Manuel Sánchez-Campillo – La mirada de la muerte en El hombre del corazón de hierro (2017), de Cédric Jimenez

            HierroNo se le puede negar a Hitler que conociera bien a sus hombres, pues el apelativo que da título a la película se lo puso el propio Führer. Cuenta la historia de Reinhard Heydrich (Jason Clarke), Reichsprotektor en Praga durante la ocupación alemana de Checoslovaquia, asesinado en un atentado. Justo en el momento del atentado, el filme se detiene dos veces para dar lugar a dos largos flashbacks. El primero le sirve al director para contar el ascenso del personaje dentro de las SS, que, en realidad, se produce después de su matrimonio con Lina von Osten (Rosamund Pike) responsable de la nazificación de su marido. Una mujer influyente, rica, amiga íntima de Himmler. Después de la guerra escribió un libro de memorias, Viviendo con un criminal de guerra; aseguraba desconocer lo que había hecho su marido a pesar de que siempre mantuvo una cierta ambigüedad en su defensa del Tercer Reich.

         Los primeros pasos como asesino los dará Heydrich en la Noche de los cuchillos largos; se acabará de confirmar en las funestas Einsaztgruppen, responsables de la muerte de miles de judíos, que cavaban antes su propia fosa, en Ucrania y otros países del este europeo.

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                Recuerda aquí al nazi que creó Jonathan Littel en su novela Las benévolas, atildado y amante de la música, capaz de ensayar con su hijo una sonata de Händel. De hecho, en los primeros planos de la película, la cámara sigue al personaje de cerca, sin que veamos su rostro, hasta que termina de vestirse, como Schindler en el largometraje de Spielberg.

           HierroDe la mano del propio Himmler, pasará de los Einsaztgruppen a organizar un servicio de inteligencia al que se aplicará con método y dedicación para exterminar a los judíos e incluso para extorsionar a aquellos generales del ejército alemán de los que pretendía conseguir algo. Participó en la conferencia de Wannsee para la Solución Final, el genocidio de todos los judíos de Europa. En el lecho de muerte, agonizando, entregó a Himmler los documentos de la Endlösung, última contribución de un infatigable trabajador del crimen en masa.

         Como decíamos, la escena del atentado vuelve a detenerse en el segundo de los hombres que lo perpetra. Este segundo flashback a que da lugar cuenta la preparación del atentado por un comando de dos checos adiestrados por el ejército británico. Dos muchachos jóvenes que conocen el amor; ilusionados, uno, con una nueva vida en América; el otro, con volver a Praga y casarse.

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Hierro         La tercera parte la constituyen la narración del atentado y los días posteriores. Sigue con bastante fidelidad las circunstancias históricas: la espera al salir de una curva donde el conductor de Heydrich tenía que reducir la velocidad; el fusil encasquillado de uno de los miembros del comando, por lo que el otro se verá obligado a lanzar una granada casera dentro del coche del SS. Estallará, pero, aun así, Heydrich saldrá pistola en mano para perseguir a uno de ellos antes de desplomarse. Heydrich murió al cabo de unos días. Se inició entonces una persecución implacable, llegando a asesinar, como castigo, a todos los hombres del pueblo de Lídice, que fue incendiado, arrasado. Los dos hombres del comando junto con otros miembros de la resistencia que los ayudaron fueron traicionados y se refugiaron en la Iglesia de los Santos Cirilo y Metodio.

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            Todavía allí se guarda recuerdo del tiroteo dentro del iglesia. Los dos checos del comando fueron los últimos en morir. Se encerraron en una cripta que inundaron los nazis para forzarlos a salir. Su suicidio en el último momento sobrecoge: dos héroes que, al modo clásico, han de aceptar su final. Deseosos de vivir, solo les queda la esperanza religiosa que les concede el director en forma de rosario que se hunde con ellos.

              HierroNo en estos dos personajes que se suicidan con un disparo, sino en la muerte de otros miembros de la resistencia que los acompañan en la iglesia, el director enturbia la imagen, como si penetráramos en la mirada neblinosa del moribundo. Lo hace también durante la agonía de Reinhard Heydrich. Es la llegada de la muerte, que, como en las danzas de la muerte medievales, a todos nos iguala.