Francisco Javier Rodríguez Barranco – El frío de las almas en Sin amor

 frío         No si ya lo decía Enrique Jardiel Poncela: «El amor es un microbio»; algo que conocía a la perfección por haber vivido constantemente enamorado.

         Mucho antes que el genial dramaturgo español, Platón pontificó sobre el amor en su diálogo El banquete, para lo que hace intervenir a una serie de personas, como muestras estadísticas de determinados segmentos de la sociedad. El panegírico de Fedro, por ejemplo, es la opinión de un grupo selecto de jóvenes que han recibido una educación liberal, que le permite juzgar el amor en su acción moral, desprovisto de toda sensualidad grosera; Pausanías aporta el enfoque de la madurez; Erixímaco habla como médico; Aristófanes, en calidad de poeta bufo, habla del amor entre dos personas como dos medias naranjas que se acoplan mutuamente; y Agatón diserta con los argumentos propios de un poeta laureado. Llega, por fin, el turno a Sócrates, quien en realidad da voz a las ideas de Platón, para lo que se vale del artificio de una supuesta conversación con Diotima, que cumple así la función de maestra del filósofo.

         En esencia, y si bien el filósofo ateniense no descarta el coito a pesar de la opinión comúnmente extendida, pero no es éste el momento para detenernos en ello, lo que defiende Platón es un amor que aspire al conocimiento, que es la transcripción etimológica de la palabra «filosofía», y como consecuencia de ello, inmortalidad por la sabiduría.

        En fecha mucho más reciente, y sin querer extenderme demasiado, Eric Fromm sostiene en El arte de amar un concepto del amor que consiste en la necesidad y el placer de superar la soledad consustancial del ser humano con otra persona, lo cual a mí me recuerda bastante a la teoría de Aristófanes de las dos medias naranjas, sólo que con un planteamiento más contemporáneo. El filósofo alemán mantiene además que los elementos necesarios para el desarrollo de un amor maduro son el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento.

frío

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      Ahora bien, ¿qué es lo que desarrolla Andrey Zvyagintsev en Sin amor (2017), Premio del Jurado en Cannes, entre otros muchos galardones? Pues nada menos que una sociedad sin amor, según anuncia el título. Esa carencia de sentimiento se observa de manera central en la pareja protagonista, es decir, unos padres divorciados, pero podemos observarla por todos lados: dos madres aparecen, además de la recién mencionada que se ha divorciado, y ninguna de ellas transmite la más mínima sensación de la maternidad; el hijo de ese matrimonio que ya ha terminado no evidencia el más mínimo amor filial; la policía desarrolla su trabajo fríamente, sin motivos personales; las actuales parejas del matrimonio finalizado se muestran como frágiles, en el caso de la actual pareja del padre, o demasiado seguro de sí mismo, en caso de la actual relación de la madre, pero de ninguna manera transmiten calor.

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        Las escenas muchas veces hablan por sí mismas sin necesidad de diálogo y en tal sentido, me parece muy elocuente una en la que la profesora borra la pizarra: el espectador no ha asistido a ninguna clase, nada se imparte luego. Simplemente eso: una profesora borra concienzudamente una pizarra como si ese encerado vacío representara las almas sin contenido.

 frío       Además, si en Leviatán (2014) se llevó Zvyagintsev la acción a los extremos del mar de Barents, en Sin amor la vida transcurre en los confines de las afueras de un barrio periférico de una gran ciudad, que probablemente es Moscú, pues así lo declara en un momento dado uno de los personajes, nada hay en este filme que nos recuerde a la estética de la capital rusa. Lo que busca este director son situaciones límite en lugares terminales y lo muestra todo bajo una luz penumbrosa. Son las almas sin luz lo que vemos en esta película, que no podría ambientarse de otra manera: un ambiente sombrío que se adecúe a su oscuridad interior.

        Y en ese contexto se desencadena el drama que articula el filme: el hijo desaparece, harto ya de las violentas discusiones de sus padres y consciente de que en cuanto el divorcio se materialice, le espera un internado.

frío

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        Sin embargo, quiero llamar la atención acerca de que el hilo conductor de la película me permite acariciar una de mis teorías más queridas acerca del cine actual y es la subordinación de la acción a los personajes, con excepciones, naturalmente, y ya hemos hablado de Tres anuncios en las afueras (2017), de Martin McDonagh, pero como una tendencia demasiado habitual como para que podamos considerarla una mera casualidad.

 frío       Por ello, en Sin amor no asistimos a un melodrama de corte telefilmesco para las sobremesas de los fines de semana; ni se trata de una peli policial: de hecho, no la investigación en sí, de la que no se ve nada, sino que los trabajos de búsqueda los realiza una ONG; ni pretende desarrollar triángulos amorosos; ni profundiza en las causas de los padres para separarse y el impacto emocional de ello para el hijo: si es que todo consiste en la angustiosa falta de amor. Además, el niño que desaparece simboliza, a mi entender, el desvanecimiento del amor. Tan sencillo y tan complejo como eso…, pero que nadie me pregunte cómo acaba la película, que eso es un trabajo personal.

  frío      Lo importante, según mi manera de ver el cine de nuestros días, es que un hecho que puede gozar de una gran tensión argumental, dado que puede tratarse de un secuestro, quizá de un asesinato, con todo el juego que eso da para los guionistas con pedigrí, básicamente sirve como un motivo perfecto para plasmar los diferentes caracteres, es decir, unos personajes sin esencia que existen –o coexisten: realmente da igual– en el frío de las almas, autodestruyéndose y destruyendo a los demás ya de paso.

        No se puede vivir sin amor, y así se afirma en una determinada secuencia de esta cinta, probablemente el único momento explícito del filme. ¿Podemos abolir el Día de San Valentín? Sin duda. Podemos y debemos. ¿Podemos vivir sin amor? Como que no. Casi que mejor vivir con amor, no necesariamente a otra persona. Amor a algo o a alguien, pero amor. ¿Estamos?