Francisco Javier Rodríguez Barranco

             Cuando se viaja, es lógico encontrar diferencias. Si el viaje consiste en “cruzar el charco”, es perfectamente esperable que las diferencias aumenten. Lo que resulta estremecedoramente agradable es comprobar la diversidad de posibilidades tan inmensas como da dentro del subcontinente hispanoamericano. Algo de lo que da buena muestra la sección Territorio Latinoamericano, dentro del Festival de Málaga de Cine Español.

              Así, el día en que se inauguraba esa sección dentro de la 16ª edición del Festival, nos hemos encontrado con dos películas radicalmente diferentes: la peruana Casa dentro, de Joanna Lombardi Pollarolo, y la venezolana Piedra, papel o tijera, de Hernán Jabes.

             Lo primero de lo que quiero dejar constancia, sin embargo, es de un apreciable incremento de espectadores a esta sección, tradicionalmente la gran Cenicienta del Festival. Eso es, al menos, lo que he apreciado hoy en la Sala 2 del Cine Albéniz. Quizá porque era sábado. En todo caso, me parece un incremento esperanzador de un componente oficial al certamen, que también recibe su Biznaga de plata, sobre todo porque la desatención habitual del público hacia esta selección de películas en habla hispana me resulta de todo punto injustificada, primero porque se trata de películas mu cribadas, muchas de las cuales han formado parte del cartel oficial de otros eventos, y segundo, porque de no ser en el Festival de Málaga, es prácticamente imposible poder disfrutarlas en las salas comerciales de España, toda vez que su distribución por nuestro país es menguada o, directamente, nula.

           Casadentro-286506470-largePues, bien, centrados ya en las películas en sí, asistimos en Casa dentro a un drama familiar, con todo el dramatismo que puede imponer el que no suceda absolutamente nada dramático. Se trata de un día en que se celebra el cumpleaños de la matriarca de tres generaciones de mujeres: la de la bisabuela nonagenaria, la abuela, la madre; y aun podríamos añadir una cuarta generación: la de la biznieta con dos meses de vida, de la que realmente sólo tenemos noticias por referencias. Pues bien, toda la película transcurre en el seno de un caserón y no se explicita de qué ciudad, probablemente Lima, pero eso no es lo importante. Lo importante es que esas mujeres, junto con las criadas, separadas también por una generación de diferencia, viven vidas oscuras, silenciosas, vacías. Un detalle cargado de simbolismo es el de que todos los armarios de la casa, de los roperos a las alacenas de bebidas, pasando por los muebles de cocina, están cerrados con llave. No hay ni una lucecita de esperanza. Son vidas gastadas por la vida, incluso para la más joven de ellas, la madre de la biznieta, agotada por la crianza del bebé y sin leche en sus pechos. Nada se dice explícitamente de por qué sus vidas son así, aunque se deja entrever que todo radica en la maléfica faena del tiempo. Estamos hechos de tiempo, decía Borges, y eso es lo que parece evidenciarse en esta película, donde el principal índice de vitalidad es la inquietud por la localización de Tuna, la perra de la bisabuela. En esta película todo sucede en una misma casa, aunque utilizar aquí la palabra suceder es un mero hábito de escritura, porque suceder no sucede nada. Y sin embargo, sucede todo, precisamente porque no acontece nada, como decía más arriba. Es el drama del individuo. No hay muertos, pero no hace falta para esta historia.

        Piedra_papel_o_tijera-320697083-largeSeis son los personajes de Casa dentro, si incluimos al padre de la biznieta y si excluimos a esta en propiedad, frente a los casi cinco millones y medio de personas que habitan Caracas (según los datos de la Wikipedia para 2011). Pues bien, aunque la historia que narra Piedra, papel o tijera, una película indudablemente filial de Hermano (2011), de Marcel Rasquín, se reduce obviamente a un número limitado de personajes, podemos afirmar que toda la población caraqueña es personaje de la película de Jabes. Todo sucede en una vivienda en Casa dentro, mientras que toda la megalópolis capital de Venezuela es el escenario de Piedra, papel o tijera. La historia, realmente puede no parecer es excesivamente imaginativa en un principio: se trata de un secuestro exprés, tan real y tan habitual, lamentablemente, como la vida misma en determinadas regiones, de la América de habla hispana. No resulta tan normal todo el cúmulo de desafortunadas coincidencias que desembocan en un secuestro no planeado, ni tampoco el modo, también infaustamente azaroso en que se resuelve todo. Pero, definitivamente es toda la población de Caracas, es toda la ciudad de Caracas quien protagoniza esta película. Es el drama de toda una sociedad enferma, como explicitan los créditos al acabar el filme. En Piedra, papel o tijera acontece todo, precisamente porque acontece todo. Es el drama de la sociedad. Hay muchos muertos, porque hacen falta para esta historia.

       Y eso es lo que dio de sí el primer día de Territorio Latinoamericano: un juego de contrastes ¿Un juego de contrastes?