Francisco Javier Rodríguez Barranco – Amores imposibles en Tanna

         amoresLos neozelandeses de la isla sur consideran que el verdadero espíritu de Nueva Zelanda hay que buscarlo en esta isla, mientras que a los neozelandeses de la isla norte no les he escuchado yo un comentario similar sobre su isla. Pero en el centro de la isla norte se halla Rotorúa, famosa por sus aguas termales, pero sobre todo por haber sido una de las capitales de los maorís, en tiempos de los maorís. Hacia esta ciudad quiero derivar, porque en ella se sitúa la historia de amor que pretendo narrar.

         Y es que, al igual que en Málaga tenemos la Peña de los Enamorados, en Verona, Romeo y Julieta, en Teruel sus amantes, que no eran tontos, sino tan sólo enamorados, y en las Islas Canarias a Gara y a Jonay, los maorís también tienen su historia de amores prohibidos: en medio del lago Rotorúa está la isla de Mokoia, donde vivía Tutanekai, famoso por su bella voz. Un día Tutanekai hizo una gira con su banda (no de rock’nroll, sino de folklore maorí) a la ladera del lago, donde conoció a Hinema, y se enamoraron. Pero los maorís de la ladera no veían con buenos ojos los amores del isleño Tutanekai con Hinemoa, por lo que, comoquiera que se olieron la tostada, escondieron todas las canoas, pero la joven consiguió llegar a la isla a nado, disfrazada de hombre, y allí era alimentada por el agua de calabaza que vendía un vendendor de agua de calabaza, que ya se ve que estos maorís neolíticos eran muy mirados en cuestiones de intrusismo profesional y si tú te dedicabas a vender agua de calabaza, no podías vender, por ejemplo, agua de coco. Hasta que un día consiguió reencontrarse con Tutanekai y fueron felices, pero no comieron perdices, sino probablemente kiwis.

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         En ese caso, las aguas del lago Rotorúa fueron muchos más benévolas que los achuchones al corazón turolense, el veneno veronés, el atlántico entre el sur de Tenerife y La Gomera o la Ley de la Gravitación Universal en la peña antequerana.

       Hoy día una ópera, que se escenifica de manera recurrente en Rotorúa, recuerda el feliz evento.

     amoresTodo lo cual nos permite abordar ahora la película Tanna (2015), una historia que reconstuye hechos reales ocurridos en 1987 en el poblado homónimo, en la república polinésica de Vanuatu, que goza de indeseable privilegio de ser considerado el primer país en desaparecer del planeta si el calentamiento global provoca una subida del nivel del mar.

      Pues bien, a pesar de su relativa contemporaneidad, al menos a finales de la década de los ochenta del siglo pasado, los Tanna habían conseguido eludir el contacto con el hombre rubio, que se les ofrecía en dos poderosos frentes: la colonización política y la cristianización. En otras palabras, vivían en esa época y no sé si todavía lo hacen con arreglo a las tradiciones ancestrales, lo cual no es un hecho aislado en la Polinesia, pues se estima que lo mismo sucede en Papúa Nueva Guinea. Ya sabemos que sucede aún así en la Amazonia y hace casi cuatro años, cuando estuve por ahí, también se daba en el sur de Etiopía.

     amoresUnos ritos milenarios que pueden englobarse dentro de la cultura del Kastom, una entrada que, lamentablemente, no viene en Wikipedia. Y dentro del Kastom la paz entre los pueblos exige en ocasiones el matrimonio entre jóvenes de diferentes tribus rivales: ya se ve que no todo es utopía en las islas del paraíso. Y pudiera parecer una solución acertada, al menos si nos limitamos a observar la cuestión desde un ángulo conceptual, pero todo se complica y mucho si el amor busca su resquicio propio.

       Es así que Wawa está enamorada de Dain, el nieto del jefe de su tribu, quien para propiciar la paz ofrece la mano de la chica a uno de los jóvenes imanas, enemigos habituales de la tribu de Wawa y Dain.

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           Lo que se persigue es que los caminos separados del Kastom converjan en uno solo, pero ya hemos mencionado que Wawa y Dain están enamorados y no están dispuestos a que nada ni nadie les separa. En eso consiste en esencia la imposibilidad de su amor: una negativa a aceptar las decisiones del jefe de la tribu que implica el incumplimiento del pacto con los imanas.

      amoresCentrados así los hechos, cumple ahora dirigir nuestro análisis hacia las cuestiones propias del cine. Así pues, dirigida por Bentley Dean y Martin Butler en 2015, Tanna es una película oficialmente australiana, pero que ha huido del inglés colonizante para acercarse a la lengua polinésica real de los miembros de ese poblado. De hecho, esta película fue una de las cinco candidatas al Oscar a la Mejor película en habla no inglesa, un galardón que finalmente obtuvo El viajante, de Asghar Farhadi. Muy digno de mención me parece el hecho de respetar la lengua original pues aporta respeto y verosimilitud a este filme, que se sitúa muy lejos de los tópicos almibarados hollywoodienses cuando se han ambientado en los Mares del Sur. No, no voy a dar nombres: yo estoy aquí sólo para hablar de lo que me gusta.

       Construida, por lo tanto, la historia con maestría, la fotografía y la banda sonora son dos de sus grandes aliados, pues sobre unas imágenes deliciosas a cargo del propio Bentley Dean, se dispone la música de Antony Partos, donde se combinan los ritmos propios de Vanuatu y composiciones más actuales que recuerdan al neozelandés David Anthony Clark, que también se ha ocupado en sus trabajos de los lugares sagrados o las voces ancestrales. Soberbias son, desde luego las escenas de los volcanes, cuya dramática grandeza se acentúa con la banda sonora creada por Partos. Sí, definitivamente, la música de Tanna se aproxima a David Anthony Clark más que a la de Enya.

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amores          Por fin, dentro del afán de credibilidad y de reconstrucción fiel de las personas y el contexto en que se desarrolla la acción, los directores de este largometraje buscaron actores entre los miembros de la tribu, un largo elenco, por cierto. Señalemos por ello, sin ir más lejos que ésta ha sido la primera película de los dos protagonistas, es decir, Mungau Dain en el papel de Dain, y Maria Wawa en el rol de Wawa, lo que nos permite apreciar una cierta complicidad entre la realidad y la ficción.

      Naturaleza y hombres fundidos en un solo impulso donde se ha buscado ante todo que los espectadores también formaran parte de ese mundo a punto de desaparecer, si es que no lo ha hecho ya.

     Y bueno, ya sabemos todos cómo acaban los amores imposibles, pero no voy a decir ni una sola palabra del entorno socio-afectivo en que se llega al final de este largometraje, puesto que eso es algo que el espectador debe descubrir por sí mismo.

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        Amores imposibles doquiera uno dirija la mirada, desde las antípodas hasta nosotros, en Vanuatu y en el west side de Manhattan.