Francisco Javier Rodríguez Barranco

          Las implicaciones mutuas entre el deporte y el cine son casi tan antiguas como el cine mismo y por ello resultaría enojoso, pero sobre todo imposible, enumerar las películas dedicadas a ese género. En ocasiones se trata de biografías más o menos autorizadas de deportistas; otras veces consiste en ficciones sobre los desafíos personales; hay largometrajes construidos sobre la degradación personal de los deportistas encumbrados; la proyección de la corrupción social al mundo de las competiciones no es del todo ajena el mundo del celuloide; ni tampoco la reconstrucción parcial de los grandes eventos olímpicos, entre los cuales no puedo dejar de mencionar una de las películas que más me impresionaron en la infancia: La prueba del valor (1970), de Michael Winner, ambientada en la Maratón de las Olimpiadas de Roma de 1960.

            El deporte ha generado actores, como el conocidísimo, Johnny Weissmuller, y el cine ha extendido la carrera de algunos deportistas, como Pelé en Evasión o victoria (1981), de John Huston.

            El deporte que, como todo lo que hay en el mundo occidental, remonta su origen a la Grecia clásica.

            Y, bueno, podríamos alargar el comentario de los párrafos anteriores hasta el infinito. La pregunta que quizá debamos plantearnos es por qué el deporte ha interesado tanto al cine, y puede que una respuesta adecuada es que las competiciones, fílmicas o no, son siempre del agrado de los espectadores. Creo muy sinceramente que serían muy pocas las personas humanas de la Humanidad que serían capaces de afirmar honestamente que nunca jamás de los jamases han sentido algún tipo de atracción por algún tipo de confrontación deportiva, sea ésta de la índole que sea, puesto que las posibilidades en tal sentido son casi infinitas, desde el patinaje artístico hasta el curling.

            Pero hay más, mucho más y es que el deporte nos enfrenta a todo un entramado de conflictos personales cuya ignorancia sería una necedad por parte de los cineastas. Se trata de narrar las épicas personales. De manera muy esquemática, este tipo de películas nos presentan a la persona enfrentada a sus circunstancias, y entonces, la epopeya suele ser positiva, o simplemente epopeya en sentido estricto. O del ser humano atenazado por sus fantasmas, en cuyo caso el desenlace no suele ser tan positivo. El atletismo de Carros de fuego (1981), de Hugh Hudson, o el boxeo de Rocky (1976), de John G. Avildsen, por mencionar sólo dos de los más conocidos largometrajes sobre el género que estamos comentando, bastante próximos en el tiempo, además, son magníficos ejemplos a ese respecto, como muestras de superación personal, mientras que Toro Salvaje (1980), de Martin Scorsese, lo sería de todo lo contrario. Pero ya he dicho que no quiero despeñarme por la pedregosa tentación de los ejemplos concretos.

  

 

       Procede ahora abordar la película que nos ocupa: Foxcatcher (2014), de Bennet Miller. Y si empezamos por el final, sorprende que se trate de una película con argumento, un filme en el cual las acciones cuentan, así como suena: no en vano está nominado al Oscar al Mejor guion. Y si empezamos por el principio, llama la atención primero que esté todo basado en hechos reales, pero casi más que dichos hechos reales, manifiestamente peliculizables, no hayan sido llevado antes a la pantalla, a mí al menos no me consta, pues sucedieron al final de la década de los 80, concretamente alrededor de las Olimpiadas de Seúl.

           Foxcatcher se inicia en 1987 y nos presenta a un ganador de la medalla de oro en lucha grecorromana en las Olimpiadas de Los Ángeles, Mark Schultz, a su hermano Dave, que obtuvo en mismo galardón en el mismo evento, y al hombre más rico de los EE. UU. a la sazón: John du Pont, una persona cuya fortuna familiar se remonta a la Guerra de la Independencia USA, y que está fascinado por ese tipo de lucha. Pero para no acabar con las sorpresas, la película se inicia con unas imágenes documentales sobre la caza del zorro, que no tienen lugar en el Reino Unido, sino en la finca de la familia du Pont, que habita en una inmensa finca del estado de Pennsylvania, siendo así que todos ellos y, por supuesto John, se consideran personas con un patriotismo americano de más de doscientos años de antigüedad. Para mayor abundamiento dicha inmensa quinta se llama así: Foxcatcher.

           Pero en este encadenamiento de sorpresas, nuestro campeón olímpico hace casi vida de homeless: nada que ver con otros medallistas sacralizados hasta la náusea. Malvive, pues, entre otras cosas, dando conferencias de valores humanos, a 35 dólares cada, en centros escolares.

         Así, la película recuerda a Rocky, que también transcurre en Pennsylvania, concretamente Filadelfia, en cuanto a la exaltación de las virtudes que desembocaron en la independencia de las trece colonias norteamericanas, pero el boxeador tiene que hacerse a sí mismo, mientras que el luchador ha conocido ya las mieles de la gloria olímpica, y se trata de una persona real, que sigue viva en la actualidad.

        Ahora bien, ¿quién ha visto un combate de lucha grecorromana? Yo personalmente mientras asistía a la peli no tenía una idea muy clara de qué era lo estaba ocurriendo en el área de combate. Pero sin embargo, una vez que el filme le va familiarizando a uno con esa modalidad deportiva, se puede apreciar que ella se produce el enfrentamiento de dos deportistas sin más armas que las propias personas. No se dispone de ningún tipo de máquina, no artilugio como raquetas, patines o canastas. Ni siquiera guantes de boxeo: dos seres humanos que no disponen más que ellos mismos con su cuerpo y su inteligencia, lo que me parece una buena metáfora de nuestras posibilidades y nuestras limitaciones.

           La bandera de los Estados Unidos presidiendo unas contiendas universales que el mundo actual ha trasladado a las pistas deportivas y una película donde la presencia femenina es prácticamente testimonial, eso sí, desarrollada para el magisterio de Vanessa Redgrave. Y en ese trío de voluntades combativas masculinas, hemos de destacar a Steve Carrell en el papel de John du Pont, nominado al Oscar al Mejor actor protagonista, acompañado por Channing Tatum y Mark Ruffalo.

           Y esperemos que, efectivamente, las disputas entre los pueblos no vayan más allá de las confrontaciones deportivas.