Francisco Javier Rodríguez Barranco – El mal en La mujer del animal

Fotos rueda de prensa: Rosa Jiménez y Francisco Javier Rodríguez Barranco

Vídeo rueda de prensa: Rosa Jiménez

            Que no es un juego de palabras, sino que en el cartel de la película se destacan esas letras en distinto color, de tal manera que se vea La mujer del animal (2016). Y de eso trata precisamente esta película colombiana, que forma parte de la sección oficial de largometrajes a concurso dentro del Festival de Málaga, edición de 2017: del descenso a la pura esencia de la maldad humana, cuando las circunstancias sociales son muy duras, pero el mal se ofrece como característica natural de la persona.

            Basada en hechos reales que se iniciaron a mediados de la década de los setenta en una de las comunidades más pobres del planeta Tierra, es decir, en los montes que rodean la ciudad, La mujer del animal, de Víctor Gaviria, relata el calvario de una mujer (Margarita en la vida real, Amparo en el el largometraje) reiteradamente violada y golpeada por Libardo, un auténtico sociópata que capitanea una banda de maleantes en la zona.

            De esta película ha dicho Víctor Gaviria: “La violencia del Animal había ocurrido delante de todos, y desde allí, desde cada escenario en donde había acontecido, detrás o delante de la puerta, se había manifestado claramente a los testigos. Y ellos querían negarlo, querían hacernos creer que “todo era normal”, querían normalizarlo para no enfrentarse al remordimiento de su miedo, de su cobardía”.

            Violencia de género, pues, que acontece dentro de un contexto de violencia social todavía no desaparecido de la vida colombiana hasta degenerar en pérdida de la condición humana. Montañas de miseria donde lo que el hambre y la falta de salubridad no matan, lo hace agresividad de todos contra todos.

            Puesto que eso es lo más duro de una historia ya de por sí bastante dura: la aceptación de la violencia como algo natural por miedo, por indiferencia e incluso por admiración de las actitudes más brutales, pero, caramba, ¡qué machote es!

            Se trata, por lo tanto, de una magistral pieza de realismo social rodada en los mismos escenarios en que ocurrieron los hecho en una especie de híbrido entre el documental y la ficción: poco hay de ficción, lamentablemente, quizá sólo el utilizar actores en vez de las propias personas que protagonizaron los hechos y las características propias del rodaje de una película.

            Y ésa es otra de las características en común entre La mujer del animal y otras piezas legendarias del realismo social: la utilización de actores no profesionales. En el caso de la película colombiana, Natalia Polo, protagonista femenina, es enfermera en la vida real y Tito Alexander Gómez, que da vida al Animal, es músico. En cuanto a los demás participantes en este filme, fueron elegidos entre centenares de mujeres de barrios populares.

            La idea es transmitir la ferocidad de unos hechos brutales con la mayor autenticidad posible y confeccionar una película que es coral, puesto que toda la comunidad es realmente protagonista, pero también se refiere al aspecto concreto de la mujer denigrada, dado que se enfatiza la violencia de género que padeció.

            Tampoco es que el animal necesite la violencia en su esfera privada para lograr nada, puesto que su posición en la comunidad como líder de los matones está asegurada con o sin violaciones y palizas a su mujer en la intimidad del hogar hasta el extremo de esclavizarla y, literalmente, encerrarla entre cuatro paredes de madera en una infracasucha ligeramente superior a la caseta de un perro.

            De ahí procede precisamente toda la repugnancia que inspiran sus acciones, de causar sufrimiento por el mero placer del sufrimiento: en la rueda de prensa posterior a la proyección en el Festival de Málaga, Natalia comentó que Margarita se ha negado a verla cuando se ha exhibido en Colombia.

            Qué lejos todo esto de las comunidades utópicas que hallaron los españoles cuando llegaron a esa zona del mundo. Qué distante del mundo arcádico que describe Alejo Carpentier en Los pasos perdidos, pero cuando uno va a Colombia o a México descubre unas personas maravillosas puro amor en el hablar y dulzura en el trato, lo cual me anima a pensar que la violencia actual es una maldición que les ha caído de los barcos y que su candor actual en los rincones donde pueden manifestarse con total naturalidad es como una reminiscencia de aquel pasado edénico.

            La mujer del animal se une así a una larga serie de películas colombianas que han obtenido reconocimiento internacional, al menos desde que Sergio Cabrera obtuvo la Espiga de Oro en 1994 en la Seminci de Valladolid por La estrategia del caracol. Recordemos otros títulos: La vendedora de rosas, de Víctor Gaviria, nominada y premiada en varios festivales de Hispanoamérica y Europa; María, llena eres de gracia (2004), de Joshua Marston, multipremiada y multinominada en   prácticamente todas las categorías (Mejor película, Mejor guion, Mejor actriz, Mejor actor, Mejor director novel, etc.) en numerosos certámenes; Perder es cuestión de método, de Sergio Cabrera, formó parte de la sección oficial del Festival de Montreal en 2004; Rosario Tijeras, de Emilio Maillé, fue nominada en 2005 el Premio Ariel al Mejor guion adaptado; Los viajes del viento, de Ciro Alegría, Biznaga de Plata en la sección Territorio Latinoamericano del Festival de Málaga en 2010; Silencio en el paraíso, de Colbert García, Biznaga de Plata en la sección Territorio Latinoamericano del Festival de Málaga en 2012;  El abrazo de la serpiente (2015), de Ciro Guerra, acumula gran número de nominaciones y premios en todo el mundo. Entre un largo etcétera, lo que nos da idea de la fecundidad y potencial del cine en Colombia.

            De donde llega ahora La mujer del animal, que se estrenó en el Festival Internacional de Cine de Toronto de 2016: una película muy dura, una película muy necesaria.