Francisco Javier Rodríguez Barranco – El espíritu de Antígona en Noces

   Noces             El Festival de Cine Francés de Málaga ha incluido en su programación de 2017 la película belga Noces (2016), de Stepehn Streker, que también firma el guion, si bien éste se basa en hechos reales, cuyo título se puede traducir por ‘Una boda’, que pasó por el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) y que fue galardonada Mejor película en el Festival de Cine Francófono de Anguleme.

                Una vez realizada la presentación oficial, podemos comentar que Noces nos sitúa ante la tragedia cotidiana de Occidente, que llega a Oriente, pero no se siente cómodo, y Oriente, que llega a Occidente, pero no de manera plena. Es decir, que se trata de una familia paquistaní establecida en Bélgica, en una ciudad de la que no se explicita el nombre, o si lo hace, a mí se me escapó, en apariencia bastante adaptada a la sociedad europea, pero manteniendo en la práctica todas sus tradiciones, de la que no es cuestión menor la boda de las hijas.

                En el caso que nos ocupa, se le permite a Zahira, que es el nombre de la protagonista, elegir entre tres fotos de tres jóvenes paquistaníes, que viven en Paquistán, e incluso hablar con ellos por Skype para mejor conocerse.

                De todo lo anterior, creo detectar dos contradicciones: la primera es el sometimiento  de la mujer al hombre en la cultura musulmana, según todos conocemos, pero a pesar de la escasa consideración que el, digamos, sexo débil merece en ese contexto, el honor de la familia sigue recayendo sobre ella, en cuestiones de castidad y matrimonio. Y la segunda contradicción que alcanzo a intuir es la aceptación plena de las innovaciones tecnológicas de Occidente por parte del islam junto al férreo mantenimiento de las tradiciones más arcaicas.

  Noces              En efecto, algo que desde nuestra óptica humanista puede parecernos trivial, como es la libre elección de marido, alcanza en el mundo árabe proporciones de tragedia mitológica, siempre como una carga moral sobre la mujer, pues, según ya mencioné, ella constituye la piedra angular de la reputación familiar.

                Una escena en Noces desvela que en el fondo se trata de asegurar la felicidad de la mujer, pues ello no es posible en la coyuntura de una mujer sola. «¿Cuántas mujeres solteras hay en esta calle?», pregunta el padre de Zahira al de Aurore, compañeras de instituto y grandes amigas, «Quince», se autocontesta, «que son las mismas que hay en todo Paquistán», apostilla. Pero es obvio que se trata de un planteamiento perverso y otra vuelta de tuerca en la sumisión de la mujer al hombre: para la poquita consideración que merece el sexo femenino, ¡hay que ver cuántas obligaciones recaen sobre él!

                Zahira, pues, se debate en el filme entre la vida occidental que conoce en el instituto y junto a Aurore y el contexto cultural al que pertenece su familia. Y decide ser feliz, lo que desencadenará la tragedia, lo cual es algo que merece un comentario y es que, si bien el final se intuye casi, casi desde los primeros compases de la película, cuando llega, estalla como un trueno, sacudiendo al espectador en su asiento.

  Noces              Contribuye a ello la escasez de filigranas estéticas con que está rodada Noces, pues se limita a narrar los hechos con la mayor sobriedad posible, prescindiendo por completo de cualquier tipo de aditamento musical, lo cual, a mi entender, subraya la realidad del filme. No hay ni una sola nota en este largometraje, ni siquiera cuando llegan los créditos finales, porque lo que se pretende plasmar es la vida en sí, con una gran carga documental, y los momentos más intensos de la vida no tienen por qué venir acompañados de una banda sonora.

                Pero no es Zahira una mujer fuerte o, al menos, no nos la presentan así. Sino que es una chica frágil, que duda, sufre, no reniega de sus creencias musulmanas y procura el bienestar de su familia, algo que para ella es muy importante. Con otras palabras, es Zahira una chica real, como hay millones con las que nos podríamos cruzar por la calle: apenas ha cumplido los dieciocho años y es todavía una estudiante de instituto con la desorientación que caracteriza a la adolescencia: sinceramente, me parece un despropósito que se pretenda imponer un código moral pétreo a una joven en esas circunstancias, limitando su libre albedrío a lo que ya hemos mencionado más arriba en cuanto a la elección de marido. El mero hecho de imponerle una boda me parece ya bastante demoledor.

   Noces             Se trata, ya hemos aludido a ello, de un largometraje basado en hechos reales, por lo que yo no sé si ha sido planeado así, o si se ha respetado fielmente al realidad, pero me llama mucho la atención la abundancia de nombres que empiezan por A, como Amir, Amara, Abbas, Adnas o Aurora, frente al de la protagonista, que lo hace por Z: Zahira. Insisto, puede que fuera así exactamente en la vida real, pero a un espectador esa circunstancia enfatiza la soledad de la joven, cuyo nombre incluso se lleva a las antípodas del abecedario. No hay otro nombre, además, en toda la película que comience por la última letra del alfabeto: ese penoso aislamiento le corresponde a ella en exclusiva.

                Y tampoco podemos pasar por alto la enorme similitud de esta cinta, de estos hechos realmente acaecidos, con el espíritu de Antígona, la tragedia de Sófocles, donde la protagonista es una mujer que rompe las leyes humanas, es decir, no enterrar a Polinices, por seguir las divinas y lo que su amor como hermana le impone. Ambas, mujeres, Zahira y Antígona —caramba, otra A inicial—, desde sus respectivas fragilidades, desafían las irracionales normas de los hombres y si bien en la tragedia tebana poco se puede hacer ya por la existencia de Polinices, en  la vida de nuestros días, mucho se puede hacer por la felicidad de la joven paquistaní. Debo mencionar que la similitud entre ambas mujeres se sugiere ya en Noces, en una de cuyas escenas los jóvenes escolares ensayan la representación de Antígona.

Noces

                Parece mentira, pero nos pongamos como nos pongamos, de una manera u otra, todo regresa a la Grecia clásica y en cuanto a la película que nos ocupa, quizá sea éste el nexo entre las culturas occidental y oriental, al fin y al cabo, Grecia se halla en una latitud mediterránea y en una posición que apunta a la salida del sol en el mapa europeo.