Francisco Javier Rodríguez Barranco – El cine árabe en el Festival de cine Africano de Tarifa

2 de mayo de 2017

           Una de las actividades que organiza el FCAT es un espacio denominado “Aperitivos de cine” que, como su propio nombre indica, se desarrolla a la hora del aperitivo. Se celebra en la terraza de un hotel-riad de Tarifa y se estructura como un coloquio, que en el día de hoy ha versado sobre el cine árabe, con la presencia de la directora egipcia Jihan El Tahri y el profesor de cine tunecino Ikbar Zalila.

            Entre las diferentes cuestiones que se han tratado, hemos de destacar la eclosión de las nuevas tecnologías, y concretamente de la electrónica, en el ámbito fílmico, algo que ha permitido abaratar extraordinariamente los costes de producción, pero también ha generado una nueva especie de cineastas entre la juventud árabe y es la de quienes no van al cine, pero conocen perfectamente los nombres y la obra de quienes les han precedido, merced principalmente a las descargas de internet, que si se realiza sobre una obra que carezca de derechos de autor puede parecer magnífico, pero quizá sea algo menos encomiable cuando se bajan largometrajes que sí gozan de derechos de autor.

            Sin embargo, los cineastas que están surgiendo ahora mismo en el norte de África, al menos en Túnez, según aclaró Zalila, rechazan el legado de quienes les han precedido y buscan nuevos modos de expresión artística, lo cual viene también motivado por los menguados presupuestos, que obligan a imaginar nuevos métodos de hacer cine, cada vez con menos recursos.

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Jihan El Tahri, izquierda, con su traductora

La distribución fue, lógicamente, otro de los temas tratados, y El Tahri comentó que en Egipto, cuyo cine se remonta casi al nacimiento de Séptimo Arte, realmente es suficiente con la distribución nacional, puesto que la población egipcia alcanza una cifra próxima a los noventa millones de personas, que cubren sobradamente los gastos de producción. Por otro lado, los temas del cine egipcio son muy del interés local, como las historias que ocurren en un callejón de El Cairo, por ejemplo, difícilmente exportables a otros lugares, si bien es cierto que durante la década de los sesenta y setenta, en la recién independizada República de Senegal todos los viernes se programaba en televisión una película egipcia.

            En cuanto a las coproducciones con otros países, tradicionalmente, fue Francia el país que más aportó, pero casi siempre bajo la premisa de rodar películas en ambientes neo-orientales, que era lo que el público francés esperaba ver. Hoy Qatar es el principal mecenas, pero, por ejemplo, las relaciones políticas de Egipto con ese país no son excesivamente cordiales, por lo que no se ve con buenos ojos aceptar dinero qatarí. El Tahri señaló también los riesgos de aceptar el mecenazgo de Netflix, puesto que ello implica ceder a esta empresa todos los derechos de explotación de la obra, por lo cual un director puede ver realizada su película, pero pierde totalmente el control sobre ella una vez finalizada, por lo que esa filmación puede acabar en las pantallas de un cine, el las de la televisión o en la basura sin que jurídicamente se pueda reclamar nada.

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Laila Samy en Akher Ayam el Medina

            Por fin, en cuanto a los temas, tanto Zalila como El Tahri estuvieron de acuerdo en que la mujer, la emigración y el islamismo son las grandes cuestiones que aborda el cine árabe, o al menos el cine del norte de África.

            árabeTodo lo cual nos lleva a una de las películas que se han proyectado hoy, concretamente Akher Ayam el Madina (2016), de Tamer El Said, que puede traducirse por ‘Últimos días en la ciudad’, que ha participado ya en la Sección Oficial de la última Berlinale y tiene prevista su inclusión en la misma Sección de la próxima Viennale, lo que nos permite comprender la calidad del filme, cuya narración empieza en diciembre de 2009, es decir, durante los últimos meses de Hosni Mubarack en el poder, y se desarrolla a los largo de los meses que desembocarían en la primavera egipcia de 2011. De ahí que este largometraje esté lleno de simbologías y metáforas desplegadas ante el espectador, como son las constantes noticias sobre la agenda pública de Mubarack que difunde la radio, lo que permite un paralelismo obvio entre los últimos días en la ciudad de El Cairo del protagonista, Khalid, y los epígonos de la dictadura militar.

            No menos valor metafórico tiene la constante e insatisfecha búsqueda de un apartamento por Khalid, que quiere mudarse de manera inmediata, pero no halla nada a su gusto, entre otras cosas, porque los ascensores de los diferentes edificios que visita están llenos de publicidad religiosa. En uno de ellos, la mujer no abre la puerta, porque está rezando y porque es mujer y en ese momento está sola en casa.

            La ciudad, por lo tanto, es la gran protagonista de esta película, y en las constantes escenas del deterioro urbano, hemos de ver una correspondencia con las vidas sin horizontes de los pobladores de El Cairo, en general, y Khalid, en particular.

            Podemos señalar también, que Khalid es un cineasta que intenta rodar una película con los recursos mínimos: una cámara y un portátil para seleccionar las imágenes, pero realmente no sabe qué película filmar, de ahí que el único técnico de que dispone, ante tanta indecisión, se rebele y eche en cara al director que no sé el rumbo del filme y que están dando vueltas en círculo a una misma idea o, mejor dicho, a una no idea.

            árabePor otro lado, los amigos de Khalid son también cineastas, que intentan reproducir las imágenes de sus respectivos ecosistemas urbanos: uno en Beirut, otro en Bagdad y otro también bagdadí, pero refugiado en Berlín: la ciudad, por lo tanto, como fuente de inspiración, pero sobre todo como aislamiento vital. Cada uno con sus traumas ciudadanos a sus espaldas.

            Otro de los enfrentamientos que tiene Khalid es con Laila, su exnovia, que le achaca su pasividad, a lo que el joven responde: “Miro, luego existo”; porque es eso lo que hace exactamente el cineasta: observar con actitud de completo desvalimiento todo aquello que sucede a su alrededor. Sin duda por este motivo, en Akher Ayam el Madina la cámara se demora en detalles aparentemente mínimos, como pueden ser las burbujas de una pastilla efervescente o las caídas de una gota de agua y fragmentos de papel.

            árabeMiro, luego existo, pero podemos entender ahí que se trata de una existencia en sentido estricto, sin impulso vital: poco más que respirar y grabar imágenes en actitud de incompetencia.

            Ante esta situación, ante un presente inexistente y un futuro exageradamente incierto, la mente de Khalid se dirige hacia un pasado donde intenta recordar a su padre fallecido o unos años de dicha transcurridos en Alejandría. Por supuesto también, la nostalgia de la novia perdida, y perdida definitivamente, además, porque de la inacción del chico pocas esperanzas cabe concebir.

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             Desde el punto de vista técnico, cabe mencionar cómo se lleva a la cámara al extremo de sus posibilidades, pues se la obliga a recoger imágenes distorsionadas, borrosas o primerísimos planos de los personajes, muchas veces ni siquiera de la cabeza completa, concentrándose en los ojos en la mirada inane de que venimos hablando. Grandes vacíos sonoros ocupan en numerosas ocasiones la pantalla.

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            De manera que, nos hallamos ante una película que trasciende su circunstancia, es decir, la caída del régimen de Mubarack, puesto que el cine se convierte en metáfora de la vida y la ciudad se erige en símbolo de la existencia.