Francisco Javier Rodríguez Barranco

          ¿Recordamos las canciones en la llave de la vida, Songs in the Key of Life, del inmortal Stevie Wonder? Algo así podría decirse de la última película de Noah Baumbach, Mientras seamos jóvenes (2014), que figuró en la Sección Oficial del Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) y cuyo título, curiosamente, ha sido bien traducido del inglés, While We’re Young. Incluso podríamos mencionar el tema “Isn’t She Lovely”, puesto que el filme se inicia con el primer plano de un recién nacido y ese primer plano se mantiene un número suficiente de segundos como para hacernos pensar que no todo el cine made in USA consiste en carreras frenéticas y guerras en los lugares más recónditos de las galaxias. Curioso también me resulta que un largometraje con tan enorme soporte musical, que va desde Vivaldi hasta “Eye of the Tiger”, de Survivor, utilizada en una de las infinitas secuelas de Rocky, uno de cuyos carteles, precisamente el de Rocky III aparece en esta obra de Baumbach, además de la propia banda sonora que corre a cargo de James Murphy.

           mientras-semosCreo, sin embargo, que debemos matizar lo anterior, pues Mientras seamos jóvenes consiste de manera esencial en conversaciones en el medio de la vida. “A mitad del camino de la vida” (“Nel mezzo del cammin di nostra vita”) comienza Dante su descomunal obra, una cita que, por cierto también abre y con toda la intención del mundo la película Marie-Jo y sus dos amores (2001), de Robert Guédiguian, cuando el cine francés era francés, pero sobre todo cine, algo que hoy día no es tan fácil de encontrar pues, a mi entender, las producciones del país vecino se han convertido en burdos plagios de sí mismas. Mas no nos detengamos ahora en eso, puesto que lo que importa es comprender cómo este filme de Baumbach nos ofrece esa reflexión sobre el humano devenir, no sobre el sentido de la existencia, como en la famosa trilogía de Roy Andersson, sino sobre la realidad de la existencia, aureolado todo ello por una extensa cita de Henrik Ibsen tomada de El maestro constructor.

            Y es que la vida es, en efecto, como un fin de semana del que esperamos tanto el viernes al medio día, pero que se nos ha escurrido de manera irremediable el domingo por la tarde. La vida es, pues, tan decepcionante como un fin de semana, o como un tinto de verano, cuya proporción exacta nunca se alcanza, o bien el vino está medio picado, el hielo es de agua del grifo o la gaseosa lleva más tiempo abierta del aconsejable, por lo que no se consigue el punto adecuado de fuerza carbonatada.

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        No observamos en este filme de Baumbach un lamento por el tiempo perdido, o las ganas renovadas de hacer cosas en el medio de la vida, o un asco personal por la pérdida de las ilusiones de la juventud, o un contraste entre nuestro modus vivendi, lo que ha quedado de nosotros, y la plenitud de quienes empiezan. No se trata tampoco de una exégesis de la edad madura como fuente de sabiduría, ni consiste exactamente en maduros que quieren comportarse como jovencitos. Algo de todo hay en la película, qué duda cabe, pero en mi opinión lo fundamental es situar a los protagonistas para debatir sobre su mundo en el punto de la existencia al que han llegado a los cuarenta y tantos años y observas impotentes que lo que es lo que es. Asimilar serenamente cuál es la posición actual, sin placer, pero sin amargura. Algo tan sencillo y tan complejo como dar respuesta a uno de los grandes interrogantes de la Humanidad: ¿Dónde estamos? No desde el punto de vista del contexto social, sino de nuestras vivencias personales. Hechos consumados. Hechos inevitablemente consumados.

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         Naomi Watts desarrolla su personaje con pulcritud, pero considero que es Ben Stiller, un actor al que sigo con regularidad, quien realiza el papel de su carrera, o al menos lo mejor que he visto de él hasta la fecha, puesto que pocas tan difíciles como encarnar de manera creíble esa sutil complejidad de la propia existencia. Es también el personaje de Ben Stiller, Josh, quien nos ofrece de manera casi simultánea las coordenadas esenciales de Mientras seamos jóvenes: la primera viene en forma de cita de Jean-Luc Godard, que yo reproduzco según me permite la memoria: “Los documentales hablan de otras personas. En la ficción soy yo mismo”. El otro eje cartesiano es un comentario sobre Sergei Eisenstein, quien durante toda su vida persiguió una película donde la realidad fuera ficción, o la ficción fuera realidad.

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        Es obvio que el director de Mientras seamos jóvenes busca fundir ambas posibilidades, realidad y ficción en su obra y para mayor verosimilitud, o para mejor perfilar los parámetros básicos, Josh es realizador de documentales en este largometraje, donde se escarnecen someramente dos de las grandes burlas de las sociedades occidentales actuales: el chamanismo y el movimiento hipster, o new beautiful people, uno por inmoral y el otro por arribista.

       Mientras-seamos-jovenes-imagenes-1-1024x681Del componente realista de esta película ya hemos hablado en los párrafos anteriores cuando hemos tratado de la insatisfacción personal a que nuestras vidas están abocadas, donde surgen actitudes alternativas como las recién citadas que poco o nada benefician al ser humano. Pero nos hallamos ante un filme con personajes no reales, por lo que de manera necesaria ha de haber un equilibrio de ficción. Pues bien, es aquí donde comprendemos la soberbia creativa de Baumbach quien para sustentar ese componente argumental de una historia inventada recurre a un contexto donde todo gira alrededor de los documentales en tres generaciones de realizadores de ese género: Leslie, suegro de Josh, quien manifiesta haber perdido la fe en la objetividad casi desde el principio de sus rodajes: como consecuencia de ello se convierte en un triunfador; Josh, que rumia y rumia y rumia una entrevista a un intelectual que él considera interesante: como consecuencia de ello se convierte en un fracasado; y el joven Jamie de unos veinticinco años, que no da puntada sin hilo, puesto que utiliza a Josh para llegar ante Leslie: ni que decir tiene que, como consecuencia de ello, consigue encumbrarse.

       Ésa sería, pues, la historia que muestra Mientras seamos jóvenes, lo que por fuerza, al menos en lo que a la búsqueda sin escrúpulos del éxito se refiere ha de recordarnos importantes momentos de la creación cinematográfica, de los que sólo citaré dos: Al filo de la noticia (1987), de James L. Brooks, y, por supuestísimo, Eva al desnudo (1950), de Joseph L. Mankiewicz.

      Grandes antecedentes, pues, para el filme de Baumbach que estamos comentando, si bien aspira a trascender la mera literalidad de las imágenes para profundizar en algo tan sencillo y tan complicado como esa cosa inasible a la que, quizá porque carecemos de una palabra mejor, denominamos vida.