Francisco Javier Rodríguez Barranco reseña Alma mater

 Alma               No, no me estoy refiriendo a los campos de batalla, la dinámica de las tropas, las trincheras y esas cosas: cuando de la guerra por dentro, me refiero al interior de las personas que padecen los conflictos sin ser partes de él. Sin comerlo ni beberlo. Como una maldición que les cae encima. Eso es lo que refleja el belga Philippe Van Leeuw en Alma mater  (2017): un muestrario de personajes atormentados que no pueden salir al exterior sin arriesgar sus vidas a causa de los francotiradores y las bombas.

                Para mayor introspección, según señalábamos al final del párrafo anterior, algo así como el 99% de la película discurre en el interior de una misma casa, donde todo podría parecer normal: el abuelo que vive con la familia y se eterniza en el cuarto de baño; las adolescentes que ponen los ojos en blanco y ya buscan sus primeros escarceos amorosos; la madre que se preocupa por la casa y vigila a la prole; el nieto que hace la tarea escolar con el abuelo; etcétera. Nada que no veamos a diario en cualquier hogar de nuestro entorno. Es sólo que alrededor del domicilio donde todo sucede está discurriendo una guerra y entonces suceden cosas que ya no nos resultan tan habituales: los cortes de agua y luz, la pobreza de la señal wi-fi, el tener que esconderse en la cocina cada vez que caen las bombas, los saqueos de los forajidos de la guerra, etcétera.

 Alma               Y ya hemos adelantado la imposibilidad o grave riesgo de salir a la calle, lo cual de manera inevitable emparenta esta película con El ángel exterminador (1962), de Luis Buñuel, pero existe una diferencia importante, pues mientras en el filme del director español nunca llegamos a saber qué impide a los personajes salir de la estancia en que se hallan, lo que se presta a todo tipo de interpretaciones, en Alma mater sí existe una razón, por desgracia, demasiado explícita. Pero el agobio de estar atenazados a una circunstancia es el mismo.

  Alma              Sólo se ve un personaje tiroteado en la distancia al inicio de la película y no es necesario que asistamos a más horrores para conocer la verdadera dimensión del drama, que es el que se desarrolla dentro de cada uno de los caracteres que aparecen en este largometraje, cuya situación exacta no se explicita. Podría ser Siria, puesto que es la guerra en Oriente Medio que más espacio ocupa en nuestras mentes, o el eterno conflicto palestino-israelí, pero no se aclara dónde sucede el conflicto, más allá de ver a una familia árabe, pero ya bastante occidentalizada en sus hábitos. De ahí que la historia que se ofrece al espectador tiene valor universal, porque se relaciona con el mundo oriental por la lengua: el árabe; pero también se refiere al mundo occidental por el modo de vida que vemos en la pantalla.

                No es un episodio de guerra lo que Van Leeuw quiere desarrollar en su película, sino algo con valor universal para el ser humano y que podríamos perseguir en El miedo a la libertad, de Erich Fromm, como es sabido, que pretende averiguar el significado de la libertad para el hombre de 1941, fecha de la publicación de esta obra, en plena Segunda Guerra Mundial. Creo que este párrafo es bastante ilustrativo:

También la amenaza de la guerra ha contribuido a aumentar el sentimiento de impotencia individual. Por cierto no faltaron guerras durante el siglo xix; pero, desde la Primera Guerra Mundial, las posibilidades de destrucción han aumentado de una manera tan tremenda, que la amenaza de un conflicto bélico se ha convertido en una pesadilla que, aun cuando pueda permanecer inconsciente en muchas personas hasta tanto su país no se vea directamente envuelto en la guerra, no deja de ensombrecer sus vidas y acrecentar el sentimiento de pánico e impotencia. Por otra parte las categorías de la población que pueden ser afectadas por el conflicto han aumentado de tal manera que ahora comprenden a todo el mundo sin excepción.[1]

                Lo que se parece bastante al planteamiento básico de Alma mater: una destrucción de la libertad de las personas que alcanza a toda la población.

Alma

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               El miedo, pues, como la gran barrera de las acciones del ser humano, quien en una situación como la esbozada en los párrafos anteriores se convierte en un lobo para el hombre, según la conocida sentencia de Plauto en Asinaria, más conocida como la Comedia de los asnos. Dice así: Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit, lo que significa: ‘Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro’, que, por cierto, fue contestado por Séneca con una cierta dosis de idealismo rousseuniano, valga el anacronismo: “La naturaleza nos hizo hermanos a todos, engendrándonos de la misma materia y para el mismo fin. Inspironos mutuo amor y a todos nos hizo sociables: ella estableció la justicia y la equidad”[2]. Mas la realidad cotidiana dista mucho de esa bondad natural: “¿No es vergonzoso que los hombres, cuyo carácter se formó tan dulce, se complazcan en derramar sangre de unos y otros? […]. Al hombre, a esta cosa sagrada que se llama hombre, se le mata por recreo y diversión: en otro tiempo se vacilaba en enseñarle a atacar y defenderse; pero hoy se le exhibe ante el pueblo inerme y desnudo, porque es bello espectáculo verle morir”[3].

Alma                De ahí que haya triunfado la famosa sentencia de Hobbes en De Cive, obviamente basada en Plauto: Homo homini lupus. “El hombre es un auténtico lobo para el hombre”[4], lo cual se desarrolla en numerosos pasajes de esta obra, como el siguiente: “Pero la razón más frecuente de que los hombres deseen hacerse daño mutuamente surge de esto: que muchos hombres, al mismo tiempo, apetecen una misma cosa, la cual no puede generalmente disfrutarse en común ni ser dividida. De lo cual se sigue que los más fuertes son los que podrán conseguirla siendo la espada la que decida quién es el más fuerte”[5]. Lo cual es exactamente la situación que se describe en Alma mater, donde los mejor armados son quienes imponen su voluntad y cometen los latrocinios.

Alma                Así, entre todos los personajes de ese filme surge con fuerza el personaje de la madre, que lo encontramos en Halima, a quien da vida Diamand Bou Abboud, pero sobre todo en Oum Yazan, magníficamente interpretada, con sobriedad y firmeza, por Hiam Abbas, actriz y directora de cine palestina, con ciudadanías israelí y francesa, lo que una vez más vincula Oriente y Occidente en una película que aspira a tener valor universal, según ya hemos señalado, siendo así que Hiam perfila una mujer que se sitúa en el centro de tres generaciones y ha de elegir lo malo para evitar lo peor.

Alma

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              Se trata, pues, de un largometraje que retrata el alma de una madre y que por ello mismo se adentra en lo más profundo de la naturaleza humana.

[1] Fromm, Erich: El miedo a la libertad, Buenos Aires, Paídos, 2009, pp. 163-164.

[2] Séneca, Lucio Anneo: Cartas a Lucilio o Epístolas morales. Corresponde la cita a la carta XCV, titulada “Los preceptos solos no engendran la virtud: necesaria son las máximas generales”. He consultado la siguiente edición: Madrid, Luis Navarro, editor, 1884, p. 420.

[3] Ibidem, p. 415.

[4] Hobbes, Thomas: De Cive. Madrid, Alianza, 2000, pp. 33-34.

[5] Ibidem, p. 60.