Francisco Javier Rodríguez Barranco – El arte que fluye en La forma del agua

            aguaHace tiempo que sostengo que la misión del novelista no es contar historias, sino crear literatura. Contar historias, en todo caso, sería la labor del narrador, que pertenece a una categoría diferente del novelista. Algo así podría aplicarse al cine, porque la misión del cineasta consiste en crear cine, algo muy obvio en el caso de los grandes directores, como Stanley Kubrick, en cada una de sus películas se reinventa el cine, que también es aplicable al caso de Guillermo del Toro, presentado como un visionario en el Festival Internacional del Cine de Toronto (TIFF).

  agua          No quiere decir lo anterior que los artistas de la literatura o del cine se evadan de la realidad, sino que se valen de ella para elaborar sus propias creaciones, sus propias ficciones, puesto que la ficción por la ficción, no deja de ser una mentira en manos de mentes imaginarias. La ficción, para que supere el sambenito de la falacia ha de tener un sentido y eso es precisamente lo que el director mexicano que nos ocupa realiza en La forma del agua (2017), rodada durante cinco años en la ciudad de Toronto, ganadora del León de oro en la última edición de Venecia.

            Por otro lado, no deja de tener su momento metafísico el hecho de que la primera vez que uno va al TIFF, la primera vez que uno va al cine en la ciudad capital de la provincia canadiense de Ontario, se encuentra con que una parte de la película que está viendo está rodada exactamente en el teatro donde se está proyectando: The Elgin Wintergarden. Algo de eso hay en uno de los iconos del cine de terror en nuestro país, Angustia (1987), de Bigas Luna, pero en este caso son diferentes niveles de la ficción lo que se nos ofrece. En mi caso particular es que yo, al igual que el resto de los espectadores, nos hallábamos viendo escenas rodadas en el escenario real donde nos hallábamos sentados. El escritor argentino Bioy Casares también abordó el hecho de que la vida de los humanos no fuera más que una película que ven los dioses.

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            Si regresamos a La forma del agua, el mensaje final y así lo admitió Guillermo del Toro en la presentación de su filme a preguntas del público es la flexibilidad de ese elemento, que se adapta a todas las formas y sigue moviéndose. Es el famoso Be water, my friend, que hemos visto en algunos anuncios publicitarios protagonizados por Bruce Lee.

 agua           Considerada como uno de los cuatro elementos esenciales en la antigüedad grecolatina, el agua es también uno de los dos signos zodiacales de Saturno durante dicha etapa de filosofía clásica, y podríamos, por lo tanto, dirigir nuestra reseña hacia las consideraciones que tal posibilidad nos brinda, como ya hemos efectuado en otras ocasiones (véase, por ejemplo, nuestra reseña sobre La gran belleza (2013), de Paolo Sorrentino), de la misma manera que también podríamos hablar de la angustia existencial que transmite Heráclito en su famoso aserto de que nunca se puede meter dos veces la mano en el mismo río o los ríos que van a dan a la mar, que es el morir, en las coplas manriqueñas, pero no quiero insistir en lo ya dicho, además que el largometraje de Guillermo permite expandir nuestro análisis por otros ámbitos.

            La historia se sitúa en la década de los sesenta, en plena carrera hacia la luna, y en eso radica la realidad en que se basa este filme a partir de la cual se cimenta la creación fílmica, pues esta cinta básicamente consiste en una criatura acuática en teoría monstruosa de cuyo estudio se pueden obtener importantes conclusiones acerca de la vida sin oxígeno, pero mira tú por donde, una simple limpiadora muda maravillosamente interpretada por Sally Hawkins, se siente atraída hacia ella.

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            Y podríamos decir que la película consiste en un remake muy personal de la bella y la bestia, pero ni la bella es tan bella, al menos según los cánones crueles de los concursos de belleza, ni la bestia tan brutal, sino que Del Toro sabe conducir sabiamente el argumento hacia una delicadísima historia de amor. Además, según el propio director en la charla posterior a la proyección, ninguna de las dos opciones básicas que la bella y la bestia permiten, es decir, la ñoña y la perversa, le convencen.

   agua         Comoquiera que nos hallamos en plena carrera espacial, podríamos hablar también de una historia de espías, algo que a mí personalmente me encanta, puesto que en esos filmes nada es lo que parece, pero La forma del agua es mucho más que eso: es un guion que habla de la ternura y de la grandeza de la insignificancia, insignificancia aparente, insignificancia con arreglo a criterios superficiales.

            La forma del agua habla de la aceptación de la diferencia y de la poesía de los marginados, algo particularmente necesario en un mundo donde los compatriotas del director mexicano, los tristemente famosos “espaldas mojadas” son denigrados, perseguidos, escarnecidos, encarcelados por el mero hecho de ser pobres: no la espalda, sino todo el cuerpo mojado es lo que defiende Guillermo en esta producción como un homenaje a la tolerancia y la dignidad.

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            En La forma del agua hay discrimanción social y racial, pero La forma del agua no se rinde al patetismo. La forma del agua nos hace llorar, pero también reír. La forma del agua quiere ofrecer un mensaje positivo, como el mismo agua, que nunca se detiene, según mencionábamos más arriba. Un rayito de esperanza aunque no sea nada más que en el fondo del mar.

 agua           Indicar por último, que Guillermo del Toro desveló en la conversación con los espectadores que había decidido colocar al frente de cada equipo artístico y técnico personal canadiense, que yo no quiero denigrar, por supuesto, a los profesionales USA, pero al norte del lago Ontario tampoco andan escasos de calidad.

            Un vínculo entre México y Canadá, pues, que es sin duda donde ahora mismo es posible realizar el sueño americano.

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