el Premio del público en el TIFF, que es el Festival más democrático del mundo, se le concedió el Premio al Mejor guion en el Festival de Venecia, lo que nos permite intuir sus logros argumentales.

                Martin McDonagh nos brinda una filmografía con excelentes ejemplos de cine independiente y suele desempañarse en ambas funciones, es decir, director y guionista. Productor también, en ocasiones. Ambas funciones, es decir, director y guionista, realiza en sus otros dos largometrajes anteriores, Siete psicópatas (2012) y Escondidos en Brujas (2008), así como en su primera incursión en el mundo del cine: el cortometraje Six Shooter (2004). Se trata de un cineasta de origen angloirlandés, cuya afición a la trama quizá le venga de su experiencia previa como dramaturgo. De él se ha dicho —véase en Wikipedia, por ejemplo), que el teatro de Shakespeare y Chéjov le parecen aburridos y que destaca, tanto en las tablas como en la pantalla por la violencia de sus escena como por su humor negro, algo que intentaremos matizar, al menos en cuanto a Tres anuncios en las afueras se refiere, en los siguientes párrafos. Baste por ahora destacar su veneración por el argumento.

                El filme que ahora nos ocupa con ese fuerte contenido existencial que caracteriza a las producciones de forajidos fronterizos, como Los tres entierros de Melquíades Estrada (2005), de Tommy Lee Jone, No es país para viejos (2007), de los hermanos Coen, o Comanchería (2016), de David Mackenzie, de la que ya hemos tratado en alguna ocasión anterior. Un existencialismo galopante en el que, desde luego, merecen ser incluidas todas o casi todas las cintas de cine negro, pero observamos que en el momento actual las acciones se desplazan a los confines de la vida humana, en vez de los espacios urbanos habituales para Sam Spade o Phillip Marlowe.

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             Se ambienta, por lo tanto, Tres anuncios en las afueras en un lugar donde nunca pasa nada, según marcan los cánones, y para ello McDonagh se inventa la población de Ebbing —cuyo nombre además figura en el título original de la película en inglés— en un Estado como Missouri, que si bien se halla bastante distante de la frontera mexicana, una de sus principales ciudades, St. Louis, a causa de su posición junto al río, constituyó históricamente el nudo gordiano de las comunicaciones entre el este y el oeste de los Estados Unidos.

 anuncios               Ése es, pues, el contexto para situar la acción de una película que se articula sobre un hecho brutal —la violación e incineración de una joven— al que no asiste el espectador y que parece apuntar a un filme policial —de hecho, la presencia de los agentes es constante durante toda la cinta—, pero no es ésa la verdadera interpretación de esta película, dado que, a mi entender, lo que Tres anuncios traslada a la pantalla son las frustraciones personales o las brutalidades cotidianas. En tal sentido, el de las frustraciones personales, hay que destacar de manera muy especial el personaje Mildred Hayes, magníficamente interpretado por Frances McDormand, que también protagoniza, entre otras muchas, Fargo (1996), de los hermanos Coen, otro filme muy al límite de las sociedades humanas, en este caso, en el norte del país de los grandes sueños.

                Y eso es lo que interesa a McDonagh en Tres anuncios: mostrarnos la textura humana de los personajes, un poco exageradillo quizá en cuanto a la violencia, pero de todo punto creíble. Unos personajes que arrastran unas vidas sin horizontes de la mejor manera posible.

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               Dentro de ese entramado, me gustaría destacar dos cuestiones. La primera se refiere a cómo toda la historia se rellena con el vacío. Un vacío infinito, podríamos decir, pero no porque carezca de todo, sino porque, insisto, todo lo cubre y para comprender lo cual tan sólo necesitamos reparar en el título: Tres anuncios en las afueras, puesto que el pequeño detalle de tres vallas publicitarias olvidadas en una carretera secundaria —de hecho, ni siquiera el propietario de esos espacios los recordaba, porque la última vez que se utilizaron fue hace más treinta años— es lo que activa toda la película. Se trata del inmenso poder generador de las cosas insignificantes o la consagración de la nada.

 anuncios               En esa dinámica de sublimación de lo minúsculo, además de dar papel a un buñuelísimo enano, no me parece casual la invención del nombre del pueblo, Ebbing, puesto que se trata de la forma –ing del verbo inglés to ebb, que significa ‘decaer’ o ‘disminuir’. Una pequeña broma del guionista-director, que nos permite dirigirnos al otro aspecto que quiero destacar de esta película: el humor.

            A partir de ahí, es decir, las tras vallas olvidadas, asistimos en efecto a toda una galería de situaciones y personajes donde las situaciones trágicas, incluso sangrientas se trenzan con las cómicas. ¿Podríamos hablar de humor negro? Ése es el concepto que utiliza la crítica al referirse al cine de McDonagh y bueno, sí, algo de eso hay. Pero yo creo que debemos ir más allá. Humor negro, a mi entender, es cuando a un personaje le arrancan un brazo, por ejemplo, y aquello se traslada al espectador como si fuera un tartazo en la cara. Humor negro es, por ejemplo, lo que se ve en dos filmes neozelandeses, ambas del año 2014: Housebound, de Gerard Johnstone, o Lo que hacemos en las sombras, de Taika Waititi y Jemaine Clement. Humor negro es cuando se enlazan situaciones hilarantes alrededor de un difunto, como Guantanamera (1995), de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío. Pero es que en Tres anuncios en las afueras la situación es muy diferente.

  anuncios              Nos hallamos ante una situación muy trágica, que es la que desencadena toda la acción, pero los gags no se refieren realmente a la violación e incineración de la joven, sino que se incorporan al perfil de los personajes y a sus vivencias cotidianas. No se trata además de chistes fáciles, sino de un humor depurado (prefiero no citar ningún ejemplo para no estropear el disfrute a los futuros espectadores de esta película). Por ello, si se ha acuñado el binomio “comedia inteligente” para referirse a este tipo de humor en circunstancias agradables, creo que debemos hablar de “tragedia inteligente” para analizar Tres anuncios en las afueras. Si se habla de risa inteligente para categorizar a los humoristas lúcidos, es de justicia considerar llanto inteligente a una película como la que ahora nos ocupa.

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                Pero además, y con esto concluyo, es que la vida es así. Es que los momentos cómicos salpican los instantes más tristes. No se trata de que los muertos hagan cosas divertidas es que, quizá como un mecanismo de defensa, los vivos necesitamos aliviar las penas y la plasmación de la vida, con todas sus incoherencias, es una de las constantes del proceso creador de Martin McDonagh (véase de nuevo en Wikipedia).