Enrique Gallud Jardiel reseña en verso Ben-Hur

BenLa «peli» va de un judío

conocido por Ben-Hur

que era amigo de un romano:

don Mesala, ¡ya ves tú!

 

Como era rico tomaba

la vida con lasitud.

¿Y qué más tomaba el hombre?

¡Ah, sí! Tomaba vermouth.

BenVestía con ropas caras,

con sus volantes de tul,

también con su camisita,

también con su canesú,

con túnicas de brocado

y con un turbante azul

adornado con cien perlas

y una pluma de avestruz

que le había costado un ojo,

pues vino del Camerún.

Ben

 

Mesala un día se enfada

y toma con acritud

que del tejado del Ben

—así como al buen tun tun—

le tiren un tejo gordo

para darle en la testuz.

 

Ni corto ni perezoso

Mesala coge a Ben-Hur

le prende, le juzga y dicta

la pena de esclavitud.

Ben-Hur dice que le suelten

y el otro, que «Tururú».

 

Pronto vemos al judío

diciendo a su gente «¡Agur!»

y en menos que canta un gallo

(o que rebuzna un cebú)

está remando en trirreme

con rumbo a otra latitud.

Eso no le gusta nada,

porque es Ben-Hur muy gandul

y remar cansa las mollas

y te deja hecho yogur.

Ben

Tiene suerte, porque hay guerra

eterna, como en Beirut,

y la flota del romano

pronto se queda kaput.

Ben cae al agua y se moja,

grita palabras tabú

y rescata a otro romano

que estaba haciendo glu-glú.

 

(Me he metido en un problema

con este romance en ‘u’

y ahora no encuentro las rimas.

¡Me va a dar un patatús!)

 

El patricio le prohíja,

le enseña a jugar al mus,

vamos: que le hace un romano

completo, de cara y cruz.

Ben

Ben

Pero hete aquí que Mesala

—que estaba allí y no en Moscú—

le desafía a que corra

ante una gran multitud

con un carro de caballos

de madera de abedul.

Hur accede, corre y mata

en la carrera al besu-

go de Mesala y se venga.

¡Qué a gusto se queda! ¡Uf!

 

Ben¿Pero, y su hermana y su madre

prisioneras en un tu-

gurio infecto? ¿Qué les pasa?

Pues que están llenas de pus

porque es que en Roma hay más lepra

que por los mares del Sur.

 

Pero pasa que se forma

un viento, como un simún

con lluvia que va y las moja

y como un santo champú

lava las llagas de ambas

con milagro y pulcritud.

 

BenComo ya no queda nada

por hacer, nuestro Ben-Hur

vuelve a Israel, donde aprende

a manejar el laúd,

se compra una alfombra persa,

se compra un perro lulú,

come manjares exóticos

y pimientos con atún,

se lee todas las novelas

escritas por Pearl. S. Buck,

se suscribe al Boston Herald,

estudia a John Locke y a Hume,

visita a muchos amigos,

se hace adicto al Chupa-chups

y se dedica al disfrute,

viviendo mejor que un Dux.

 

(Aquí se acaba la historia

del idiota de Ben-Hur

y el majadero Mesala.

La contó Enrique Gallud.)