Francisco Javier Rodríguez Barranco

            Pero, vamos, que el título original es Hell or High Water, de donde a uno le queda la duda del nivel de exigencia profesional de los traductores de títulos. Luego, durante la película nos enteramos que “comanche” significa ‘enemigo de todos’, que no está mal como mensaje central y además se ajusta bastante al tono de la película, aunque en términos lingüísticos puros, en fin, que había otras opciones. Una vez dicho lo cual, utilizaremos el nombre en español. Es lo que hay.

         La hierba o, al menos, cuando hay hierba es azul en Texas, así lo proclama su principal género musical, el bluegrass, una mezcla muy afortunada de country y blues, es decir, una fusión de la desgana, de la entonación cansada, del country con el fatalismo del blues. Y eso es lo que nos hallamos en Comanchería (2016), de David Mackenzie: actitudes desgastadas, vidas sin horizontes en la región, Texas, de los espacios infinitos.

           Una película que se inicia con una cita que supone un ataque directo al sistema financiero, algo que, por cierto, se mantiene a lo largo de todo el filme, pero que es algo más que eso, puesto que se trata de un largometraje donde los ladrones roban sin quererlo y, desde luego, sin saber hacerlo: “Ah, que sois unos aficionados”, comprende una cajera también en la escena inicial, “pues ya os podéis ir de aquí. Hasta ahora sólo habéis hecho el estúpido” (cito de memoria). Un comentario que enerva a uno de los atracadores más que la cuantía de lo sustraído.

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         Una camarera en una ocasión pregunta a los comensales qué es lo que no quieren, porque realmente sólo preparan un plato, así que la elección de los clientes no consiste en lo que desean, sino en descartar una de las dos posibles guarniciones. Otra camarera se niega a entregar unos billetes, presuntamente robados, a la policía porque ese dinero significa su propina.

         Los ladrones son ladrones sin quererlo, las camareras son camareras sin desearlo, los hijos son hijos sin pretenderlo, los divorciados ignoran la razón de su separación e incluso la policía es policía sin que uno sepa muy bien por qué.

         Sencillamente se trata de vidas erosionadas por la existencia, arropadas por una banda sonora en la que quiero destacar el tema “Dust of the Chase”, de Ray Willie Hubbard. “I am lost in the dust of the chase my life brings”, proclama el cantante. “Estoy perdido en el polvo de la persecución que mi vida lleva”. Yo creo que no es fácil afirmarlo con mayor precisión.

         Porque eso es exactamente lo que observamos en Comanchería: vidas desgastadas, narrado todo ello sin moralina, sin héroes, sin villanos, sin declamaciones metafísicas, sin dramatismo y, por supuesto, sin patetismo. Si es que, realmente, ¿qué sentido tienen las declamaciones desgarradas cuando no somos más que polvo en el viento, si recordamos la inmortal, precisamente por su rabiosa mortalidad, canción de Kansas? ¿De qué nos valen los aspavientos, físicos y morales, cuando nos hallamos ante el fantasma de nuestra propia vida?

        Algo así como el devenir normal por un valle donde ya ni las lágrimas riegan el suelo.

         No es la primera vez que la filmografía norteamericana utiliza el salvaje oeste como escenario para referirse a otras cosas y muy significativas son dos conocidísimas y muy recientes películas de los hermanos Coen, según ya he comentado en otro lugar: No es país para viejos (2007), que consiste una visión muy particular del Apocalipsis, y Valor de ley (2010), que recrea con total libertad de forma el dogma de Santísima Trinidad y cuyo título original es True Grit, es decir, ‘pura arenilla’ o ‘pura mota de polvo’, que dista bastante del utilizado en español, y a mi modo de ver es una metáfora del famoso aforismo “porque polvo eres y en polvo te convertirás”, algo que conecta bastante con el tono de Comanchería, la película cuyo comentario nos comentario nos ocupa en estos momentos.

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        Chris Pine y Ben Foster realizan magníficos trabajos en sus papeles de hermanos atracabancos (no sé si la palabra “ladrones” les encaja en sentido estricto), pero permitidme que me quede con Jeff Bridges, quien, por cierto, también es el protagonista de la recién mencionada Valor de ley y que en Comachería da vida a un ranger a punto de jubliarse, un hombre cascado con voz de cascajo: es lo bueno que tiene ver películas en versión original, que te permite apreciar esos matices esenciales. Vida lijada, voz triturada.

           Creo que este personaje, puesto que es el de mayor edad en el filme, salvo quizá alguna camarera de las que sirven café a tutiplén en los bares rurales o de carretera, con su nombre grabado en una placa de baquelita colgada de la bata, y precisamente por haber recorrido ya un gran trecho de la segunda navegación, en terminología platónica, personifica, me refiero a Bridges, gran parte de mis consideraciones anteriores: un policía cuyo método de investigación consiste en la pasividad observadora. Jeff Bridges, el ranger que interpreta en Comanchería se sienta en el porche de un motel para ver pasar a los ladrones, como otros se sientan en la puerta de su casa para ver pasar el cadáver de su enemigo, lo que nos recuerda el significado de la palabra “comanche”, al menos lo que de esa palabra se informa en este largometraje. Como otros se sientan a la puerta de su casa para ver pasar su propio cadáver.

         Si es que, nos pongamos, como nos pongamos, la hierba es azul y las aristas se redondean con el paso del tiempo. La vida es como una serpiente de cascabel y la muerte te llega cuando tu cuerpo se interpone en el camino de alguna bala. Tan sencillo como eso.

          Ay, ay, ay, ya lo dice Dolly Parton en un tema mítico: “The Grass Is Blue”, con todas las connotaciones que la palabra “blue” tiene en inglés.