Francisco Javier Rodríguez Barranco – La guerra de nunca acabar en África

Tánger, 4 de mayo de 2017

 

        Una de las mayores atrocidades que pueden suceder a un país es una guerra civil. De hecho, no se me ocurre algo peor.

      Imaginemos ahora que tribus milenariamente rivales son encorsetadas en un mismo estado por los colonizadores blancos y que ello se realiza después de haber desarraigado a los pobladores nativos de África de sus tradicionales medios de vida, y además se les regalan gratis total, previo pago de su importe, naturalmente, todo un arsenal de armas que jamás han pertenecido a su cultura. Creo que se dan las condiciones idóneas para que aquello se convierta en una carnicería, como así ha sucedido, como así está sucediendo, pues hoy, sin ir más lejos, hemos leído en la prensa que el ministro más joven del gabinete somalí ha sido muerto por la policía, al parecer a causa de un error. Y puede que lo del error sea cierto, pero estas cosas ocurren en una sociedad dominada por un ambiente bélico.

       Pues bien, de todo eso va la película congoleña Maman Colonelle (2016), de Dieudo Hamadi, que hoy se ha proyectado dentro del Festival de Cine Africano de Tarifa, en su extensión a Tánger, que se ofrece como un documental, pero podríamos decir que un falso documental, o documental creativo, como ya comentamos al hablar de L’abre sans fruit, puesto que también el filme de Hamadi que ahora nos ocupa lo que se pretende es convertir al público en un espectador de una realidad que se impone a la ficción y difiere en eso, por lo tanto, de un formato estándar de documental con valoraciones objetivas, cifras, etcétera.

       Es el espectador quien tiene que completar la película y participar en ella de una manera activa. Eso es lo que se espera de él: que cumpla un papel de observador de la realidad y que saque sus propias conclusiones sobre los hechos que se despliegan ante sus ojos.

       Así, Maman Colonelle narra la inquebrantable lucha de una coronel, la coronel Horancine para mayor exactitud, de la policía congoleña, destinada en la unidad de protección de la infancia y la mujer, por aliviar el sufrimiento que la última guerra civil ha dejado en el país y cuyas secuelas aún duran.

      Salvo quizá lo de Eritrea, que en realidad se trató de una escisión, yo no recuerdo una guerra en África de un país contra otro. Bueno, sí, tenemos la cuestión del Sahara Occidental, tan deplorablemente descolonizada por España, que enfrentó a Marruecos por un lado y Argelia y Mauritania, por otro, siendo así que las hostilidades aún permanecen. Pero no hubo la invasión de un país por otro, sino que se trataba, se trata, de los esfuerzos de esas tres naciones por controlar una determinada región, a quien se le ha negado la posibilidad de ser realmente independiente, puesto que el pueblo saharaui ha pasado de una dominación a otra.

      Y si los conflictos no han cesado en África, pero se dan dentro de las fronteras de los diferentes países es porque el modo en que el hombre blanco trazó el mapa de ese continente ha sido una de las mayores crueldades de la Historia de la Humanidad.

     Por ello, en Maman Colonelle, que ha formado parte de la Berlinale, nos hallamos con niños maltratados o víctimas de abusos sexuales, mujeres violadas, maridos muertos, mutilados sin distinción de edad o sexo, etcétera. Todo ello, insisto, como consecuencia de la última guerra en Congo. No hay alegría en los inmensos ojos de esos niños y las mujeres parecen resignadas a su suerte: si no fuera demasiado trágico, podríamos decir que la guerra es lo único verdaderamente democrático en África, pues se extiende a toda la población de una u otra manera.

     Por otro lado, Homo lupus homini, puesto que en un momento dado se presenta la posibilidad de acoger a una agrupación de mutilados en el centro donde la coronel aloja a las mujeres víctimas de violaciones y éstas se niegan. De la misma manera que cuando los mutilados se presentan ante la coronel le exponen que lo suyo sí es un verdadero problema, que lo de las mujeres se refiere a una violaciones que ocurrieron hace mucho tiempo, mientras que los miembros amputados no han regresado al cuerpo humano, salvo en la forma de prótesis, de la que no gozan todos.

      guerraDe ahí que este documental de Hamadi, a pesar de la poca ortodoxia de su formato, no pretende demonizar, sino que abre las puertas del Congo país y del Congo río para que sea el espectador quien opine.

      Y bien, ¿qué futuro cabe esperar? Por un lado nos encontramos con una situación de miseria absoluta, tanto en zonas urbanas, como rurales. Por otro, la estructura del estado, en general, y de las infraestructuras, en particular, es paupérrima, hasta el punto de que la policía se ve obligada a pedir donaciones a la población para poder llevar a cabo su labor social: en la película se ve, por ejemplo, que muchas veces ni siquiera funcionan los megáfonos de la policía. Y por fin, que las tribus rivales van a seguir compartiendo espacio, cada vez con más muertos que echarse unos a las caras de los otros, de lo que no cabe albergar demasiadas esperanzas.

      Es muy poco, realmente, lo que la coronel Horancine puede hacer. Apenas administrar una tila cuando el cuerpo padece gangrena. Pero sirva este documental de Dieudo Hamadi para conocer casi de primera mano la realidad cotidiana de un continente que se desangra y valga también como homenaje a la tenacidad de esa mujer.