Enrique Gallud Jardiel – Cyrano de Bergerac (1990), de Jean-Paul Rappeneau

 

CyranoHay un tipo muy simpático
que tiene muy grandes las
orejas (no, ese es Spock,
ese vulcano de Star
Trek. Me había confundido.
Voy a volver a empezar.)
Hay un tipo muy simpático
que tiene muy grandes las
narices y que se llama
Cyrano de Bergerac.
(Ahora sí he acertado. Sigo.)
La historia transcurre en Fran-
cia allá por el diecisiete,
esa época inmortal
en que a los tres mosqueteros
se les juntó D’Artagnan
y que sirvió de modelo
después del Sturm und Drang.

Cyrano

(Jean-Paul Rappeneau, un señor
más francés que el «Oh là là!»
y que es director de cine,
hizo una cinta genial
con el argumento de esta
comedia de Edmund Rostand,
en mil novecientos no-
venta, en que salía Gerard
Depardieu con más nariz que el
conde-duque de Oliva-
res, ya que hacía el papel de
Cyrano, que como sa-
ben todos tenía una napia
mayor que una catedral.)

Cyrano

Cyrano es gascón y socio
de número del Real
Madrid, porque el Saint-Germaine
de París juega muy mal
y desde hace varios años
no mete un gol ni «p’atrás».
También es mejor poeta
que José María Pemán
—aunque parezca imposible—
y te escribe un madrigal,
una oda, un epinicio
o un registro catastral
en pies dáctilos o yámbicos
con tremenda habilidad.

CyranoAma con ansia a su prima,
Roxana, que no está mal.
(¿Para qué ser circunspectos?
¡Está para mojar pan
y tiene muchas más curvas
que el circuito de Le Mans!)
Mas no se lo ha dicho aún,
pues se pone como un flan
cuando está delante de ella,
tiembla como un colegial
ante un examen de «mates»,
rompe a chorros a sudar,
balbucea inanidades
y da una imagen fatal.
Al verle en estos asuntos
tan torpe e ineficaz
te dan ganas de pegarle
un tortazo, te entra afán
de gritarle: «¡Majadero!
¿Por qué no le has dicho ná?»
Mas Cyrano se agallina
y ahoga su pena en coñac.

CyranoLuego llega un individuo
conocido por Christián,
guapo, rubio, suave y blando,
que nos da qué sospechar.
Pero no, porque resulta
que este Adonis galo va
y se enamora también.
¡Vean qué poco original!
Y como Cyrano ha hecho
la tamaña necedad
de jurarle a no sé quién
que protegerá al rapaz,
y como éste hizo la E.S.O.
y no sabe redactar,
el gascón ha de escribirle
versos para enamorar
a Roxana, demostrando
que es un pringado total.

Ella, romántica, ama
a aquel poeta (¡normal!)
que le escribe mil ternezas
llenas de sensualidad,
y se imagina que es guapo
y elegante como A-
donis o que, por lo menos
es un Lancelot du Lac
un Dorian Grey o hasta un
Guerrero del Antifaz.

Cyrano

Christian está entusiasmado;
el amor le hace volar
y se siente como un ave
o un piloto de la R.A.F.
Por otra parte, Cyrano
se empieza a desesperar
y no sabe bien qué hacer:
matarse, meterse a abad
de un monasterio, irse a Niza
a darse baños de mar…
¡Porque es que tiene narices
haber de versificar
y que otro se lleve el mérito,
y se suba a un ventanal
para darle un achuchón
a tu dama angelical
mientras tú te estás abajo
más plantado que un rosal
y haciendo, además, doblaje,
que el otro no sabe hablar!

CyranoMenos mal que hay una guerra
(¡qué solución tan genial
que se saca de la manga
el bueno de Edmund Rostand,
autor de este drama en verso!)
y a Christian van y le dan
un soberbio arcabuzazo
que le sienta regular
y se nos muere del todo
del acto cuarto al final.

CyranoAhora, se dirán ustedes,
es cuando Cyrano va,
se declara, la conquista,
se acuesta con ella y tal,
se casa, tiene tres hijos
(Jean-Paul, Jean-Philippe y Jean),
ahorra para que puedan
ir a la universidad…
¡Pues no! Porque el mentecato
pierde esta oportunidad
también (los hay que no aprenden).
Deja los años pasar
sin decir «¡Por ahí te pudras!»,
sin explicar la verdad
y sin cobrar el royalty
ni de un solo madrigal.

CyranoSe han deslizado los años
como por un tobogán:
ella es una monja vieja
y él, un viejo carcamal.
A diario la visita
—para poder merendar
a costa de las monjitas—
y la crónica le da
de todos los cotilleos
de la familia real.

Hasta que un día los malos
(porque en toda historia hay
malos, pues si no, no avanza
el tinglado argumental)
le pegan en la cabeza
con un tronco de baobab.
Cyrano no da importancia
al golpe descomunal
y, por ser fiel a su cita,
se coloca un tafetán
sobre la herida, el dolor
lo mitiga con dos as-
pirinas y va al convento
para no perderse el chat.

CyranoResumiendo: ella se entera
por una casualidad
de que Cyrano «El Narices»
era su amante postal.
Pero cuando va a besarle
él se comienza a arrugar.
¡Hay que ver, qué triste sino,
qué destino tan fatal:
muerte junto a una pechuga
que no has podido tocar!