Manuel Sánchez-Campillo

                El asesinato de Kennedy el 22 de noviembre de 1963 se ha convertido en un tema, en un tópico literario y cinematográfico de la cultura estadounidense. Ahora vuelve de la mano del director chileno Pablo Larraín, que relata los días posteriores al magnicidio sirviéndose de la entrevista que, una semana después del crimen, le hizo un periodista de la revista Life y del programa que se grabó para la televisión en 1962, donde Jackie enseñaba las estancias y el mobiliario de la Casa Blanca, su particular Camelot durante más de dos años. Se alternan, pues, distintos planos narrativos que resultan algo confusos. Además, los diálogos no siempre  ayudan a aclarar ese tiempo interno del relato. Así, por ejemplo, la conversación con el sacerdote –en la que ella busca un consuelo que solo le llega con el consejo de que hay un momento a partir del cual conviene no hacerse demasiadas preguntas­– transcurre, evidentemente, después de la muerte del presidente, pero, al final, sabemos que también tiene que ver con sus hijos –recordemos que sufrió un aborto y que una hija nació muerta y otro hijo solo vivió dos días– ya que vemos dos ataúdes de niños, posiblemente trasladados desde otro lugar al Cementerio de Arlington, junto a la tumba de su padre.

          Jackie aparece como una mujer que, a pesar del dolor, es consciente de que en esos días de duelo posteriores al asesinato se está jugando lo que la historia dirá de ella y del legado político de su marido. Mientras con su cuñado Bobby acompaña el traslado del cadáver en un coche fúnebre, ella misma descorre el cristal del conductor y le pregunta al chófer por una serie de nombres, de los que este solo reconoce a Abraham Lincoln. Desde ese momento, ella sabe que su marido no puede ser uno de los presidentes asesinados y olvidados, que sus acciones políticas, sus aciertos en la presidencia, no deben ser capitalizados por su sucesor, Lyndon B. Johnson. Nadie como ella sabía la importancia de una imagen en la era en que la televisión comenzaba a despegar en un país necesitado de historia; por eso, no atenderá las recomendaciones que desde el equipo de Johnson le hacen sobre su seguridad para que no haga a pie el trayecto desde la Casa Blanca a la catedral de St. Matthew. Caminará presidiendo el cortejo fúnebre con sus dos hijos cogidos de la mano.

          

           Natalie Portman tiene una bien merecida candidatura a los Óscar como mejor actriz. Su interpretación, acompañada por cortos subrayados de violonchelo, es versátil: desde su forzada sonrisa en las imágenes en blanco y negro que recrean el reportaje de 1962 para la televisión, hasta ese rostro sereno entrevisto tras del velo negro. Jackie fue una mujer que entendió que los gestos de una primera dama iban a tener una relevancia política. Si la historia se estaba contando en los medios de comunicación de masas, entonces todos los movimientos de sus protagonistas eran políticos. Y ahí la vemos, cuarenta y ocho horas después del magnicidio, todavía con su icónico traje de Chanel manchado de sangre y hasta de pequeños grumos de la masa encefálica del presidente.