Francisco Javier Rodríguez Barranco – Copia certificada: ésa es la cuestión

            CopiaCuando uno visita Il Cenaculo, es decir, La última cena, de Leonardo da Vinci (gracias al cual hemos podido disfrutar de la novela El código da Vinci, pero eso es otra cuestión) en la iglesia de Santa María de Gracia en Milán, descubre que no se pueden hacer fotos del mural en sí, ni siquiera sin flash, pero las autoridades culturales italianas han previsto una reproducción ad hoc del que sí se pueden captar imágenes y no parece que a nadie moleste la componenda. De hecho, he leído en algún lugar que aquí en la piel de toro se quería hacer una copia de la cueva de Altamira para preservar la auténtica de los perjuicios causados por las visitas. En Segovia existe una reproducción fiel la loba capitolina alimentando a Rómulo y Remo y es bastante probable que haya sido vista más veces que su original, puesto que se halla en plena vía pública. En el Louvre es imposible precisar si la Gioconda que se muestra, a la distancia que se ve y con las protecciones de que se la ha dotado, es la auténtica.

            CopiaCasualmente, hace pocos días he visto por primera vez una película de 2010 (no pude disfrutarla en su momento por circunstancias de una u otra índole y ya lo siento), Copia certificada, de Abbas Kiarostami, con una inconmensurable Juliette Binoche, donde la tesis esencial es que con menos culo también se caga, dado que la diferencia entre el David de Miguel Ángel situado en una plaza de Florencia y el original situado en la Academia de la misma ciudad es imperceptible, solo que utilizando argumentos bastante menos escatológicos que los míos. De hecho, el título ya de entrada es un oxímoron, puesto que lo que se certifica normalmente es la autenticidad de los originales.

            Al principio de la cinta se cuenta este chiste, cuya idea central articula toda la proyección: un náufrago pena su soledad en una isla abrasada por el sol y acierta a descubrir una lámpara, que además es maravillosa, con su genio incorporado como equipación de serie. Requiere el gigante azul al azaroso náufrago tres deseos y el primero es una Coca-cola bien fría. Dicho y hecho. Pero hasta tal punto se está relamiendo el solitario navegante de su refresco refrigerado, valga la redundancia, que el genio, quien ya se ve que no practicaba la virtud de la paciencia, le apremia para que pida los otros dos deseos, ante lo cual el hombre no tiene la menor duda en solicitar otras dos Coca-colas. Porque las cosas muchas veces son así: los pequeños placeres fisiológicos se imponen sobre las cuestiones de mayor calado, si bien dudo mucho que para nuestro náufrago calmar la sed fuera pecata minuta.

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            No son pocos los autores que han optado por una apreciación menos trascendental del arte. Así, en Balas sobre Broadway (1994) aboga Woody Allen por la transpiración de la vida sobre la inspiración de lo excelso. Con mayor claridad, quizá, el mismo director estadounidense en la inmediata posterior Poderosa Afrodita (1995), defiende sin tapujos la liberación del lastre conceptual como paso previo a la felicidad. Nacimiento norteamericano conoció también el arte pop, donde objetos cotidianos como latas de tomate, rollos de pepel higiénico e incluso urinarios, pero no urinarios art decó, sino urinarios de bares de carretera alcanzaron el beatífico estadio de la inspiración artística.

            Nos hallamos así con Copia certificada, donde Kiarostami, un director iraní sitúa la acción en Italia con dos protagonistas: francesa ella, inglés él; de donde parece inferirse la voluntad universalizante que guía las intenciones de este filme: también se habla de viajes a España de vacaciones: para todos hay. Pues bien, con una puesta en escena ligera, pero sólo ligeramente más compleja que la de otras películas anteriores del mismo director, como A través de los olivos o El sabor de las cerezas, se sitúa al espectador ante la primera de las grandes cuestiones esenciales: ¿Quién soy? Casi nada, ¿verdad? Construido todo ello sobre simples conversaciones.

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            ¿Simples conversaciones ha escrito este crítico cinematográfico que resulto ser yo también, y ya es casualidad? Quizá no tan simples si tenemos en cuenta que de ellas hemos de inferir implícitamente lo más profundo del existir: si utilizamos la famosa dicotomía aristotélica: ¿somos necesarios o contingentes? No voy a ser yo (el crítico cinematográfico y yo, para que nos entendamos), desde luego, quien cometa la torpeza de responder a esa cuestión, ni quiero desvelar la trama de la película que nos ocupa, pero voy a proponer un enigma sincrónico referido a un solo día: ¿es idéntica nuestra percepción del mundo a las ocho de la mañana, a las tres de la tarde y a las diez de la noche? Y otro diacrónico referido a un período más largo: ¿es idéntica nuestra percepción del mundo con veinte años, con cuarenta y con sesenta? Quizá nuestros valores no son tan absolutos. Pudiera ser. ¿Hasta qué punto un cambio en la percepción del entorno no implica un cambio esencial en la persona?

            CopiaSeñalemos también que sobre diálogos, precisamente, es como articula Platón lo más granado de su filosofía, de clara filiación mayéutica socrática, así que, caramba, en apenas dos párrafos hemos mencionado (por orden de aparición) a Aristóteles, Platón y Sócrates, los tres grandes pilares del pensamiento occidental, hilvanados por un director oriental: pues igual es que esta película es mucho más trascendental de lo que su sencillo argumento pudiera hacernos pensar.

            Por ello, Copia certificada se ofrece al espectador como una portentosa creación donde la vida de las personas dura lo que permite una frase para cambiar luego el tema de la charla y, por lo tanto, la existencia a la que se refiere.

Copia

            Copia

          ¿Estamos viviendo realmente la vida que creemos vivir o somos la copia de otra? El certificador que lo certificare, buen vitalcertificador será.