Francisco Javier Rodríguez Barranco

            Nada menos que catorce nominaciones a los Oscars, madre mía, que yo creo que es algo y aunque sólo sea por eso ya merece la pena dedicar unos párrafos a La La Land (2016), de Damien Chazelle, protagonizada por Ryan Gosling, en el papel de Sebastian y Emma Stone, en el de Mia, quienes, por supuesto, son candidatos a la preciada estatuilla en las categorías de mejores intérpretes protagonistas. Un filme concebido para mayor gloria de la meca del cine y eso que la fábrica de sueños dejó de ser lo que era cuando apenas estaba naciendo, dado que en 1932 la actriz Peg Entwistles se suicidó lanzándose al vacío desde la letra H en el cartel gigante de Hollywood.

        Aparentemente ajena a ello y arropada por un gran aparato musical, donde la personalidad de Johnny Legend es fundamental, lo primero que cabe preguntarse es si verdaderamente La La Land puede incorporarse al género musical, puesto que si por musical entendemos aquellos largometrajes en que la acción no es nada más que una mera excusa para incorporar canciones o bailes, de los que todos tenemos mucho títulos en la cabeza, iniciando la saga en la primera película a la que se incorporan voces, aunque sólo sea para las canciones, es decir, El cantor de jazz (1927), de Alan Crosland, en La La Land asistimos al fenómeno contrario: una sucesión de canciones y bailes que acompañan a un argumento que discurre como buenamente puede: una especie de montaje audiovisual para envolver una trama de escasa profundidad: la decisión, por ejemplo, sobre la elección de nombre para un hipotético club de jazz  se impone como tema esencial.

            Muy meritorio me parece el número musical en un atasco de la autovía que inicia la película. Muy lamentable, me parece, sin embargo, que ese arranque del filme quede ahí como una especie de danza interrupta, res nullius, una coreografía postiza, porque ni el atasco, ni un tan elaborado número musical, ni siquiera la autopista tienen luego desarrollo en la película.

            La La Land consiste en las aspiraciones de Mia por ser actriz y las de Sebastian por consagrarse como músico, inquietudes netamente hollywoodienses, como es de sobra conocido, donde ni Emma Stone ni Ryan Gosling ejecutan los mejores papeles de sus respectivas carreras: sinceramente creo que se ha sacado muy poco partido de las enormes cualidades expresivas de Emma y de la proverbial versatilidad de Ryan. Si es que, además, ni una ni otro son grandes bailarines ni mucho menos cantantes. Ni sus números musicales satisfacen las expectativas generadas en la primera escena, donde ellos no aparecen.

            Y que sí, que ya sé que La La Land es el nombre familiar con que se conoce a Los Ángeles en Norteamérica, pero ahora viene el momento spoiler porque fonéticamente se parece mucho a Casablanca, que es el título de una de las películas más conocidas de la historia del cine.

      

              No obsta la simplicidad del argumento para que la película de Chazelle padezca un error de guion garrafal, que además es el punto de inflexión en el filme. Pongámonos en situación: Sebastian ha degradado su amor al jazz para enrolarse en una banda de pop cañero, económicamente muy rentable, mientras que Mia tiene que pagar de su propio peculio el alquiler de un teatro para representar un monólogo escrito por ella, a cuyo debut apenas asisten diez personas y los comentarios que la chica escucha cuando cae el telón no pueden ser más demoledores.

            Comoquiera que Sebastian ha tenido bolo con su banda, llega tarde a la función, lo que constituye la última gota que derrama el vaso de Mia, quien decide irse a vivir con sus padres, desilusionada de su vida de pareja y de camarera con deseos de ser artista.

            Hasta ahí todo correcto, pero es muy poco creíble que en la escena siguiente veamos a Sebastian tocando el piano en plan música ambiental para una boda, así en plan formalito, lo que transmite implícitamente la idea de que ha pasado mucho tiempo: no se pasa de una banda de pop cañero, contrato incluido, a amenizar bodas en plan formalito de la noche a la mañana. Pues bien, cuando Sebastian regresa a casa, que es todavía el domicilio de pareja en el que ya sólo vive él, recibe la llamada de una persona con responsabilidad en una empresa de castings, a quien ha fascinado la actuación de Mia en su malhadado monólogo, lo que permite inferir que dicha llamada ocurre al día siguiente, pero una cosa, el paso del tiempo, y su contraria, la inmediatez, no pueden ser ciertos simultáneamente, sobre todo porque, tal y como comenté más arriba, ese momento marca el punto de inflexión de la película: si antes fue Sebastian quien prostituyó sus convicciones musicales para ganarse la vida con interpretaciones que detesta, a partir de ahí decide reconciliarse consigo mismo; y si antes de la, digamos, providencial llamada del casting, Mia se mantenía fiel a sus principios estéticos, a partir de ese momento, se incorpora al establishment, lo cual nos permite encaminar nuestro razonamiento hacia la cuestión de los innumerables guiños de La La Land a filmes míticos.

            Mucho se ha escrito sobre esa cuestión en todo tipo de publicaciones relacionadas con el cine (revistas y blogs), y que no hace falta repetir, pero hay dos referencias legendarias que no se han mencionado todavía o, al menos, no las he leído yo, que soyu un ser imperfecto, y una de ellas es The Way We Were, Tal como éramos (1973), de Sidney Pollack, cuyo título en esta ocasión sí fue traducido correctamente, magníficamente protagonizada por Robert Redford y Barbra Streisand, que interpreta la conocida canción de este largometraje, con la diferencia de que en la película de Pollack es el chico quien abandona sus ideales, mientras que la chica mantiene las suyas.

            Pero sin duda las coordenadas canónicas anteriores en que se inscribe La La Land son las de Casablanca (1942), de Michael Curtiz. Enumeremos brevemente las similitudes, una de las cuales, la fonética del título, ya ha sido mencionada:

—«Ésta es la ventana desde la que se rodó la escena de los nazis entrando en Paris en Casablanca» —cito de memoria, de muy mala memoria y traducido al español—, ilustra Mia a Sebastian en los primeros compases de La La Land.

—Las referencias a París, que siempre nos quedará en Casablanca, son constantes en La La Land, mediante fotografías, escenas, dibujos o conversaciones.

—Un piano toca Sam en Casablanca, y el mismo instrumento acomete Sebastian en La La Land. Si es que tan sólo falta decir: «Tócala otra vez, Seb».

—Un gigantesco póster de Ingrid Bergman preside la habitación de soltera de Mia.

—Rick’s se llama el club que Rick monta en Casablanca, Seb’s se llama el que funda en La La Land, que ya sé que no son idénticos, pero parecen animados del mismo espíritu: dos monosílabos con vocal media inserta entre consonantes.

—Y, por fin, Ilsa, el personaje interpretado por Ingrid Bergman, se debate entre dos hombres, uno centrado psicológicamente y el otro no tanto, y lo mismo sucederá a Mia. Para mayor abundamiento, en Casablanca el guion ofrecía varias posibilidades para acabar la acción hasta el punto de que Ingrid Bergman no sabía realmente con qué hombre se iría, lo cual no se decidió hasta los últimos momentos del rodaje, siendo así que en La La Land se ofrecen dos finales alternativos, uno con cada amor posible.

            De manera que, Roma no pagaba traidores, según sabemos de la conquista de España, pero Hollywood sí agradece lealtades, por lo que no me sorprendería lo más mínimo que esta película fuera la gran triunfadora en la entrega de los Oscars de 2017.

            Nada que ver, por lo tanto, con All That Jazz (1979), de Bob Fosse, donde el espectador se replantea las grandes cuestiones vitales, pero, bueno, uno sale de La La Land con lagrimillas de emoción y eso siempre es bueno. Simpática, amable: en eso, desde luego, no se parece a Casablanca, donde el drama interno de los personajes es mucho más profundo.