Enrique Gallud Jardiel – Julio César (Joseph L. Mankiewicz, 1953)

JulioVamos a contar aquí

en esta crítica nuestra

de una película que

ya la ha olvidado la peña

pero que era, sin embargo,

interesante y muy buena,

los sucesos que llevaron

a la muerte a Julio César,

que no falleció de anginas

ni de fiebre tifoidea,

sino de unas puñaladas

dadas con mano certera,

repartidas sabiamente

entre el cuello y las caderas,

entre un costado y el otro,

entre el bazo y la azotea.

 

La cosa comenzó el día

que dijo la frase esa

que se sabe todo el mundo;

ya saben cuál digo: «Alea

jacta est», lo que equivale

a decir que no hay más cera

que la que arde y que la Historia

le obligaba, puñetera,

a dar un golpe de estado,

a liarse a la cabeza

la manta y cruzar el río

Rubicón, que entonces era

(como dicen los imbéciles)

una «zona de no-guerra».

 

JulioComo fuere: fue y lo hizo.

Y toda la patulea

de Roma le aclamó mucho,

bendijeron a su abuela,

le sepultaron en flores,

dieron vítores con fuerza

que casi le dejan sordo

y mostraron su aquiescencia

a acabar con la República

en unánime revuelta

y apoyar la dictadura,

que es una forma concreta

de gobierno que consiste

en que mande un sinvergüenza.

 

César, por todos sus actos,

tenía una fama tremenda:

conquistó toda la Galia

y un barrio de Pontevedra,

y cuando fue a Alejandría

hizo arder la Biblioteca.

Esto gustó mucho en Roma,

donde la tirria era intensa

al clan de los Ptolomeos,

por lo que hubo una gran juerga

entre los romanos cuando

lo leyeron en la prensa.

Julio

Además de estas hazañas,

César tenía cosas buenas,

le adornaban mil virtudes:

sabía tocar la muñeira

en una gaita que le

regaló un amigo celta;

tenía enormes aptitudes

para tenor de zarzuela;

podía recitar a Horacio

y pintar a la acuarela;

su mente era tan potente

que hasta comprendía el teorema

de Pitágoras, el griego;

era un tremendo estratega;

sabía redactar mejor

que Cervantes y Saavedra

juntos; según sus amigos,

hacía el arroz con almejas

mejor de todo el Imperio

Romano, con diferencia;

no sólo esto: era guapo,

hermoso y de gran belleza,

por lo que ligaba mucho,

debido a su buena percha;

no era calvo, no, ¡qué va!,

como la Historia nos cuenta

(escrita por enemigos),

sólo sufría alopecia,

una disfunción pelar

e insuficiencia melénica,

pero, con arte e ingenio,

solventó pronto el problema

y se encargó un peluquín

hecho con pelo de cebra

que la antiestética calva

le disimulaba entera.

 

JulioMás César era ambicioso.

Quiso dominar la tierra:

Hispania, Galia, Bretaña

Murcia y hasta el Congo Belga,

por lo menos; se creía

que era el Alfa y el Omega,

poseía un ego más grande

que todo el Imperio persa

y era un tío más flamenco

que la Niña de la Puebla.

Así es que el hombre tenía

metido entre ceja y ceja

ser el dictador de Roma

con toda plenipotencia

y para ello estaba listo

a armar la marimorena.

 

JulioPero no nos dilatemos:

vamos a entrar en materia.

Al saberse que Julito

preparaba una revuelta,

los senadores, reunidos

a la hora de la merienda

—y tras tomarse tres tazas

de Cola-Cao con galletas—,

ni cortos ni perezosos

emprendieron la tarea

de conspirar en su contra

y pensar una estrategia

para librarse de él

y acabar con el dilema.

Julio

«La cosa no se resuelve

con ponerle una querella»,

dijo alguien. (No damos nombres,

que chivarse es cosa fea.)

«Según opinión de muchos,

César es una culebra

que se le ha enroscado a Roma

y le sube por la pierna»,

dijo otro. «Agradecería

que nos evitaras esas

comparaciones que haces

y que resultan tan desa-

gradables», le interrumpieron.

Otro iba a echar una arenga,

pero el líder, muy prudente,

le cortó la verborrea

diciendo: «La solución

es trágica, cual Medea,

pero no hay otro remedio:

¡hemos de endiñarle mecha!

JulioSi tenéis fuerza y valor

todo irá como la seda.

Y si alguien se achanta, ya

sabe dónde está la puerta.

¿Estáis de acuerdo?» «¡Lo estamos!»

«¡Muy bien! Pues ya sólo queda

el cómo, el cuándo y el dónde».

(No piense mal el que lea;

no juzgue mal a estos tipos

viendo el crimen que planean,

pues comparados con Julio,

que estudiaba para déspota,

aquellos carcas traidores

parecían ser de izquierdas.)

 

La conversación siguió

hasta la hora de la cena.

«¿Le matamos en el Foro

cuando esté pasando cuentas

o cuando vaya a hacer jogging

junto al templo de Minerva?»

«¿Quién le pinchará primero?»

«Sorteemos papeletas

con nuestros nombres.» «¿Y cuándo?

¡Hay que elegir una fecha!»

«En marzo, que ya no llueve.»

«Tenemos aquí un problema:

no poseemos puñales.»

«Haremos una colecta

para comprar tres o cuatro,

o quizá media docena.»

«O uno y lo vamos pasando,

y así ahorramos.» «¡Buena idea!»

Julio

Por fin llegó el día fatídico

que inspiró muchas comedias

a Shakespeare y a otros señores

que no tenía materia

ni imaginación y usaron

la vida de Julio César

(yo estoy haciendo lo mismo:

no me lo tengan en cuenta.)

Dicen que hubo mil prodigios:

luces en el cielo, grietas

en las paredes, los gatos

maullaban por peteneras,

había tigres en las calles,

abogados y otras fieras.

Los presagios avisaban

de que lo sensato era

pasarse el día en la cama

y no aventurarse fuera,

para evitar los fantasmas

y no romperse una pierna,

que el asfaltado de Roma

siempre estaba hecho una pena.

 

 

 

JulioCalpurnia, supersticiosa

y asustada hasta la médula,

aconseja su marido

que no acuda a la asamblea:

«No vayas al Capitolio:

diles que tienes paperas».

Pero César, emperrado

en que es un día de faena

y en que no hay que hacer ni caso

de trasgos y de pamemas,

desayuna y con su toga

se dirige con presteza

a su oficina (el Senado)

para ver lo que se pesca.

 

Julio

Unos tipos con aspecto

de no haber dormido esperan

a que llegue el dictador

y suba las escaleras.

El líder de los rebeldes,

al ver que César se acerca,

dice: «Limpiad el puñal.

Morirá, mas con asepsia».

Un segundo conjurado

saca el cuchillo (que era

alquilado por un día

y había que darlo de vuelta)

y se lo muestra a la víctima,

que enseguida se da cuenta

de que van con las del beri

(eso se veía a la legua),

de que ha metido la pata

y que, en realidad, hubiera

debido quedarse en casa

y hacer caso a la parienta.

 

JulioQuiere evitar su destino

usando su don de lenguas,

por ver si puede liarles,

y exclama: «¿No os da vergüenza?»

Pero se ve interrumpido.

«¡No estamos para monsergas!»

Y entonces los asesinos

emplean la contraseña

(que, por cierto, consistía

en tocarse con la yema

del meñique la nariz,

sacando a un tiempo la lengua)

y como chacales fieros

dan un salto hacia su presa

dispuestos para una es-

cabechina, ¡los muy bestias!

 

César, que les ve venir,

la palma con gran presteza

del corazón, sin dar tiempo

a que se acerquen siquiera.

Muriendo así se libró

de pagar sus hipotecas

y en lo que respecta a él

allí acabó su tragedia.

 

Claro, queda su agresor,

a quien pilla por sorpresa

el infarto y se detiene

gritando: «¡Maldita sea!

¡Y yo que he estado ensayando

a apuñalar con destreza…!

Hemos hecho un gran ridículo.

¡Marte, qué suerte más perra!»

«No pasa nada», asegura

el líder. «Si se planea

algo, ha de llevarse a cabo.

Aunque esté muerto no es ésa

razón de no apuñalarle,

pues no le hace diferencia.

Acabemos de una vez

con lo nuestro y ¡allá penas!».

 

JulioDicho y hecho: los rebeldes

se metieron en materia

con lo que al fin y a la postre

le sacaron las mantecas;

de cuchilladas le dieron

al menos varias docenas,

pues le estuvieron pinchando

al menos una hora y media

sin parar, porque le apu-

ñalaban de pura inercia,

y le pusieron perdida

de sangre la vestimenta;

y así, al final, parecía

no un político ni un césar,

ni siquiera un hombre, sólo

mermelada de frambuesa.

Julio

 

Esta historia de ambiciones

contiene una moraleja:

a las gentes no les gustan

los hombres que las superan

en gloria, seso o virtudes.

Todos los mediocres llevan

muy mal que haya hombres mejores.

Y por eso, si te dejas,

en la primera ocasión

ponen tu nombre a una esquela.

Julio